13 de febrero de 2017

ISLA



En los días de invierno,
de viento y de lluvia,
de cristales sedientos
de un tanto de ternura,
echo de menos
mi isla dorada, de
arenas quietas y mares
de espumas blancas.

Y me sorprendo a mi
misma derramando
lágrimas preñadas
de nostalgia.

Quiero montañas azules,
aguas de esperanzas
cielos sin nubes,
cadencias suaves
que se lleven las
brumas y me dejen
soñando con un sol
amante, de dedos
ardientes
y caricias azules.

8 de febrero de 2017

MI ABUELO FUE MONAGUILLO


Los que me conocen saben cuánto he querido a mi abuelo. Y me estoy equivocando al usar el tiempo verbal…. ¡cuánto le quiero todavía! No importa que esté desde hace más de diez años en la habitación de al lado, para mi sigue estando muy vivo.
Se llamaba Rodolfo, un nombre germánico, redondo y sonoro. En casa a algunas cosas seguimos llamándoles “rodolfadas” y ahora hay alguien que de vez en cuando pregunta por el Rodolfín… ¿Y qué pensaría de esto el Rodolfín?
Supongo que tener la casa al lado de la iglesia ha tenido mucho que ver en el asunto; pero el caso es que fue monaguillo durante muchos años, ya después de estar casado y tener una hija. No era un meapilas, ni mucho menos. Si tuviese que preguntarme hoy a qué dios adoraba…creo que al Felipe II y al caldo de gallina. Ah…y al dominó. No olvidemos el dominó y las cartas.
Pero eso no le impedía ayudar en misa y tener una muy buena relación con Don José, el cura, que iba a caballo, y estaba orondo, como casi todos los curas de entonces en los pueblos. No olvidemos que le cebaban todas las familias, aunque para los hijos hubiese patatas y poco más. El cura tenía huevos…. ¡alto ahí! …quiero decir huevos para comer; y carne, y tocino y de todo. Faltaría más.
Mi abuelo contestaba a la Misa en Latín y dominaba como nadie el arte de tocar la campanilla en el momento adecuado. Y también de interceder por quien fuese menester.
Ahora me viene a la memoria algo que me contó muchas veces, cuando era pequeña y cuando cumplí años, aunque por cosas de la Genética seguí siendo pequeña….
El médico del pueblo, la tercera autoridad junto con el cura y el alcalde, había sido rojo y republicano toda su vida; así que se casó por lo civil y no bautizó a sus hijos. Un cuñado suyo, un tanto gañán y sin ideas propias, le imitó. Cuando terminó la guerra el médico no tuvo problemas, porque era de buena familia y tenía “padrinos”; pero el otro pobre si los tuvo, y muchos.
Tantos que se vio obligado a bautizar de tapadillo a la numerosa prole, creo que seis o siete hijos, y casarse con la madre en la misma ceremonia, para poder seguir adelante con su vida.
El cura quería cobrar su estipendio por tanta trabajina, y el pago significaría que la familia lo iba a pasar mal durante bastantes meses. Así que mi abuelo, abusando del ascendiente que tenía sobre Don José, que le consideraba una especie de sobrino, le hizo un poco la pelota y apeló a su corazoncito.
—Pero, ¡hombre de Dios! ¿No ve que han venido descalzas las criaturas, que no tienen ni para unas malas zapatillas? No les cobre nada, y vaya por su alma.
El cura, ni que decir tiene que le hizo caso. Mi abuelo era muy persuasivo y u pacificador nato. Todavía me pregunto porque motivo han desperdiciado su buen hacer. Podría haber trabajado para las Naciones Unidas, por ejemplo. Pero…mejor que no. Le hubiesen obligado a ir trajeado, levantarse temprano y por supuesto nada de Felipe II ni de Ideales, o caldo de gallina, como se quiera decir. Y menos llevar esas boinas o esos sombreros de los que solo se desprendía para dormir…y no siempre.

21 de enero de 2017

SUPERPOP






Hoy he venido a confesar dos cosas vergonzantes. Y no sé cuál de ellas es peor. Empezaré por la que me afecta en la actualidad.
Ante Dios Todopoderoso y ante vosotros confieso que estoy enganchada al Lorazepam para dormir. Me causa remordimientos de conciencia, visiones en las que aparezco como una dependiente y mil cosas más que os ahorraré. He intentado dejarlo poco a poco, como mi buena doctora, mujer sensata donde las haya, me aconseja.
He empezado por tomar media pastilla. Pero, aunque me duermo pronto, a las cuatro de la mañana estoy con los ojos abiertos como un búho. Y lo que es peor, la mente en efervescencia. Eso para mí es fatal. Porque tiendo a montarme pollos y películas yo solita y claro, veo cosas, así como otros ven muertos. Yo me quedaría con lo segundo, es más descansado.
Pero bueno…ya vamos viendo.
Lo segundo que quiero confesar, y que también es vergonzante, es que yo a los catorce y quince años leía a Tolstoi, lo cual indica mi majadería, pero también la Superpop. Si…. y tenía en mi armario fotos de cantantes. Solo de uno, si he de ser sincera. Era más que nada actor, pero también había cantado algo. Una canción que recuerdo es “Silver Lady”, que me iba de perlas, porque me gusta la plata y no el oro. Estaba yo enamoradísima de él, y hasta le escribía poemas. Malos no, peores. Y hasta en una serie de la tele, “Starsky y Hutch” para más señas, una noche en que se echó novia, estuve rezando para que pasase algo. Y pasó. En el siguiente capítulo la mataron. En aquel momento me dejó de piedra y con mal cuerpo. Pensé que tenía poderes. Ahora me doy cuenta de que para la productora era más rentable que estuviese soltero, por lo del fenómeno fan en el que retrasadas como yo jugábamos un importante papel.
Entonces me gustaban rubios y de ojos azules. ¡Santa Úrsula bendita! Esos son los peores, y desde luego, no dignos de confianza. Aunque me sigue gustando el rollo vikingo, es solo para el pecado de ver. Prefiero el producto nacional. Con que pueda aprender de la persona con quien esté y me pueda echar unas risas, levito.
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