20 de diciembre de 2011

Hijos De La Bruma 2

Pedimos un café, y de pronto me sentí incómoda. No suelen faltarme las palabras; cuando estoy nerviosa hablo por los codos, pero su expresión, entre cínica y sonriente, me dejaban literalmente sin habla. El pareció darse cuenta de mi turbación y se presentó, diciendo que se llamaba Alonso Castillo y que era el nuevo profesor de Latín; que acababa de llegar al instituto y empezaría las clases el lunes. No me quedó otro remedio, si no quería pecar de maleducada, de decirle que yo era Jimena Palacios, la profesora de Literatura.

-¿Hace mucho que estás en este instituto?- me preguntó.

-No, llevo aquí tan solo desde principio de curso, es decir, tres meses. Antes estuve en Jaén, haciendo una suplencia, pero ahora ya me han dado esta plaza fija, o al menos eso espero.

Se hizo el silencio mientras llegaba el camarero con los cafés y me fijé en sus manos; eran grandes, con dedos largos, la piel muy blanca, pero sorprendentemente con más vello del que podía esperarse en una persona rubia. Me puse colorada cuando me di cuenta de que me había sorprendido mirándole las manos. Por Dios, aquel endemoniado hombre tenía la virtud de hacerme sentir como una muchacha de quince años, y no como la mujer de treinta que era, y con cierta experiencia, buena y mala, a mis espaldas. Disimulé bebiendo un trago de café, pero fue peor, porque estaba demasiado caliente y me atraganté, hasta tal punto que se levantó y me dio unas palmaditas en la espalda. Estaba furiosa conmigo misma; parecía una estúpida adolescente en presencia del chico cachas del instituto. Pero él se lo tomaba con filosofía, aunque advertí un cierto brillo burlón en su mirada, que me hizo prometerme a mi misma que en adelante le evitaría.


1 comentario:

  1. Este que se perfila aquí es mi primer personaje masculino creado de la Nada, y descrito con pelos y señales. Me enamoré tan profundamente de él que cuando acabé la novela casi me deshidrato de tanto llorar. Me resultaba difícil dejarle marchar.

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