10 de mayo de 2012

DIARIO DE UNA GATA 3



Me he olvidado de contar que mi ama me encontró un domingo de invierno hecha un ovillo en una cuneta húmeda y fría, y de allí me recogió y me llevó a casa. Quizá por eso me llama Sunday, aunque con el tiempo, no sé por qué, me ha acortado el nombre y me llama Sandy. A mi me da igual como me llame; cuando lo hace aparezco o no, según me convenga. Ella ya lo sabe, y por eso no se suele molestar cuando yo me escondo. Hemos aprendido a tener paciencia la una con la otra.
Yo me doy cuenta perfectamente de cuando ella se encuentra mal, de cuando está triste y de cómo consolarla. Aunque me ha prohibido muchas veces que duerma en su cama, y tengo en la alfombra de su cuarto un confortable y cálido cesto, cuando está disgustada, trepo a su lado, me acurruco en su almohada y le paso la pata suavemente por el pelo. Se que le gusta mucho, aunque, por guardar las apariencias proteste algo.
Como premio, al día siguiente me encuentro con algún delicado manjar a la hora del desayuno, y yo se lo agradezco con un maullido. Y supongo que otra manera de premiarme es que me permita entrar en la biblioteca y trepar hasta las estanterías más altas. Ella sabe dónde estoy y yo sé que ella lo sabe, pero ambas fingimos que no nos damos cuenta de nada. Es la inmensa suerte de que ambas seamos hembras. Quizá todas estas sutilezas con un macho se hubiesen ido al traste desde el primer día.



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