13 de diciembre de 2011

Hijos de la Bruma

Le conocí una tarde lluviosa, cuando salía de una de mis clases; corriendo, como siempre, y me tropecé con él en el pasillo. Todos mis libros se cayeron al suelo y me ayudó amablemente a recogerlos, aunque en buena ley me lo debía puesto que él fue el culpable de que se cayesen. Me sorprendió cuando le toqué accidentalmente la mano al coger uno de los libros, la frialdad que se desprendía de su piel; pero no era tan extraño puesto que la temperatura del exterior debía de rozar los cero grados. Tenía las pestañas largas y los ojos verdes y almendrados; era el hombre más guapo y a la vez más extraño que nunca había visto. Cuando me pidió perdón oí su voz; baja, grave, profunda; una voz que me removió por dentro. No sabía por qué, ya que estaba completamente segura de que nunca le había visto en mi vida, pero había algo en aquel hombre que me era familiar.

-Lo menos que puedo hacer después de haber tirado sus libros es invitarla a un café-me dijo mirándome fijamente.

En otras circunstancias le hubiese dicho que yo no suelo tomar café con desconocidos, pero no me reconocía a mi misma; aquel hombre o más bien su mirada me atraía como un imán. Asentí con la cabeza y le dejé que me guiase, agarrándome del codo, hasta la cafetería. La frialdad de su piel me traspasó la tela del abrigo y me hizo estremecer. Nos sentamos en una mesa al lado de la ventana. Ya había anochecido.

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