27 de diciembre de 2011

LAS CANICAS AZULES 3º parte


Se daba cuenta de que no quería dejarle marchar todavía, y por eso buscaba una señal que le permitiese tener con su hijo un último acto de amor: dejarle ir. Pero, ¿Cómo podía hacerlo si no tenía la seguridad de que iba a estar bien? Pensaba que de alguna manera podría aprender a vivir con su dolor si sabía que el alma de su hijo estaba en un sitio distinto de este nicho de piedra y cemento.
Cuando el día clareaba entre las copas de los árboles que se mecían a la entrada del cementerio, abrió la madre los ojos. Lamentaba haberse quedado dormida, porque había venido a velar el alma de su hijo, y al final el cansancio la había vencido. Pero por otra parte se encontraba extrañamente aliviada, porque por primera vez no había tenido pesadillas ni había oído los lamentos de una cruel enfermedad, sino que había soñado que su hijo venía a verla tal y como le gustaba recordarle: alto y fuerte, risueño, animoso, y le decía que la quería, que estaba bien, y que ya debía marcharse, que le esperaban lejos.
Lástima que fuese solo un sueño. Se levantó trastabillando de cansancio, con los huesos entumecidos por la noche pasada al relente. Y fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía en la mano dos canicas azules, apretadas en el puño. Las mismas que había metido en el bolsillo de su hijo cuando ella misma le amortajó. Aquellas canicas le habían acompañado siempre en su infancia, en sus juegos, y ella quiso que le acompañasen también en su último viaje. Quizá, solo quizá, aquello no había sido un sueño.
Emprendió el camino a casa con el corazón más ligero y por un momento pensó que tal vez fuese capaz de seguir adelante.

1 comentario:

  1. Aunque el tema es muy triste; sin duda lo peor que le puede pasar a alguien, perder un hijo; quise darle un cierto toque de esperanza y de consuelo, porque los que se han ido no lo han hecho para siempre; están, siguen estando, pero en la habitación de al lado, simplemente.

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