29 de diciembre de 2011

EL AROMA DEL FUEGO 2


En su sueño, traspasó la verja y vio que el portón de madera de la entrada estaba entreabierto. Bastó un leve empujón para entrar de nuevo en el mundo de su infancia; un mundo que guardaba el aroma de la ropa recién planchada con olor a lavanda, de meriendas de pan y chocolate, de goma de borrar y lápices de colores; pero sobre todo el aroma de la leña que ardía en la estufa. Recordaba aquellas tardes de su infancia de una manera casi dolorosa, porque eran tiempos pasados que nunca volverían y en ocasiones temía que su memoria fuese demasiado frágil y perdiese hasta el recuerdo. La vieja estufa de la abuela la había acompañado desde que podía recordar; era como una parte más de si misma, un apéndice más de su cuerpo sin el que no se sentía completa.
Cuando regresaba del colegio, aterida de frío, con las rodillas raspadas y la mochila haciéndose más pesada por minutos sobre su espalda, era un alivio llegar a la cocina de la abuela y dejar caer con un golpe seco todos sus libros al suelo, a pesar de la mirada de reprobación de la anciana. Después de lavarse las manos a regañadientes llegaba la hora de sentarse ante la gastada mesa de pino, con muescas y huellas de tantos años, de tantas meriendas, de tantos cuentos y confidencias...Unas veces eran pan con chocolate; otras leche caliente con un bollo recién horneado y oliendo a canela, y en otras ocasiones las galletas en forma de árbol, de estrella o de media luna, hechas de almendra y con aroma de limón y vainilla. Pero siempre el sempiterno fuego que crepitaba y le calentaba la espalda cuando se sentaba a merendar y a terminar sus deberes mientras su abuela planchaba. ¡Cómo le gustaba ver la manera casi mágica en que doblaba las sábanas y repasaba con cuidado el embozo bordado para que quedase perfecto, mientras rociaba la tela con agua de lavanda.

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