26 de diciembre de 2011

LAS CANICAS AZULES 2º parte

El cementerio era tan frío, en lo alto de aquella loma desde la que se veía el mar y el pueblo entero, asentado a los pies de la montaña, enroscado como un animal de piedra que se dispone a dormir la siesta. Sin pensarlo dos veces se vistió y emprendió el camino desde su casa al cementerio. Llegó pronto, porque estaba tan cerca que no necesitaba caminar más que cinco minutos. La cancela estaba solo entornada; no tuvo más empujarla suavemente y ya estaba en el camposanto. Los nichos de su familia, donde estaban enterrados sus padres y abuelos, y ahora aquella joven vida que ella había traído al mundo, estaba en uno de los extremos del cementerio, dando al mar. Aquella noche ardían las velas por el alma de los difuntos, y el lugar resplandecía en la noche oscura y callada. Se acercó despacio al lugar donde las coronas y ramos de flores señalaban el lugar donde yacía aquel cuerpo que ella tanto había amado y cuidado. No lloró; el cuerpo humano tiene un caudal limitado de lágrimas y ella había acabado con el cupo hacía ya mucho tiempo; quizá cuando se enteró de la enfermedad que tarde o temprano se llevaría a su hijo. Sus ojos estaban secos y pensaba que ya siempre lo estarían. Pero no hace falta llorar para sentir dolor, porque es un mal que va por dentro, que lacera el alma y corroe las entrañas como un ácido.
Se sentó en el suelo, al pie del frío nicho de piedra, del último hogar de su hijo. Y rezó como nunca lo había hecho, para que hallase la paz, para que en algún momento, de alguna manera, ella pudiese tener la tranquilidad de que se hallaba bien, allá donde estuviese.

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