29 de enero de 2012

CARTAS AL DUENDE

En invierno, sobre todo cuando el frío nos muerde las carnes en esas noches claras y estrelladas, a veces me cuesta conciliar el sueño. Estoy hecha de invierno y de frío, y de viento y de bruma, pero todavía no me he acostumbrado a soportarlo y sueño con edredones de plumas que me cobijen de esas sensaciones heladas que me paralizan la sangre y me hielan el corazón. Y entonces, al no poder dormir, a menudo me pongo a recordar y dejo volar mi imaginación a través del tiempo. En ocasiones me voy al futuro y pienso lo que será Mañana, en donde estaremos, cómo seremos entonces y qué sentimientos y sensaciones poblarán nuestras vidas. Pero como el futuro suele darme miedo y de todos modos pienso que no es algo que yo pueda controlar, intento desecharlo de mi mente igual que en las tardes de estío en que el calor pegajoso atrae a las moscas, las espantamos de un manotazo para que no se posen encima de nuestra piel brillante por el sudor.
Entonces es cuando recuerdo el pasado, y más en estos días en que poco a poco, a medida que se caen las hojas del calendario, nos vamos acercando al mes de febrero. ¿Y qué tiene febrero que no tenga otro mes? Pues para empezar, es el más corto del año, y es el mes del que depende que tengamos año bisiesto o no. Y en mis recuerdos de infancia febrero era el mes de los Carnavales. No me gustaba disfrazarme de pequeña, siempre he sido demasiado sosa y vergonzosa hasta para eso. No...para mi los Carnavales tienen olor a leña, a fuego, a la vieja cocina de leña de la casa de mi abuela, y a tardes invernales, de frío y viento, cobijada en esa extraña comunidad de mujeres de mi familia en que fui aceptada a pesar de mi corta edad. Eran tardes en que se amasaba, se horneaba, y sobre todo se hablaba. Recuerdo a mi bisabuela, a mi abuela, mi madre, alguna tía o prima que siempre rondaba por allí, y yo en medio tratando de enterarme de las cosas que decían, que parecían obedecer a alguna especie de clave secreta que todavía no podía descifrar demasiado bien. Pero poco a poco fui entendiendo cada vez mejor su lenguaje y pude adentrarme en el secreto mundo de las conversaciones femeninas; esas que quedaban en suspenso cuando algún macho ruidoso e insensible asomaba las barbas...
Siempre me ha gustad febrero, duende, y quizá tú, mejor que nadie, puedes darte cuenta de que este mes de alguna manera me estaba destinado para dar un giro a mi vida, tal vez por culpa de alguno de tus maliciosos congéneres, o de los hados, o de los dioses de los desamparados, o de las hadas, ninfas y nereidas de esos ríos que poblaron mi infancia. No lo se; el caso es que se acerca febrero y no se que hacer: si engalanarme para recibirle o meterme entre pucheros y perolas dispuesta a amasar y hornear los dulces de don Carnal.

Quédate en mis sueños, duende, las noches de inviernos son muy largas


Nefertiti

2 comentarios:

  1. Me gusta enredarme en tus letras, pues son letras que paladean cada segundo que el reloj del tiempo marca.

    Un abrazo!

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  2. Muchas gracias Lara por tu presencia y tu generosidad. Un enorme abrazo

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