29 de diciembre de 2011

EL AROMA DEL FUEGO 3


Se imaginaba ya el placer de meterse en la cama entre esos olores, que se mezclaban con el aroma de manzanas que la abuela guardaba en el arcón de la ropa blanca. Y la plancha humeante que pasaba una y otra vez por la ropa llevándose a su paso las arrugas y dejando toda la ropa como la cara de una moza de quince años, tersa y reluciente.
Cuando ya no le quedaba consuelo y el alma se le helaba en las noches frías y solitarias, todavía podía, de vez en cuando, recurrir a los sueños, a los recuerdos, y al calor del fuego de aquella vieja cocina de armarios de pino y ollas de cobre que colgaban como trofeos de los ganchos del techo, mezcladas con ristras de ajos y cebollas, con laurel seco y con las el olor de la albahaca, el tomillo y el romero de las macetas que se asentaban en el alfeizar de la ventana que daba al patio. Y encima de la estufa siempre había algo que se calentaba, o ropa que se ponía a secar para curarse en salud de la eterna humedad de los inviernos del Norte. Eso, al menos, los recuerdos, nada ni nadie se los podría quitar.

8 comentarios:

  1. No se por qué motivo pero la mayoría de los recuerdos de la infancia no son imágenes ni sonidos, sino más bien olores. Esos aromas que nos asaltan pasados muchos años y que a veces hace que la nostalgia se dispare

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  2. Pos jamia para este ya no encontré yo foto apropiada, como ya puse una de fuego, aunque déjame que piense, igual si hay algo...si es que no se que haría yo sin ti, nena

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  3. Qué parca es esta criatura en palabras. Bueno, igual te mando un beso bien fuerte

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  4. No hace falta soltar una parrafada para decir mucho.

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  5. Eso es verdad. Ahora con la faena que tengo creo que escribiré un relato sobre mudanzas y tormentos varios

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