26 de mayo de 2012

EL SÍNDROME DE LAS GAFAS DE SOL



En el mundo hay muchas enfermedades raras; demasiadas a las que la ciencia y la Medicina, con todos sus avances y sus buenos profesionales no saben de qué manera atajar. Dicen que viviremos ciento veinte años en un futuro bastante próximo. Yo espero sinceramente no entrar en ese cupo; debe ser aburrido estar tanto tiempo en este mundo imperfecto, oyendo siempre las mismas desgracias, las mismas noticias, viendo que pocas cambian y las que lo hacen suele ser para empeorar.
De entre todos los síndromes habidos y por haber hay uno que me toca especialmente la fibra sensible que todos, incluso yo, tenemos. No es una enfermedad mortal de necesidad, ni mucho menos. Uno puede padecerla toda la vida y llegar hasta los ochenta o casi hasta los cien años. En ocasiones parece que ya se ha curado, pero por desgracia es un mal de raíces largas y cuando se agarra a una víctima lo hace a conciencia y casi nunca la deja. No duele, al menos de manera física; puedes padecerla toda la vida y no necesitarás tomar ni un solo analgésico, o tal vez sí, pero el que tú necesitas no lo han inventado todavía. Los sesudos señores y señoras de bata blanca que se dejan la vida investigando para mejorar nuestros males, quizá ni se hayan parado a pensar cómo paliar este síndrome, lo cual es normal, porque muchas de las personas que lo padecen ni siquiera se dan cuenta.
Todo empieza el día en que sales a la calle y te percatas de que no hace sol; más bien hay una bruma que lo envuelve todo y no eres capaz de ver más allá de tres o cuatro metros hacia delante. Los coches circulan con las luces encendidas y hay humedad en el aire, incluso puede que negros nubarrones. Pero tú sigues adelante con tus gafas de sol puestas, cuanto más oscuras y más grandes, mejor. La gente, te das cuenta, te empieza a mirar de manera rara cuando entras en una tienda y no te las sacas, y la cajera del supermercado te dice con los ojos que eres una maleducada porque le pagas con una sonrisa, pero sin desprenderte de esas enormes gafas de sol. Al principio de la enfermedad te convences a ti misma de que lo haces por emular a Jackie Kennedy y porque te quedan bien; al menos se te notan menos las ojeras y las arrugas, es una manera de verte mejor. Pero cuando dependes tanto de ellas que si abres el bolso cuando bajas en el ascensor y no las encuentras te da una especie de ataque de pánico y tienes que subir de nuevo pulsando como una posesa todos los botones del pobre ascensor para llegar rápido al rellano, abrir la puerta rápido y recoger tu ración de droga, tus preciosas y valiosas gafas grandes, enormes y oscuras en el mueble de la entrada, ya estás perdida. Cuando te las calas, das un suspiro de alivio, como el alcohólico que se agarra a la botella como el bebé a su biberón, o como el heroinómano que consigue una nueva dosis que pincharse. Necesitas de su protección para salir a la calle y enfrentarte al mundo. Salir sin ellas es como si a un ciego le quitan su perro lazarillo o su bastón. ¿Qué pasaría si de repente tuvieses que enfrentar el mundo, las miradas de tus semejantes y todo lo que se cuece diariamente sin el escudo protector de esos cristales oscuros que te aíslan y te alejan de los demás? Sería algo tremendo, porque entonces podrían mirarte directamente a los ojos y aunque la mayoría no verían nada, siempre cabría la posibilidad de que alguien se diese cuenta de ese secreto que quieres guardar a toda costa, porque es tu tormento, tu vergüenza y tu mayor lastre…
No hay problema, ese secreto está a salvo conmigo, a nadie se lo contaré. Pero por Dios, no te dejes nunca en casa las gafas de sol; no respondo de las consecuencias si tienes que salir a la vida sin protegerte.



3 comentarios:

  1. Hola Mabel,

    Atrévete, primero baja al portal sin ellas y sube corriendo, luego un poquito más lejos una vuelta a la manzana y otra vez para arriba. Y sigue con tus gafas todo el tiempo que quieras, pero percibe también el mundo sin ellas, es tan diferente.

    Un besito wapa
    Traci la cobarde que además no sabe como se edita un perfil

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  2. Gracias, amiga. Supongo que si, que es cuestión de ir atreviéndose poco a poco. ¿Sabes cual es el problema? Que la sonrisa esconde muchas cosas, el falso buen humor también; pero los ojos...esos son unos indiscretos que lo cuentan todo.

    Un enorme abrazo

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  3. Yo tengo un síndrome parecido.
    No me coloco las gafas... simplemente me escondo en casa para que el Sol no me ciegue.
    A veces me doy cuenta y lucho contra ello... y salgo a la calle para vencer mis miedos (por eso tengo un perro, supongo).

    Pero aún así, salgo envuelta en la cota de malla, con mi túnica oscura encima para que no se me vea.

    Curioso cómo somos los humanos...

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