12 de enero de 2012

LOS HIJOS, EL MAL QUE NO CESA


Creo que era Serrat el que decía en una canción que a veces los hijos se nos parecen. Y si, es verdad. Mi hija es rubia y tiene los ojos azules, como yo; aunque infinitamente más bonitos. Y las manos de mi hijo y sus cejas son como las mías y como las de mi padre.
Cuando nacen son una fuente de dicha y a la vez de preocupación. Son tan pequeños y tan débiles, tan dependientes, que las madres nos dormimos cada noche con el radar puesto y un leve movimiento en la cuna nos despierta. Cuando consiguen sacarse el chupete por primera vez o descubren que tienen manos, nos sentimos tan orgullosos que se lo contamos hasta a quien no le importa lo más mínimo. ¿Y cuando dan el primer paso? Ese andar vacilante de pato mareado, con los brazos despegados del cuerpo para mantener el equilibrio hace que les veamos como los seres más inteligentes de la creación. Y nada que decir de sus primeras palabras y sus frases trabucadas.
El día que les dejamos por primera vez en el colegio nos sentimos como unos completos traidores, sin darnos cuenta de que la mayoría de las veces las únicas lágrimas son las de los padres; ellos se quedan allí encantados para jugar con otros niños.
El principal problema es que la infancia, con los primeros amiguitos, el deambular por distintos cumpleaños, las fiestas de fin de curso del colegio y los juegos en el parque con el bocadillo en la mano se acaban enseguida. Luego llega la adolescencia o en boca de mi abuela, “la edad del pavo”, que en estos tiempos cada vez es más temprana y en ocasiones se me ha dado por pensar que ya nacen siendo pavos. Ahí empezamos a preocuparnos por los amigos que traen a casa y más todavía si no los traen, por las horas a las que llegan, por la cara que traen, por si su ropa huele raro o si tardan más de lo debido en levantarse las mañanas de domingo. Y si un día no comen, nos imaginamos que la Anorexia, esa bruja malévola, les ronda de cerca con su guadaña mortífera. Las drogas, el alcohol, el primer preservativo que nos encontramos al poner la ropa en la lavadora. Si fuésemos inteligentes ante este descubrimiento deberíamos estar tranquilos, porque al menos se protegen...
El caso es que nos pasamos la vida entera, desde que con dolores les traemos a este mundo, penando por ellos. Y no es que sea nada fuera de lo corriente, sino lo que siempre han hecho madres y padres; quizá nosotras con más dramatismo. Y de repente llega el día en que ya no nos necesitan o incluso hacen algo que nos hiere profundamente. Nos sentimos rotos por dentro, traicionados y destrozados, pero ni aún sí les dejamos de querer. No se porqué; igual es que la Genética conlleva el amor, aunque los padres de hijos del corazón, es decir, adoptados, sienten lo mismo. Será que es algo propio de padres.


7 comentarios:

  1. ¿También te vas a preocupar por mis compañías? XD XD

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  2. Pues claro que si, nena. Pero la verdad es que tú eres muy juiciosa y me das pocos disgustos. Eso si, apartate de la Fara que es mal ejemplo para ti

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  3. Tomo nota,la Fara cuanto más lejos mejor y ahora más con el pequeño ewok, no me vaya a morder un tobillo XD XD

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  4. A lo mejor le enseña a que nos muerda, si. Aunque pobrecillo, él tiene cara de buena persona

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  5. Pues los ewok así, en los últimos años, los han hecho bastante rencorosos y delicatesen.

    Dicho por nuestra veterinaria con nombre de gel,Nelia.

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  6. No lo he dicho yo, me hago eco de una afirmación de nuestra veterinaria.

    Dice que los micro perros son mucho más propensos a tener ciertas enfermedades y que son bastante rencorosos, que si les haces alguna cosa..se lo guardan y cuando menos te lo esperas..zaass mordisco que te arrean.

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