28 de diciembre de 2011

EL AROMA DEL FUEGO 1

Como todas las noches desde hacía ya tiempo siguió el mismo ritual antes de acostarse; su baño de espuma, limpiarse la cara y nutrir la piel antes de dormir, perfumarse con ese aroma de vainilla que la ayudaba a conciliar el sueño, y tomarse la pastilla con el vasito de agua antes de meterse bajo las mantas. Sabía que corría el peligro de convertirse en una adicta a los somníferos, pero era preferible eso al terror que le producía estar hora tras horas acostada sola en su enorme cama, imaginando sombras que bailaban y se entrelazaban en el alto techo de su cuarto. Una vez que se había tomado la pastilla podía relajarse sabiendo que en unos veinte minutos llegaría la bendición del sueño, aunque fuese artificial.
Y aquella noche fue afortunada, porque en su imaginación estuvo de nuevo en la casa de su abuela; una casa que ya no existía más que en sus recuerdos, pues el desarrollo y el afán de lucro de los promotores habían hecho que sus tíos y su propia madre la vendiesen a una empresa que se apresuró a derrumbarla para hacer un edificio de oficinas. Nada quedaba ya de aquella casa un tanto destartalada y con la pintura color crema ligeramente desconchada, que lucía con sus contraventanas azules como un viejo barco a la deriva en medio del océano. Tampoco se conservaban las oxidadas verjas de hierro que cerraban el jardín al resto del mundo; ni podían olerse geranios y rosas que su abuela cuidaba con tanto esmero. La mimosa de la parte trasera nunca más florecería en la primavera, llenando el aire con su aroma, entre picante y dulzón, y alegrando la vista con su vistoso tono amarillo.

1 comentario:

  1. Mi reconocimiento de nuevo al autor del vídeo por su generosidad. Danke schön

    ResponderEliminar