25 de septiembre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 63


Me estremecí de miedo al acabar la lectura y apreté a Sergei contra mi pecho, buscando su protección y su calor. Temía por Lucas y por mí misma; y esperaba no quedarme embarazada antes de que atrapásemos a ese loco con quien tuve la mala idea de casarme.
Aunque volví a la cama ya no fui capaz de conciliar el sueño. Sentía que necesitaba saber más, meterme en la cabeza de Jaime e intentar pensar como él para, de esta manera, ganar tiempo en la lucha que nos enfrentaba. Afortunadamente Lucas no se había enterado de nada y seguía durmiendo plácidamente a mi lado. Me acurruqué contra él, que en sueños me acogió en sus brazos. Necesitaba volver a mi casa y subir al desván. Creía recordar que mi madre guardaba allí viejos recuerdos que estaban en la casa cuando mi abuela se murió. Había cuadros antiguos, retratos sobre todo; mantelerías y ropa de otra época que siempre nos había dado pena tirar porque algunas de las telas eran de buena calidad y se conservaban en perfecto estado a pesar del paso del tiempo. Mientras pensaba cómo convencer a Lucas de que me llevase, se despertó y sonriendo me estrechó más contra su pecho. Se me hacía todavía raro despertar con él a mi lado. No le dije nada de mis planes hasta después del desayuno, porque su humor siempre mejora tras haber comido. Aunque al principio no quiso ni oír hablar del tema acabé convenciéndole. Aunque era mi casa, a medida que nos acercábamos el ansia y una ligera sensación de miedo empezaron a atenazarme la garganta. Sentía que me faltaba el aire, que una mano de hierro me oprimía el pecho. Abrí la puerta y Lucas me sujetó por el brazo.
—Déjame que yo entre primero.
—No seas absurdo. ¿Qué peligro va a haber?
No se molestó en contestarme. Entró y echó un vistazo, y sólo después permitió que yo pasase. La casa olía a cerrado y abrí las ventanas para que el aire fresco de las montañas despejase el ambiente.
—No debemos tocar nada ni desordenar. Jaime siente una obsesión compulsiva por el orden y enseguida se daría cuenta de que alguien ha estado por aquí.
—Entonces, ¿qué sentido tiene que subas a buscar cosas al desván?
—Rara vez pisa por allí. Vamos, sube conmigo y ayúdame a buscar.
—¿Y sabes que es lo que buscamos? Porque no pienso pasarme la mañana entre porquerías sin saber a ciencia cierta qué busco.
—No son porquerías. Son recuerdos de familia.
Me hizo un gesto con la mano en señal de desacuerdo, pero dejó de protestar. Encendí la luz y abrí también las contraventanas para que se filtrase algo del débil sol invernal; y miles de motitas de polvo danzaron ante mis ojos de una manera que me pareció mágica, para depositarse de nuevo en el suelo. Avancé despacio entre muebles desvencijados y baúles entreabiertos, por los que se asomaban enaguas, encajes, manteles bordados que amarilleaban con el tiempo, y algunos sombreros pasados de moda.
—¡Cuántas cosas inservibles! ¿No has pensado nunca en llamar al trapero para que se lleve todo esto?
—Claro que no-me ofendí-. Cada cosa es un recuerdo de mi familia. Siempre me digo que lo ordenaré, pero la verdad es que cuando tengo ganas, me falta tiempo; y cuando tengo tiempo, me faltan las ganas.
Lucas metió las manos en los bolsillos de su cazadora de cuero, que le daba aspecto de aviador de la II Guerra Mundial, y me hizo un gesto de burla. Pero no se rebeló cuando le ordené que se pusiese a buscar retratos de hombres; concretamente de un hombre moreno, de bigote y ojos muy verdes y brillantes. Recordaba haberlo visto colgado en el salón cuando la casa era de mi abuela. Y me pareció recordar también que el hombre retratado se llamaba Rodrigo Durán. Si mis recuerdos no me engañaban éste debía de ser hermano del malvado Alvar. Aunque por los relatos de mi abuela, Rodrigo sería Abel y su hermano Caín, poco o más o menos. Los dos empezamos a buscar entre la enorme cantidad de trastos apilados. Ante mi iban pasando viejos vestidos de encaje, otros más sencillos de algodón, algún uniforme militar medio apolillado y verde de moho, pamelas de rafia, bolsitos de noche completamente inútiles e incluso algún carnet de baile. En una esquina me encontré la vieja cuna de la familia, que yo había usado de pequeña, y antes mi padre, y antes que él mi abuelo y creo que incluso mi bisabuelo. Sin importarme el polvo que se depositó en mis manos y en mi ropa, la arrastré hacia el centro de la habitación para verla mejor. La limpié un poco con un resto de cortina, y aparecieron los grabados que recordaba y también algunos arañazos y huellas del paso del tiempo. Pero no estaba en mal estado, solo necesitaba algún cuidado y mucha limpieza.
—Espero que no estés pensando en meter ahí dentro a un hijo mío. Eso debe de ser un criadero de arañas.
—No seas idiota, Lucas. No vamos a tener ningún hijo, de momento; aunque todo puede ser, gracias a ti y a tus ocurrencias.
Contrariamente a lo que en él era normal, no sirvió para iniciar una discusión. Me di por contenta y seguí con mi búsqueda. Después de bastante tiempo y mucho polvo acumulado en mi pelo y en la ropa, el premio fue encontrar el cuadro que buscaba y también un pequeño libro de tapas de marfil, que al principio confundí con un Misal. Pero cuando lo abrí me asombró descubrir que era un librito de poemas, escritos con una letra redonda y todavía algo infantil. Lo guardé en mi bolso para echarle un vistazo luego con mayor detenimiento. Me bastó mirar la primera página para saber que había pertenecido a Adelina, la joven esposa a la que Alvar había matado. Eran versos de amor en su mayor parte. Se me hacía raro que fuesen destinados a su marido. Tendría que averiguarlo y tal vez así sabríamos quien era el padre de su hijo.






POETAS MUERTOS


https://youtu.be/g5y2a16aF58

Promesas falsas, abrazos
aplazados en el tiempo,
voces que no responden
a mis lamentos.

Orgullo desmedido, como
una bandera ondeando
al viento.

Recibir, recibir sin dar,
no cabe esa idea
en mi fútil y vano
firmamento.

Las palabras vienen
y van, los versos se
los lleva el viento.

A nadie le contaré
el fraude de
los poetas muertos.

17 de septiembre de 2017

HOMBRES QUE ESCRIBEN POEMAS

Guárdate de hombres
que escriban poemas,
porque hacen daño,
causan penas.

Te envuelven en
palabras hermosas,
hacen magia de
versos, con una frase
te hacen sentir cosas.

Y cuando el poema
se acaba, cuando
el verso se agota
y la tinta no corre
ya por las venas,
al final solo queda
la sangre, oscura y roja,
no importa qué sea
de poeta,
sangre como la tuya
y la mía, sangre espesa
que se mezcla con silencio
y por horas se convierte
en negro veneno.