22 de diciembre de 2011

HIJOS DE LA BRUMA 3

No me gusta cuando no domino lo situación, y como la cobarde que soy, prefiero huir. Para no parecer demasiado patética, saque fuerzas de flaqueza y le pregunté si se había instalado ya en la ciudad, y si estaba cómodo. Me contestó que había alquilado un piso en la zona nueva, en los edificios cercanos a la universidad; y que efectivamente estaba contento. Parece ser que venía de una ciudad grande, y le agradaba Lugo; aunque más que ciudad muchos lo consideraban un pueblo grande.
Le dije que me tenía que irme para corregir varios trabajos y él se ofreció a llevarme a mi casa, a lo cual me opuse, diciendo que quería ir dando un paseo. Pero cuando salimos, llovía a cántaros, así que no me quedó más remedio que aceptar. Dado que él me había dicho donde vivía, me había dado cuenta de que su calle estaba muy cerca de la mía, a menos de cinco minutos, y no quería dar lugar a demasiadas confianzas. Aquel hombre me gustaba, pero había algo en él que me desconcertaba y no sé por qué motivo, me asustaba. Tenía la extraña sensación de que no era lo que parecía y ahora que mi vida empezaba a encauzarse en lo que yo pensaba que era la senda correcta; es decir, una aburrida monotonía, no tenía ganas de complicaciones. Mis preocupaciones resultaron infundadas, porque me llevó a la puerta de mi casa, y amablemente se despidió de mí hasta el lunes, sin intentar quedar o subir a mi casa. En honor a la verdad, he de decir que me sentí algo decepcionada. He sabido desde siempre que mi aspecto físico es más bien insignificante y vulgar, pero es algo duro darse cuenta de ello tan a las claras

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