26 de junio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 36

Apenas abrimos la puerta de la casa Sergei vino a frotarse contra mis piernas. Dejé lo que llevaba encima de la mesa de la cocina y le cogí en brazos. Me entraron los remordimientos al pensar que todavía no le había llevado a que le viese un veterinario; pero parecía estar muy bien y su pelo blanco lucía brillante y lustroso. Le abracé contra mi pecho y me proporcionó algo de paz saber que había alguien, aunque fuese una mascota, que me quería y al parecer se alegraba de verme. Sabía que los gatos no son tan fieles como los perros, que ellos sólo dan cariño cuando quieren y no cuando el amo lo necesita, pero por la manera en que Sergei clavaba en mí sus brillantes ojos, verde esmeralda, sé que me entendía y sabía que yo estaba muy necesitada de cariño en aquellos momentos.
Lucas, en un alarde de caballerosidad, me permitió ducharme primero; o quizá fue pensando que así haría yo la cena. Cuando él regresó a la cocina, la mesa ya estaba puesta y la cena casi terminada. Comimos en silencio y para que no fuese tan cortante, le pedí que pusiese las noticias. Apenas les prestaba atención, hasta que hablaron de la desaparición en Francia, muy cerca de la frontera española, de una muchacha de veinticinco años. Cuando sacaron la imagen en la pantalla me pareció estar viendo mi cara. No es que fuésemos exactas, porque ella tenía el pelo un poco más oscuro que yo, y algo más corto. Su rostro, quizá porque era más joven, parecía más lleno e infantil que el mío, y los ojos eran más pequeños y menos rasgados. Pero teníamos una apariencia muy similar, sobre todo a primera vista. Me quedé helada, y Lucas dejó de comer y permaneció mudo mirando a la pantalla.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? -le pregunté.
Lucas me hizo señas de que guardase silencio y subió el volumen. Cuando pasaron a otra noticia se dignó posar en mi la mirada, y atisbé una chispa de preocupación, aunque me habló como lo hacía desde que nos reencontramos; de manera seca y despegada, como poniendo barreras entre nosotros.
—Eso no quiere decir absolutamente nada. De entrada, es sólo una joven que se parece algo a ti, nada más. Y ni siquiera sabemos seguro que Jaime esté en Francia.
—Era uno de los lugares que tenía que visitar.
Apartó el plato y se levantó para traer el queso y la fruta.

—Hay algo que no entiendo. ¿No te llama por teléfono cuando está de viaje?
—No, casi nunca, a menos que pase algo. Dice que cuando está trabajando no quiere distracciones.
—Vaya matrimonio más raro el vuestro.
Inicié una irónica sonrisa.
—Pues sí. Para empezar, ya es raro que el marido esté planeando matar a su mujer, así que lo de la ausencia de llamadas me parece peccata minuta. Después de cenar estuvimos un rato trabajando con el diario de Jaime, intentando encontrar algo que nos diese más pistas. Esta vez nos acomodamos en sendos sillones cerca de la chimenea; hacía ya fresco y se agradecía el calorcillo y el aroma de leña y piñas que impregnaba la casa. Lucas había hecho una copia del diario para que cada uno tuviese su ejemplar. Sergei subió de un salto a mi regazo, y le dejé hacer. Me consolaba sostener su peso cálido en mis piernas, y el ronroneo de satisfacción que emitía hacía que me sintiese menos sola.

24 de junio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 35


No me contestó, sólo esbozó una media sonrisa torcida y enfiló en dirección a mi casa. Recogí lo que había venido a buscar y nos fuimos a comer algo rápido para poder empezar a trabajar en los archivos de la parroquia. Era complicado porque no sabíamos ninguna fecha de manera exacta, así que no nos quedó más remedio que sentarnos pacientemente y repasar los polvorientos tomos con paciencia. Aquella tarde no descubrimos nada interesante, a no ser que la gente se casaba muy joven, nacían muchos niños, pero también muchos de ellos se morían en la más tierna infancia, y había también muchas mujeres que perdían la vida siendo muy jóvenes, supongo que la mayoría se morían en el parto. Nos marchamos un poco antes de las siete, con las manos tan vacías como habíamos llegado, pero mucho más sucias; los viejos legajos acumulaban mucho polvo de años de no haber sido tocados por nadie. Mi alergia me estaba matando, y me había pasado la mayor parte de la tarde estornudando. Cuando me senté en el coche me miré en el espejo de cortesía y me enfrenté a lo que esperaba; una nariz y ojos profundamente enrojecidos. Me encogí de hombros. ¿Qué más daba? Ya podía tener en la cara una máscara verde que Lucas no se daría cuenta. Creo que para él era un ente, simplemente, porque apenas me hablaba; solamente me dirigía la palabra cuando era estrictamente imprescindible. Bien, si eso era lo que quería, no sería yo quien padeciese. Había vivido diez años sin él, simplemente recordándole, y ahora que le tenía a mi lado empezaba a decepcionarme. Me dio por pensar si con el paso de los años y la ausencia no le habría idealizado. Quizá no era que se hubiese convertido en un cretino; lo más probable es que siempre lo hubiese sido.
Pero, por otra parte, no estaba soñando ni exagerando su ternura, su inmensa capacidad de amar, y su generosidad de antes. Había dos Lucas, y ahora me tocaba lidiar con el peor.

13 de junio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 34


Antes de marcharnos le invitamos a tomar un café en el bar que estaba enfrente del juzgado; a esa hora lleno de abogados desayunando y de gente que había ido a hacer gestiones. Diez minutos más tarde aparcábamos delante de la iglesia que me era tan familiar, pues en ella me habían bautizado, había comulgado por vez primera y también, para mi desgracia, me había casado con Jaime. En la iglesia no había absolutamente nadie; pero de igual modo me quedé dentro un rato, porque me gusta la paz que se desprende de estos lugares cuando están vacíos de gente. Lucas me esperó en la puerta, pero yo me adelanté hasta llegar casi al altar y me quedé un rato de pie, recordando episodios de mi niñez, cuando en verano venía con mi madre a misa los domingos, o el día en que tomé la primera comunión, junto con otros niños del pueblo, todos sentados en este banco de la primera fila en donde ahora mismo estoy. No suelo rezar a menudo, más bien tengo conversaciones con quien Arriba se encuentre; y en este momento hice eso, hablar sin pronunciar palabra, pidiendo simplemente ayuda para encaminar mi vida por el camino correcto. Volví a donde Lucas me esperaba y le dije que tocaríamos en la casa del cura; seguro que le encontrábamos allí. Nos abrió la puerta una señora mayor, vestida de negro y con el vestido protegido por un inmaculado delantal blanco. Cuando le pregunté por el padre Avelino me dijo que estaba en su despacho, que le preguntaría si nos podía recibir. Salió apenas unos minutos más tarde y con una sonrisa amable nos mandó pasar. Cuando entré en el despacho pensé que no había cambiado nada desde la última vez que había estado aquí, con mi padre. Seguía presidiendo la habitación una vetusta mesa de madera oscura, con las patas gruesas haciendo un intrincado dibujo, tallado en la madera; un sillón también pesado y oscuro, y un archivador, que hacía un extraño contraste con los otros muebles. No había ningún ordenador a la vista, señal de que el padre no se había integrado en la era de la informática. Se levantó al vernos y se acercó a mí con las manos extendidas. Había envejecido; el pelo raleaba ya en su cabeza, y el que le quedaba era totalmente blanco. También estaba más grueso y menos ágil, aunque sus ojos negros seguían igual de vivaces que antes. Le besé en la mejilla, como siempre hacía, porque le conocía desde que nací y había sido uno de los mejores amigos de mi padre.
—Marta, pequeña. Estoy encantado de que hayas venido. En misa nunca te veo-me amonestó.
Me encogí de hombros; ante él no necesitaba justificarme, me conocía bien y sabía que mi fe era sólida, pero me fallaba la práctica.
—Padre, le presento a mi amigo Lucas de la Vega.
Se estrecharon la mano, y nos invitó a que nos sentásemos. Yo había preparado una historia que esperaba que fuese lo bastante realista para convencerle. Le expliqué que estaba escribiendo una novela de misterio, y que, dado que todo el mundo sabía la historia o leyenda relacionada con mi casa, quería saber de la existencia de ese supuesto antepasado mío.
—Y me imagino que quieres consultar los archivos parroquiales-concluyó.
—Me haría usted un enorme favor, padre. Hemos ido al juzgado; pero no hay nada; por el incendio, ya sabe.
Asintió en silencio. Pero como se quedó callado un momento, dudé si nos daría permiso. Al fin habló de nuevo.
—Por mí no hay problema, pero deberéis hacer vosotros el trabajo. Yo tengo muchas cosas pendientes, y mi vista ya no es la de antes; sería incapaz de pasarme las horas delante de los libros de registro; aparte de que las letras de algunos antecesores míos me resultan indescifrables.
—Entonces, padre-habló Lucas por primera vez-si le parece díganos en que horario podemos venir y nosotros nos ocuparemos de todo.
—Abro la iglesia, y por tanto el archivo, todos los días desde las diez de la mañana a las siete de la tarde. Dentro de ese horario, cuando queráis. Lo único que os pido es silencio y discreción; no me gustaría que todo el mundo se enterase de que estáis haciendo consultas.
—Tranquilo, padre, a nosotros tampoco nos interesa que la gente sepa de nuestras averiguaciones.
Nos despedimos en la puerta, y quedamos en que después de comer empezaríamos con el trabajo. A Lucas le pedí que me llevase a mi casa para recoger unas cosas.
—¿Qué tienes que recoger?
—Básicamente un secador de pelo, que tú no tienes, y la máquina de la pasta. —Secador no tengo, es verdad. No lo necesito-argumentó pasándose la mano por su cabeza casi rapada-. Y lo otro no sé qué es. ¿Una máquina de qué?
—Una máquina para hacer pasta fresca, que tú no tienes. Y para cocinar necesito tener las cosas que me son familiares.
—A ver si crees que te vas a instalar en mi casa para siempre jamás-me dijo, abriéndome la puerta del coche para que entrase.
Me senté y me quedé mirándole fijamente durante unos momentos.
—Lucas, tengo una curiosidad enorme. ¿Tú sueles entrenar mucho para ser tan cabrón o es que te sale de manera natural?