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Mostrando entradas de diciembre, 2011

EL AROMA DEL FUEGO 3

Se imaginaba ya el placer de meterse en la cama entre esos olores, que se mezclaban con el aroma de manzanas que la abuela guardaba en el arcón de la ropa blanca. Y la plancha humeante que pasaba una y otra vez por la ropa llevándose a su paso las arrugas y dejando toda la ropa como la cara de una moza de quince años, tersa y reluciente.
Cuando ya no le quedaba consuelo y el alma se le helaba en las noches frías y solitarias, todavía podía, de vez en cuando, recurrir a los sueños, a los recuerdos, y al calor del fuego de aquella vieja cocina de armarios de pino y ollas de cobre que colgaban como trofeos de los ganchos del techo, mezcladas con ristras de ajos y cebollas, con laurel seco y con las el olor de la albahaca, el tomillo y el romero de las macetas que se asentaban en el alfeizar de la ventana que daba al patio. Y encima de la estufa siempre había algo que se calentaba, o ropa que se ponía a secar para curarse en salud de la eterna humedad…

EL AROMA DEL FUEGO 2

En su sueño, traspasó la verja y vio que el portón de madera de la entrada estaba entreabierto. Bastó un leve empujón para entrar de nuevo en el mundo de su infancia; un mundo que guardaba el aroma de la ropa recién planchada con olor a lavanda, de meriendas de pan y chocolate, de goma de borrar y lápices de colores; pero sobre todo el aroma de la leña que ardía en la estufa. Recordaba aquellas tardes de su infancia de una manera casi dolorosa, porque eran tiempos pasados que nunca volverían y en ocasiones temía que su memoria fuese demasiado frágil y perdiese hasta el recuerdo. La vieja estufa de la abuela la había acompañado desde que podía recordar; era como una parte más de si misma, un apéndice más de su cuerpo sin el que no se sentía completa.
Cuando regresaba del colegio, aterida de frío, con las rodillas raspadas y la mochila haciéndose más pesada por minutos sobre su espalda, era un alivio llegar a la cocina de la abuela y dejar caer con un go…

EL AROMA DEL FUEGO 1

Como todas las noches desde hacía ya tiempo siguió el mismo ritual antes de acostarse; su baño de espuma, limpiarse la cara y nutrir la piel antes de dormir, perfumarse con ese aroma de vainilla que la ayudaba a conciliar el sueño, y tomarse la pastilla con el vasito de agua antes de meterse bajo las mantas. Sabía que corría el peligro de convertirse en una adicta a los somníferos, pero era preferible eso al terror que le producía estar hora tras horas acostada sola en su enorme cama, imaginando sombras que bailaban y se entrelazaban en el alto techo de su cuarto. Una vez que se había tomado la pastilla podía relajarse sabiendo que en unos veinte minutos llegaría la bendición del sueño, aunque fuese artificial.
Y aquella noche fue afortunada, porque en su imaginación estuvo de nuevo en la casa de su abuela; una casa que ya no existía más que en sus recuerdos, pues el desarrollo y el afán de lucro de los promotores habían hecho que sus tíos y su propia m…

LAS CANICAS AZULES 3º parte

Se daba cuenta de que no quería dejarle marchar todavía, y por eso buscaba una señal que le permitiese tener con su hijo un último acto de amor: dejarle ir. Pero, ¿Cómo podía hacerlo si no tenía la seguridad de que iba a estar bien? Pensaba que de alguna manera podría aprender a vivir con su dolor si sabía que el alma de su hijo estaba en un sitio distinto de este nicho de piedra y cemento.
Cuando el día clareaba entre las copas de los árboles que se mecían a la entrada del cementerio, abrió la madre los ojos. Lamentaba haberse quedado dormida, porque había venido a velar el alma de su hijo, y al final el cansancio la había vencido. Pero por otra parte se encontraba extrañamente aliviada, porque por primera vez no había tenido pesadillas ni había oído los lamentos de una cruel enfermedad, sino que había soñado que su hijo venía a verla tal y como le gustaba recordarle: alto y fuerte, risueño, animoso, y le decía que la quería, que estaba bien, y que ya debía marcharse, que le esperaba…

LAS CANICAS AZULES 2º parte

El cementerio era tan frío, en lo alto de aquella loma desde la que se veía el mar y el pueblo entero, asentado a los pies de la montaña, enroscado como un animal de piedra que se dispone a dormir la siesta. Sin pensarlo dos veces se vistió y emprendió el camino desde su casa al cementerio. Llegó pronto, porque estaba tan cerca que no necesitaba caminar más que cinco minutos. La cancela estaba solo entornada; no tuvo más empujarla suavemente y ya estaba en el camposanto. Los nichos de su familia, donde estaban enterrados sus padres y abuelos, y ahora aquella joven vida que ella había traído al mundo, estaba en uno de los extremos del cementerio, dando al mar. Aquella noche ardían las velas por el alma de los difuntos, y el lugar resplandecía en la noche oscura y callada. Se acercó despacio al lugar donde las coronas y ramos de flores señalaban el lugar donde yacía aquel cuerpo que ella tanto había amado y cuidado. No lloró; el cuerpo humano tiene un caudal limitado de lágrimas y ella …

LAS CANICAS AZULES 1º parte

Enterró a su hijo en una fecha señalada, el día de todos los Santos; cuando los cementerios se llenan de gente que acude a presentar sus respetos a quien llevan años lejos del mundo de los vivos. No era capaz de recordar si había mucha o poca gente acompañándoles, porque ella se sentía tan sola como cuando le dio a luz. Al fin y al cabo eran dos momentos parecidos e igual de dolorosos. Poco importaba que entonces y ahora hubiese gente a su alrededor y que algunos incluso le sostuviesen la mano unos instantes e intentasen consolarla. El dolor no se iba a marchar por meras palabras de consuelo ni palmaditas en la espalda. Le habían quitado una parte de su alma y sentía que hoy de nuevo aquel niño que había parido hacía 24 años volvía a desgajarse de sus entrañas y tenía que devolvérselo a la tierra, dura y fría en aquella mañana de otoño.
¿Cómo llegó de nuevo a su casa cuando todo acabó? No podía recordarlo; no era capaz de decir si había llegado a pie desde el cementerio, tan cercano, …
Feliz Navidad para todos, que esta noche brille una luz en vuestras almas y de calor y color a todos los corazones

EL VIKINGO

Le veo al vikingo
de poblada y rojiza
barba, oteando,
triste, el horizonte.
Ha perdido su nave
y su corazón en
vano busca un
nuevo rumbo, en
este mar proceloso
de olas de plata
y sirenas de acero.
Sueña el vikingo
con surcar de
nuevo los mares
lejanos y
encontrar tal
vez su sueño
dorado,
el norte perdido
y su amor olvidado.
Hacia él tiendo
mil puentes de plata,
mil hilos de acero
y mil versos que
brotan de mi
alma herida
como un muñeco
gris de hojalata.

COMO UN BUEN SOLDADO

A veces la vida nos pone en situaciones difíciles, en donde, mal que nos pese, tenemos que tomar decisiones, tenemos que elegir el camino a tomar. Y no siempre es sencillo; a menudo pensamos que si giramos a la derecha dejaremos de saber qué nos deparaba el camino de la izquierda; y viceversa. Pero vivir consiste en elegir, día a día, en decidir. Seguro que nos equivocaremos, que cometeremos errores y que viviremos para lamentarlo. Pero cuando esas decisiones son trascendentales y pueden traer consecuencias que marquen irremediablemente no solo nuestro futuro, sino también el de otras personas, la situación todavía es más dura y complicada. ¿Qué hacer entonces? Cada persona tiene sus propios recursos cuando se encuentra en esta tesitura; unos recurren a la experiencia, otros a los consejos de sus amigos o de sus familiares. Confieso que yo recurro a los libros, a los personajes de ficción con los que he pasado buenos ratos y que han significado algo en mi vida. Recuerdo lo que he leíd…

HIJOS DE LA BRUMA 4

Bien, en cualquier caso, estaba decidida a que nada me amargase el fin de semana. Esta noche trabajaría en la corrección hasta tarde, y mañana me levantaría cuando me diese la gana. Tal vez iría a comer con Alicia y el domingo lo dedicaría a las tareas atrasadas de la casa, que eran muchas, y a leer un par de libros que me esperaban en mi mesilla de noche desde hacía muchos días. Era un plan ciertamente aburrido y normal, es decir, lo normal en mi existencia, aburrida y normal también. Yo no era de esas personas aventureras a las que siempre les pasan cosas interesantes. Lo más peligroso que había hecho en las últimas semanas era caerme en la acera de mi casa después de una enorme nevada. Salvo el trasero dolorido y una enorme humillación cuando me levantaron dos de mis alumnos que en ese momento pasaban por allí, no sufrí más daños.
Estaba visto que incluso un plan tan simple como darme una ducha, envolverme en mi vieja bata de franela y cenar un bocadillo mientras corregía los traba…

COMO UNA LOBA

Como una loba
Hambrienta de
Luna, de lluvia, de brisa,
Te cerco, te persigo,
Caigo sobre ti
En la noche estrellada
Y te alcanzo en
Un abrazo de furia infinita:
Te arranco la
Piel con los dientes,
Te muerdo en el cuello
Y me impulso
Hacia lo más alto;
Llegando de pleno
Al centro de
Tu alma.
Y ahí me quedo,
Plegada, aovillada,
Abrazando tu cuerpo
Y tu esencia;
Llenando de luna
De plata tu casa
Y tu almohada.

HIJOS DE LA BRUMA 3

No me gusta cuando no domino lo situación, y como la cobarde que soy, prefiero huir. Para no parecer demasiado patética, saque fuerzas de flaqueza y le pregunté si se había instalado ya en la ciudad, y si estaba cómodo. Me contestó que había alquilado un piso en la zona nueva, en los edificios cercanos a la universidad; y que efectivamente estaba contento. Parece ser que venía de una ciudad grande, y le agradaba Lugo; aunque más que ciudad muchos lo consideraban un pueblo grande.
Le dije que me tenía que irme para corregir varios trabajos y él se ofreció a llevarme a mi casa, a lo cual me opuse, diciendo que quería ir dando un paseo. Pero cuando salimos, llovía a cántaros, así que no me quedó más remedio que aceptar. Dado que él me había dicho donde vivía, me había dado cuenta de que su calle estaba muy cerca de la mía, a menos de cinco minutos, y no quería dar lugar a demasiadas confianzas. Aquel hombre me gustaba, pero había algo en él que me desconcertaba y no sé por qué motivo, me …

DESDE MI MUERTE IV

He de averiguar la manera de hacerlo, porque alguna ha de haber. Cuando sepa como lograrlo, descansaré al fin en paz.
Lo bueno de estar aquí es el tiempo deja de tener importancia. Cuando estaba viva, andaba todo el día vigilando el reloj, y no disfrutaba de las cosas como hay que disfrutar. Ahora que el tiempo no existe para mi, he descubierto cuantas cosas me perdí en el camino. Poco a poco mi situación en este lugar va cambiando, y voy aprendiendo cosas nuevas. Creo que la paz es ya completa, porque he descubierto que aunque los demás, la gente que he dejado del otro lado y a la que quiero, no pueda verme, si puede sentir mi presencia. Me basta pensar yo en ellos con la suficiente fuerza, y sobre todo, con el suficiente amor, para que se den cuenta de que no les he olvidado, y de aunque no me puedan ver, sigo en la habitación de al lado. Lo he puesto en práctica primero con mi madre, y luego con mi hermano, y ha dado los resultados que esperaba. He conseguido que los dos se quedasen…

Hijos De La Bruma 2

Pedimos un café, y de pronto me sentí incómoda. No suelen faltarme las palabras; cuando estoy nerviosa hablo por los codos, pero su expresión, entre cínica y sonriente, me dejaban literalmente sin habla. El pareció darse cuenta de mi turbación y se presentó, diciendo que se llamaba Alonso Castillo y que era el nuevo profesor de Latín; que acababa de llegar al instituto y empezaría las clases el lunes. No me quedó otro remedio, si no quería pecar de maleducada, de decirle que yo era Jimena Palacios, la profesora de Literatura.

-¿Hace mucho que estás en este instituto?- me preguntó.
-No, llevo aquí tan solo desde principio de curso, es decir, tres meses. Antes estuve en Jaén, haciendo una suplencia, pero ahora ya me han dado esta plaza fija, o al menos eso espero.

Se hizo el silencio mientras llegaba el camarero con los cafés y me fijé en sus manos; eran grandes, con dedos largos, la piel muy blanca, pero sorprendentemente con más vello del que podía esperarse en una persona rubia. Me p…

Desde Mi Muerte III

Quizá si pudiera hacer esto para que se quedasen tranquilos, nada me ataría ya a ese mundo lejano del que dejé de formar parte. Pero, ¿cómo volver con ese mensaje? Este viaje solo es de ida, no tiene retorno.
Me gustaría, además, contarle a los míos que no hay ninguna luz al final del túnel, ni nadie que venga a buscarte y te lleve de la mano; ni tampoco te elevas por encima de tu cuerpo, flotando. Es simplemente dejar de estar, dejar de ser, marcharse hacia el infinito, pero viendo lo que pasa en el lugar que has dejado. No sé esto cuanto durará; porque quizá me ocurre porque llevo muerta pocas horas, y luego ya no podré saber que es lo que pasa al otro lado. No lo se, y eso es lo que me preocupa, aunque digo mal; es la fuerza de la costumbre; porque lo bueno de morirse es que las preocupaciones se acaban, y las ansias, y los deseos.

Cuando me confirmaron la enfermedad que padecía y lo avanzada que estaba, a nadie se lo conté, porque no quise que nadie compartiese mi secreto y mis des…

Desde mi Muerte (continuación) II

No hay nada más triste que la ausencia. Eso me lo dijo mi madre cuando hace ya muchos años, perdió a la suya. Entonces le dí la razón, quizá por consolarla, o porque era demasiado joven para saber que si hay cosas que pueden ser más tristes que la ausencia. 
Es mucho más triste tener a alguien al lado y estar sola; saber que no puedes llegar a esa persona, que aunque tus dedos rocen los suyos sin querer, no hay nada en ese contacto; más que el puro roce de dos pieles que no se desean, ni se quieren siquiera, y que no tienen nada en común. 
La presencia puede ser peor que la ausencia; y eso es algo que tardamos mucho en entender, y a veces, si logramos entenderlo, ya es demasiado tarde. A veces he pensado que es mejor estar sola, saber que no hay nadie al otro lado de la puerta, a que te la abran por mero compromiso, pero sin ánimo de compartir. Es por eso que cuando supe que me iba a morir, no me dio ni pena ni miedo; quizá algo de alivio, al saber que ahora se acabarían mis males y mis…

Hijos de la Bruma

Le conocí una tarde lluviosa, cuando salía de una de mis clases; corriendo, como siempre, y me tropecé con él en el pasillo. Todos mis libros se cayeron al suelo y me ayudó amablemente a recogerlos, aunque en buena ley me lo debía puesto que él fue el culpable de que se cayesen. Me sorprendió cuando le toqué accidentalmente la mano al coger uno de los libros, la frialdad que se desprendía de su piel; pero no era tan extraño puesto que la temperatura del exterior debía de rozar los cero grados. Tenía las pestañas largas y los ojos verdes y almendrados; era el hombre más guapo y a la vez más extraño que nunca había visto. Cuando me pidió perdón oí su voz; baja, grave, profunda; una voz que me removió por dentro. No sabía por qué, ya que estaba completamente segura de que nunca le había visto en mi vida, pero había algo en aquel hombre que me era familiar.
-Lo menos que puedo hacer después de haber tirado sus libros es invitarla a un café-me dijo mirándome fijamente.
En otras circunstancia…

Desde mi Muerte

Me he muerto hace apenas unas horas. Ha sido una sensación bastante extraña, y aunque estaba asustada, simplemente me dejé llevar del cansancio que, poco a poco, iba convirtiendo mis huesos en medusas esponjosas que se deshacían al tocarles.

Morir no duele; quienes digan lo contrario mienten. Lo que duele es vivir; abrir los ojos cada día y esperar que la vida no nos golpee hoy demasiado fuerte; que cuando llegue la noche todavía nos encontremos completos, o al menos que los trozos se puedan recomponer.
Morir es igual que nacer; dos momentos en los que estamos solos; y en los que no importa quienes somos, ni si tenemos o no fama, poder y dinero. Ahora me encuentro rara, porque estoy aquí sin estar; veo sin ver, y todavía no me he acostumbrado. Oigo a mi madre llorar; veo a mi hermano consolarla, acariciar sus manos y decirle que ahora descanso. Tiene razón, como siempre, mi hermano. Ahora me encuentro bien, descansando, en este lugar tan extraño donde no hace frío, ni calor, donde no t…

Bienvenidos

Quiero dar la bienvenida a todos los posibles visitantes y lectores de este rincón de letras perdidas, de esperanzas encontradas, de caminos redescubiertos, que es en suma lo que para mí significa escribir.
A menudo digo que el ejercicio de sentarme delante del ordenador, en el caso de relatos y novelas, o de tomar el lápiz y el papel cuando se trata de poesía; porque a cada cosa hay que darle su lugar y su tratamiento, es mi mejor terapia en los malos momentos y la recompensa con que me premio a mí misma en los buenos.
Escribir me permite alejarme en ocasiones de las cosas cotidianas, de todo aquello que nos preocupa a la gente de a pie y nos produce tristeza, desencanto o aburrimiento. No hay mejor antídoto para todos estos males que crear personajes de la Nada; protagonistas que poco a poco van forjando rasgos de su carácter, al igual que los niños a medida que crecen. Ahí está la verdadera riqueza y el poder de quien escribe; lo haga bien, mal o regular.
En ese momento siento que y…