17 de noviembre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 71


Me pasé la mañana en la cocina preparándolo todo para la cena. Decidimos que comeríamos una sopa de pollo y unos bocadillos solamente; así tendríamos más tiempo para dejarlo todo terminado antes de salir en busca del árbol. Cuando estábamos acabando de comer llegó Esther con su familia. Y cuando Martín se enteró de que íbamos a recoger los adornos fue el primero que se subió al coche de su tío para sumarse a la excursión, con el gato en brazos. Me extrañó que Sergei aceptase subir al coche; nunca salía de casa si podía evitarlo. Su reino estaba en el salón, al lado de la chimenea y en nuestro dormitorio, por más que a Lucas le molestase verle rondar por allí. Pero este gato adoraba al niño, eso había quedado claro la primera vez que se vieron. Lucas lo pensó mejor y acomodó a su sobrino en la sillita del coche de Esther, más cómodo que su deportivo, y salimos rumbo a mi casa.
—Supongo que tendré que comprarme otro coche-me dijo, apenas habíamos entrado en la carretera principal.
—¿Otro coche? -repetí, sin entender lo que quería decir.

—Este deportivo está bien para un solterón empedernido, pero no para un padre de familia.
—No te preocupes-le tranquilicé-. Todavía tienes tiempo a disfrutarlo, al menos unos ocho meses más.
Nos llevamos un buen susto cuando el coche derrapó en la carretera helada y fue dando bandazos hasta empotrarse en un enorme roble. Nadie sufrió daños, pero Martín estaba muy asustado. Lucas le tranquilizó como pudo y le convenció de que no pasaba nada malo. El coche no arrancaba y estábamos en medio de la nada, sin cobertura en los móviles.
—¿Crees que podrás quedarte aquí con el niño mientras voy en busca de un teléfono? A unos cuatro kilómetros hay una casa y llamaré desde allí para que manden una grúa y que Ricardo venga a recogernos. Pero es primordial que vaya solo. Hace mucho frío y el terreno está resbaladizo; el niño y tú podríais caeros.
—Sí, estaremos bien. No te preocupes. Nos quedaremos aquí. ¿Verdad, Martín?
El aludido dijo que sí, pero no parecía demasiado convencido. Lucas le tomó en brazos e hizo que levantase la barbilla para mirarle.
—Martín, prométeme que cuidarás de la Tita Marta y de Sergei hasta que yo vuelva. ¿Te encargarás de que estén bien?
—Sí, Tito-le contestó, con la cara muy seria.
Sacó una manta del maletero e hizo que los tres nos tapásemos. Me besó antes de marcharse y alborotó el pelo de su sobrino.
—-Volveré enseguida-prometió.
Al principio estaba tranquila. Lucas me había confiado antes de irse que sus compañeros no habían visto rastro de Jaime, ni siquiera en el pueblo. Y además era necesario que alguien nos sacase de allí antes de que oscureciese; y yo era muy consciente de que Martín y yo seríamos un incordio en una marcha de varios Kilómetros, que para Lucas serían un simple paseo. El niño se apretó contra mí. Hacía frío en el coche, y tantos nosotros dos como el gato buscábamos calor en los demás.
—Tía Marta, ¿es verdad que llevas un bebé guardado en la tripa?
¡Vaya! su tío no había perdido el tiempo y ya se lo había contado.
—Sí, es verdad.
—Pero no estás gorda.
—Eso es porque el bebé todavía tiene que crecer mucho.



2 de noviembre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 70


Sí, yo también lo presentía. Y hasta Sergei parecía estar más nervioso que de costumbre. Cada vez que llegábamos a casa se ponía a maullar y no se calmaba hasta que le cogía en brazos.
Desde que había visto el retrato de Rodrigo en el desván de mi casa una extraña y alocada idea había ido tomando forma en mi cabeza. Aquellos ojos verdes y profundos que me miraban desde el retrato se parecían mucho a otros ojos verdes que ahora mismo me miraban también, desde mi regazo. Pero, intentando mantener la cordura, deseché esa loca idea mientras acariciaba el lomo del gato y él se hacía un ovillo, ronroneando.
—Entiendo que antes le dieses al gato todo tu cariño, pero ahora estoy yo-se quejó Lucas, echando a Sergei y acurrucándose a mi lado.
El gato le miró con rencor, pero le cedió el sitio y fue a echarse encima de su almohadón al lado del fuego, donde se dedicó a lavarse la cara y a mirarnos de vez en cuando, con cierta inquina.
—No seas infantil-le reñí, acariciando su pelo-. Sergei también necesita cariño. —Y yo más-me rebatió-. He estado solo demasiado tiempo. Ahora tienes que resarcirme.
—Ah, ¿y yo no he estado sola?
—Pero es que yo no te raciono mis caricias y tú me dejas de lado por un gato. No creo que haya nadie más despreciado que yo, al que un simple gato puede quitar su puesto.
—Vaya, pues sí que estás tú listo para ser padre. ¿También tendrás celos del bebé?
—Claro que no. ¿Por quién me tomas? Pienso ser el mejor padre del mundo. Ya has visto, por Martín, que los niños se me dan muy bien.
Era cierto. Nunca había pensado que Lucas tuviese tanta paciencia con un niño pequeño y confieso que me enterneció verle con su sobrino. Y tampoco tenía dudas de que sería un padre estupendo; pero me divertía sacarle un poco de quicio y servía también para que mi cabeza dejase de darle vueltas siempre al mismo problema.
—Marta-me llamó, haciéndome volver al presente-. Quédate tranquila y déjalo todo en mis manos. No tienes por qué preocuparte de nada. Ahora yo estoy aquí y no permitiré que os haga daño a ninguno de los dos.
No le contesté. Confiaba ciegamente en Lucas y la prueba es que a él recurrí cuando me supe en peligro, pero la situación me preocupaba mucho porque ahora había otro inocente afectado. Y no podría resistir de nuevo perder a este hijo, era demasiado importante para mí.
—Estos días-siguió hablando Lucas-la casa está vigilada permanentemente. Si se refugia en ella lo sabremos y con la orden del juez portugués podremos detenerle. No te hará daño, créeme.
—Es que tengo una sensación muy extraña. Algo que no puedo explicar, pero que intranquiliza.
—Pues no tienes por qué preocuparte. Vamos a disfrutar de la Navidad y de estar juntos. Esther, Ricardo y Martín llegarán mañana a primera hora de la tarde, y por primera vez cenaremos como una familia al completo, incluso con regalo añadido-dijo, acariciándome la tripa, todavía lisa.
Tenía todos los motivos para estar contenta, por primera vez en muchos años. Entonces, ¿por qué esta desazón que me reconcomía por dentro? ¿Era por lo último que había leído en el diario de Jaime? Estaba convencida de que Jaime y Alvar habían entrado en contacto, de alguna extraña manera que, desde luego, era totalmente incapaz de explicar. Y también estaba segura de que el espíritu benéfico de Rodrigo Durán estaba presente junto a mí. Nunca se lo diría a Lucas porque él no lo entendería y se burlaría de mí; pero lo sentía completamente cierto en lo más hondo de mi ser. Antes de acostarnos Lucas llamó a sus compañeros para saber si había habido alguna novedad en la casa o sus alrededores, pero le dijeron que no había nada preocupante. Pese a todo yo seguía inquieta. Algo me decía que Jaime estaba cerca; pero me cuidé mucho de manifestarle a Lucas mis temores. Pero dormí bastante bien, quizá porque los ojos de Sergei, deslumbrantes en la oscuridad, eran un faro que me iluminaba en cada momento en que me desperté durante la noche y unido a los brazos de Lucas en torno a mi cuerpo, me daban seguridad. Por eso a la mañana siguiente me levanté plena de energía y decidí que sería una buena idea montar un árbol de Navidad. Sobre todo, a Martín le haría mucha ilusión.
—¿No recuerdas lo que significaba cuando éramos pequeños? -animé a Lucas. —Pues tendremos que comprarlo todo; nunca he montado un árbol aquí.
—No hace falta. En mi casa tengo todos los adornos. Sólo necesitamos coger el árbol en el vivero que hay cerca del río.
Pero Lucas seguía dudando. Movió la cabeza; pensativo.
—No me parece buena idea volver ahora a tu casa, aunque sea sólo un momento.
Pero tanto le insistí y le supliqué, que acabó cediendo aunque me puso como condición que sería después de comer, cuando terminase el primer turno de guardia y sus compañeros le confirmasen que seguía sin haber novedades.




HUESOS EN ÁMBAR




Isabel Castro de Quiroga trabajaba seis días a la semana; primavera, verano, otoño e invierno. Su vida era el trabajo, y los domingos se limitaba a pasear a su perro y poner la casa en orden. No había más.
Por eso aquella tarde, cuando todo el mundo salió a celebrar la noche de Halloween ella se quedó en el laboratorio, despotricando contra las costumbres llegadas de fuera. Ni Halloween ni Samaín n tonterías. Cuando ella era pequeña lo único que se hacía era llevar flores a los Difuntos, como toda la vida de Dios; y ya en el colmo del refinamiento, escuchar el Tenorio en la radio. ¿Qué era ese despropósito de calabazas rellenas de velas, imbéciles disfrazados y niños pidiendo caramelos por las casas? ¿Es que no tenían padres que les mantuviesen entretenidos y en sus cuartos?
Resopló, enfadada con el mundo en general, y se dirigió a su mesa de trabajo, en donde estaba estudiando los huesos encontrados hacía dos días en la ladera del monte. Tenía prisa por terminar el informe y entregarlo. La labor de identificación dependería en gran parte de lo que ella pudiese avanzar. Los huesos le hablaban; le decían muchas cosas acerca de la persona a quien habían pertenecido, en vida.
Tomó en sus manos enguantadas el cráneo y lo palpó, cerrando los ojos. A veces le resultaba más fácil trabajar de esa manera. Palpaba como una ciega y no permitía que la vista interfiriese en la primera impresión que le producían las sensibles yemas de sus dedos. Tocó la frente, recta y elegante; el pronunciado arco cigomático y el superciliar. Sintió el malar bajo su mano continuó hasta llegar a la maxila y la mandíbula, de líneas suaves y graciosas. Siguió tocando la parte trasera del cráneo, llegando hasta el occipital. Todas las líneas eran suaves y bien definidas; el cráneo entero derivaba en una sensación de ligereza.
Anotó en la ficha que se trataba de una mujer. No podía ser de otra manera. Examinó la dentadura con cuidado y atención. Hizo una nueva anotación. Carecía todavía del tercer molar, con lo cual le calculaba entre dieciséis o dieciocho años. Se estremeció, sin poder evitarlo. Una adolescente que apenas había empezado a vivir, que estaría luchando con su madre por el largo de la falda o las horas de llegada a casa. Eso debiera estar haciendo, y no en trozos sobre su mesa de trabajo, un lugar siniestro y macabro, para muertos. La gente tan joven no debería morir.
Aunque ya tenía claro que era una mujer y su edad, examinó la pelvis. Los coxales se abrían con la suficiente amplitud para albergar la vida, aunque ya nunca lo harían. Y no lo habían hecho tampoco; la muchacha no había dado a luz. La sínfisis púbica era todavía ondulada y con crestas suaves, lo cual venía a corroborar su edad.
Midió cuidadosamente el húmero y fémur y lo cotejó con la lista comparativa. Anotó en la ficha que en vida habría medido más o menos 1,70. Y observando el tamaño de esos dos mismos huesos podía pensarse que no había tenido una complexión extremadamente fuerte. Observó una fractura en el fémur derecho; perfectamente consolidada ya, lo cual quería decir que había ocurrido al menos dos años antes de su muerte. Quizá se hubiese caído de una bicicleta en alguna excursión con los amigos, barruntaba Isabel mientras seguía trabajando. Dejó a un lado el bolígrafo con el que iba haciendo las anotaciones y se quitó los guantes, cansada. Eran casi las nueve de la noche y llevaba levantada y sin detenerse a descansar desde las ocho de la mañana. Se acercó al vestíbulo, donde estaba la máquina del café, y sacó una infusión de menta. Pronto se iría a casa; pero antes quería dejar las notas en el ordenador para que el archivo pudiese incorporarse a la ficha definitiva. Habría terminado entonces su parte. Sucumbió a la tentación de sentarse cinco minutos en el sillón de la entrada, que solía reservarse a los pocos visitantes que por allí pasaban; para que esperasen en una zona lo más cómoda posible.
Cerró los ojos y reclinó la cabeza en el respaldo. Sentía el cuello y los hombros tensos, como si fuesen de cemento, y necesitaba un poco de calma a tanta presión. No llegó a dormirse, pero en ese extraño estado de trance que antecede al sueño pudo ver claramente ante sus ojos a una joven de larga melena castaña, ojos grises y cara grácil y un tanto aniñada. Llevaba vaqueros y una camiseta azul con la leyenda “It´s your attitude”. Caminaba a buen paso por un sendero arbolado que conducía a una casa pequeña, de piedra, con cuatro ventanas, dos al frente y otra a cada lado, medio escondida entre árboles y maleza. En otro tiempo habría tenido un jardín delantero, pero ahora mismo estaba poblado de zarzas y abandono. La chica caminaba cada vez con más dificultad, a medida que las hierbas se hacían más altas. Antes de que pudiese empujar la puerta de la casa ésta se abrió y dejó ver a un hombre de unos treinta o treinta y cinco años. Era alto y fuerte, con barba de varios días y aspecto descuidado. La chica le miró, con una expresión que rayaba entre el amor y el miedo, y antes de entrar se tocó ligeramente una cadena de plata que llevaba al cuello, de que la pendía un corazón de ámbar.
Isabel siguió siendo testigo muda de la discusión que a gritos mantenían dentro de la casa. A sus oídos llegaban las palabras iracundas del hombre y las súplicas, entre sollozos, de la chica. La primera bofetada pareció volverle también a ella la cabeza del revés, y sintió que algo estallaba dentro de su oído izquierdo. El dolor hizo que su cuerpo se convulsionase en el sillón, pero pronto lo olvidó porque tenía algo más importante por lo que pelear. Sentía en su propia garganta la presión que las manos del hombre ejercían sobre la tráquea de la chica. Boqueó en busca de aire, pataleó y trató de zafarse a empujones del monstruo que le impedía respirar. Pero el aire no llegaba a sus pulmones y aunque trataba de seguir moviéndose, el peso del hombre la aplastaba y pronto la muchacha se quedó desmadejada como una muñeca rota.
Isabel Castro de Quiroga despertó cuando alguien la llamó varias veces por su nombre, al tiempo que le sacudía los hombros.
—¡Vamos, despierta! No me digas que has pasado la noche aquí. ¿Qué nos queda por hacer contigo? Eres un caso perdido.
Trató de enfocar la mirada y vio a Maite, su compañera en el laboratorio, que llegaba vestida de calle, lo cual quería decir, sin lugar a dudas, que ya era por la mañana y que se había quedado allí dormida. Se levantó torpemente y fue al baño, donde se lavó la cara con agua fría, en un intento por espabilarse. Cuando se estaba pasando los dedos por el pelo para tratar de domeñar un poco sus rizos, se fijó en que tenía unos feos moretones a ambos lados de la garganta. No tenía ni la más ligera idea de cómo se los había hecho. Solo sabía que necesitaba un café para volver a ser una persona razonablemente normal, y sobre todo para olvidar el horrible sueño de la noche anterior.
Volvió al vestíbulo, a la máquina de café y refrescos, y cuando echó mano al bolsillo de su bata, donde siempre solía llevar unas monedas, algo se quedó prendido entre sus dedos. Se quedó mirando fijamente la fina cadena plateada de que colgaba, solitario y triste, un corazón de ámbar. Lo apretó en la palma de su mano, sin saber muy bien qué hacer ni qué pensar. Nunca había tenido dudas de que los huesos hablasen, a ella le decían muchas cosas cada día. Quizá ahora también tendría que replantearse el hecho de que también los muertos tenían su mensaje, sobre todo cuando se les sabía escuchar. Había visto la cara el asesino. Esperaba ser capaz de hablar con la suficiente lucidez ante la policía, y sobre todo, que la creyesen.