25 de agosto de 2016

AMIGAS




Estos días estoy un tanto nostálgica. Quizá porque he planeado un viaje que, si Dios quiere, me llevará a una parte muy importante de mi pasado, y tengo sentimientos encontrados. Por una parte, estoy deseando subir al avión y dejarme seducir por las montañas pardas que se vuelven azul o violeta cuando se pone el sol; y por otra tengo un miedo horrible a descubrir que igual en ese momento me pongo a llorar, con lo que yo odio llorar cuando la gente me ve. Sin embargo, si hay algo que los años, las canas y las arrugas me han enseñado es que los sentimientos hay que dejarlos salir, porque si no se enquistan y hacen daño.
Y todo esto me lleva a pensar lo importante que son las amigas en nuestra vida. Ahora mismo en la mía hay algunas que me están ayudando mucho más de lo que se imaginan.
¡Es tan agradable que pasen años y años y de repente volver a encontrarte con alguien y sentir que como dice la canción, veinte o incluso treinta años no son nada!
Y también es importante que alguien entre de puntillas en tu vida y se vaya haciendo un hueco tan hondo que no te importa que conozca tus más íntimos y vergonzantes secretos, o que te haya visto caída y derrotada y aun así haya estado a tu lado y te haya ayudado a levantarte, aunque sea a base de mojitos…que el medio da igual, lo que importa es la meta final.
Las cosas en la vida van y vienen, casi todas. Las amigas, cuando son de verdad, permanecen.

Gracias. No he dicho nombres, pero ellas saben…

23 de agosto de 2016

ENSEÑANZAS




He tenido una infancia feliz, aunque extraña. Como no tenía hermanos y en Galicia llueve mucho a menudo jugaba sola, o pasaba el rato con mis bisabuelos. De él aprendí a conocer Cuba como la palma de mi mano cuando tenía cuatro o cinco años. Y hasta me inventó un compañero de juegos, el Majá Antón. Yo me lo imaginaba enroscado en un árbol mientras manteníamos interesantes conversaciones. También me contaba cuentos de cómo había matado en Momán, ya en la provincia de Lugo, a varios lobos que le querían atacar. Con los años descubrí que el Majá Antón no hablaba y lo de los lobos…era una exageración.
Mi bisabuela por las noches ponía la radio y me decía que escuchase atentamente, porque iba a hablar la Pirenaica. Y yo, en mi inocencia, pensaba que era una señora amiga suya que hablaba por la radio. Craso error. Tenía que estar callada para que nadie supiese que escuchábamos la emisora prohibida.
Luego están las cosas que mi bisabuela me inculcó. A saber:
1- Si vas al médico hay que estrenar siempre bragas. No importa que solo te vaya a mirar la garganta, porque el buen hombre es otorrino y de cuello abajo para él no existes. Por si se le ocurre echar un vistazo más abajo, bragas nuevas.
2- Nunca, nunca, ni en caso de muerte súbita, hay que salir de casa sin dejar los cacharros fregados y la cama hecha. Porque igual te mueres por la calle, o te da algo, y te tienen que traer a casa. Entonces el médico, otra vez el médico, vendrá a certificar tu muerte o a intentar salvarte y verá que además de no estrenar bragas eres una guarra porque no has hecho la cama.
3- Si entras en un bar…malo. Pero bueno, si tienes que hacer pis o te encuentras mal, puedes entrar. Ahora bien…quédate poco tiempo y nada de acomodarte en la barra o todos los hombres pensarán que vas pidiendo guerra. Te sientas en una mesa con las piernas juntas, como una señora, y no miras hacia ninguna parte, no vayan a pensar lo que no es. A tanto ha llegado esa enseñanza, que a mi edad todavía no soy capaz de aposentarme en una barra. Bueno…últimamente si lo hago, pero acompañada de un hombre, porque así nadie pensará que voy buscando “cosas”.
4- No tengas las uñas largas ni te las pintes, y menos de rojo. Es de guarras. Porque una mujer de su casa que sea limpia y hacendosa nunca tendrá las uñas largas…evidente; no podría limpiar bien.
5- No te vistas nunca de manera que llames la atención. Podrían pensar que eres una perdularia y de ahí a estar en el arroyo o ser una mujer de mala vida, no hay nada.
6- No fumes. Eso sólo lo hacían las cubanas cuando su marido, mi bisabuelo, estuvo allí durante catorce años. Y sabido es que no eran mujeres decentes, sobre todo la negrita Amelia, que tuvo la indecencia de bañarse en una tina … ¡desnuda! Y pedirle a su marido, cuando todavía no lo era: “Juanillo, dame jabón”. Siempre he tenido curiosidad por saber en qué acabó la cosa.
Con esta clase de enseñanzas...así soy de esta manera. Y hay que añadir que la Compaña Santa presidió mis primeros años de vida. Mi bisabuela la había visto unas cuantas veces. Todavía ahora cuando escucho aullar a un perro en medio de la noche sé que al día siguiente habrá difunto. No falla. Igual que sé que cuando se pone el sol y el horizonte se ve rojo, hará buen día mañana. Y cuando el viento sopla del lado de Betanzos…lloverá.
Espero que unos días, cuando si Dios quiere pienso acomodarme en la barra de un bar, mi bisabuela no se levante de su tumba para darme una somanta de palos, por perdularia. En mi defensa solo puedo decir que, si me arrimo a la barra, no iré sola. Para que nadie piense que voy buscando “cosas”.
Descansa abuela, que a pesar de todo recuerdo tus enseñanzas y siempre que voy al médico estreno ropa interior, por si las moscas. Y el domingo de Ramos, también.

21 de agosto de 2016

MERENDANDO




A ella no le gustaba hablar y él odiaba escuchar. Quizá por eso se reunían cada tarde de jueves en el parque, con sol o con lluvia.
Se sentaban uno junto al otro, casi rozándose; pero sin hacerlo, siempre en el mismo banco; el tercero después de la fuente. Ella solía llevar algo de comida. A veces eran empanadillas de carne o bocadillos de lomo con pimientos; en otras ocasiones sacaba de la bolsa de rafia algunas pastas de coco o un trozo de tarta de chocolate. Sin decir nada, sacaba un pedazo y se lo ofrecía, a la par que una servilleta de papel. Si él se manchaba de migas la camisa o se le quedaban los dedos pringosos ella le miraba con reproche, como una esposa ultrajada, y él se limpiaba lo más rápido que podía, como avergonzado. Luego se sacaba del bolsillo una petaca y repartía el contenido en dos vasos de plástico que también salían de la mágica bolsa de rafia. Nunca supe que había en la petaca. ¿Vino, algún licor? Solían estar en el parque una hora y media, en verano y primavera algo más. Nunca les vi hablar; tan solo se sentaban juntos y se quedaban allí hombro con hombro, comiendo y mirando como las palomas y los gorriones venían raudos para dar cuenta de las migas que iban cayendo al suelo. Luego se levantaban y caminaban un rato juntos, también en silencio. Dudo que supiesen el nombre el uno del otro; pero jamás he vuelto a ver a dos seres humanos que pareciesen tan unidos. Eran como hermanos siameses unidos por un hilo invisible que les hacían respirar acompasadamente y caminar juntos marcando los mismos pasos, como si así lo hubiesen hecho toda la vida. El invierno pasado, en los días anteriores a la Navidad, dejaron de venir al parque. No sé lo que pasó y supongo que no lo voy a saber nunca; pero en los malos momentos, cuando siento que todo carece de sentido, me acuerdo de ellos y les veo merendando, callados, mirándose de vez en cuando y pienso que después de todo, quizá la vida no carezca de sentido.
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