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LAS CANICAS AZULES 1º parte

Enterró a su hijo en una fecha señalada, el día de todos los Santos; cuando los cementerios se llenan de gente que acude a presentar sus respetos a quien llevan años lejos del mundo de los vivos. No era capaz de recordar si había mucha o poca gente acompañándoles, porque ella se sentía tan sola como cuando le dio a luz. Al fin y al cabo eran dos momentos parecidos e igual de dolorosos. Poco importaba que entonces y ahora hubiese gente a su alrededor y que algunos incluso le sostuviesen la mano unos instantes e intentasen consolarla. El dolor no se iba a marchar por meras palabras de consuelo ni palmaditas en la espalda. Le habían quitado una parte de su alma y sentía que hoy de nuevo aquel niño que había parido hacía 24 años volvía a desgajarse de sus entrañas y tenía que devolvérselo a la tierra, dura y fría en aquella mañana de otoño.
¿Cómo llegó de nuevo a su casa cuando todo acabó? No podía recordarlo; no era capaz de decir si había llegado a pie desde el cementerio, tan cercano, o si alguien había tenido el detalle de acompañarla. Sólo sabía que en algún momento tuvo que haberse tomado una pastilla para dormir, porque a las once de la noche abrió los ojos y estaba acostada en su cama. Había dormido un sueño artificial, que no la dejó descansada, pero sirvió para anestesiar durante un rato su alma doliente.
Se levantó despacio, sintiendo en cada hueso y en cada músculo el peso de sus cincuenta años, pero sobre todo de su dolor y su tremenda soledad; de su vacío. Necesitaba estar cerca de su hijo; no soportaba dejarle solo aquella primera noche.

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¿POR QUÉ ESCRIBO?

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ESPERA

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de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
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Y ahora, de la mano,
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solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
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¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
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que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
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Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.


PALABRA

Poco hace falta;
una luna desnuda
que en la noche se alza,
un silencio entre líneas
pintadas, la radio que suena
con asesinos en serie, con
extrañas amenazas...
Un rayo de luz que
me baña las manos
abandonadas, manos triste
que no tocan nada.

Tal vez, amor, todo
es triste y oscuro
ahora que hablas.

Pero a mi me basta
una sola palabra,
tan solo una,
dicha en voz baja.

Y entonces el sol
brilla como si
estuviera naciendo
la mañana.

Ha amanecido de pronto,
la noche ha hecho
la maleta al país
del Olvido, mis manos
se visten de esperanzas
aladas; me cubro de risa
de nuevo, y mi corazón,
amor, vuelve a ser, como
siempre, tu cama.