23 de diciembre de 2011

HIJOS DE LA BRUMA 4

Bien, en cualquier caso, estaba decidida a que nada me amargase el fin de semana. Esta noche trabajaría en la corrección hasta tarde, y mañana me levantaría cuando me diese la gana. Tal vez iría a comer con Alicia y el domingo lo dedicaría a las tareas atrasadas de la casa, que eran muchas, y a leer un par de libros que me esperaban en mi mesilla de noche desde hacía muchos días. Era un plan ciertamente aburrido y normal, es decir, lo normal en mi existencia, aburrida y normal también. Yo no era de esas personas aventureras a las que siempre les pasan cosas interesantes. Lo más peligroso que había hecho en las últimas semanas era caerme en la acera de mi casa después de una enorme nevada. Salvo el trasero dolorido y una enorme humillación cuando me levantaron dos de mis alumnos que en ese momento pasaban por allí, no sufrí más daños.
Estaba visto que incluso un plan tan simple como darme una ducha, envolverme en mi vieja bata de franela y cenar un bocadillo mientras corregía los trabajos, no era tan sencillo. Apenas puse los pies en el rellano de mi escalera, supe que algo andaba muy mal; porque yo vivía sola y mi puerta estaba entreabierta. Cualquier persona normal se hubiese detenido, pero yo entré en tromba sin pararme a pensar si la persona que había forzado la cerradura estaba todavía dentro. Me enfrenté como pude al desastre reinante: cajones abiertos, todo el contenido desparramado, el suelo atiborrado con todas mis cosas, varias sillas volcadas. De repente sentí una respiración a mi espalda y me volví sobresaltada para encontrarme con el nuevo profesor de Latín, Alonso. Suspiré con alivio y le sonreí como una tonta. Supongo que pensaría que estaba tratando con una loca o con una estúpida, pero de todos modos no lo dio a demostrar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario