25 de diciembre de 2011

LAS CANICAS AZULES 1º parte

Enterró a su hijo en una fecha señalada, el día de todos los Santos; cuando los cementerios se llenan de gente que acude a presentar sus respetos a quien llevan años lejos del mundo de los vivos. No era capaz de recordar si había mucha o poca gente acompañándoles, porque ella se sentía tan sola como cuando le dio a luz. Al fin y al cabo eran dos momentos parecidos e igual de dolorosos. Poco importaba que entonces y ahora hubiese gente a su alrededor y que algunos incluso le sostuviesen la mano unos instantes e intentasen consolarla. El dolor no se iba a marchar por meras palabras de consuelo ni palmaditas en la espalda. Le habían quitado una parte de su alma y sentía que hoy de nuevo aquel niño que había parido hacía 24 años volvía a desgajarse de sus entrañas y tenía que devolvérselo a la tierra, dura y fría en aquella mañana de otoño.
¿Cómo llegó de nuevo a su casa cuando todo acabó? No podía recordarlo; no era capaz de decir si había llegado a pie desde el cementerio, tan cercano, o si alguien había tenido el detalle de acompañarla. Sólo sabía que en algún momento tuvo que haberse tomado una pastilla para dormir, porque a las once de la noche abrió los ojos y estaba acostada en su cama. Había dormido un sueño artificial, que no la dejó descansada, pero sirvió para anestesiar durante un rato su alma doliente.
Se levantó despacio, sintiendo en cada hueso y en cada músculo el peso de sus cincuenta años, pero sobre todo de su dolor y su tremenda soledad; de su vacío. Necesitaba estar cerca de su hijo; no soportaba dejarle solo aquella primera noche.

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