20 de diciembre de 2011

Desde Mi Muerte III

Quizá si pudiera hacer esto para que se quedasen tranquilos, nada me ataría ya a ese mundo lejano del que dejé de formar parte. Pero, ¿cómo volver con ese mensaje? Este viaje solo es de ida, no tiene retorno.
Me gustaría, además, contarle a los míos que no hay ninguna luz al final del túnel, ni nadie que venga a buscarte y te lleve de la mano; ni tampoco te elevas por encima de tu cuerpo, flotando. Es simplemente dejar de estar, dejar de ser, marcharse hacia el infinito, pero viendo lo que pasa en el lugar que has dejado. No sé esto cuanto durará; porque quizá me ocurre porque llevo muerta pocas horas, y luego ya no podré saber que es lo que pasa al otro lado. No lo se, y eso es lo que me preocupa, aunque digo mal; es la fuerza de la costumbre; porque lo bueno de morirse es que las preocupaciones se acaban, y las ansias, y los deseos.

Cuando me confirmaron la enfermedad que padecía y lo avanzada que estaba, a nadie se lo conté, porque no quise que nadie compartiese mi secreto y mis deseos. No me sometí a ningún tratamiento, aún a pesar de las recomendaciones de los médicos. ¿Para qué? Nada ganaría con ello, salvo unos meses, quizá un año más de vida. ¿Y era vida la mía? Al menos yo no estaba contenta con ella. En este lugar no se está mal, reina la calma, el sosiego y la paz. No se si es el cielo del que nos hablaban cuando éramos pequeños; pero en cualquier caso, no deseo marcharme de aquí. Todo lo más, me gustaría dar un último beso a mi madre, y decirle tantas cosas que no le pude decir.

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