28 de septiembre de 2012

CUANDO AMAR ES PECADO 1

Isabel frenó ligeramente antes de entrar en la curva. Cada vez que pasaba por allí se estremecía sin poder evitarlo porque se le venía a la mente el accidente, por más que todo el mundo le recomendase olvidar. El olvido, que cosa tan necesaria pero tan difícil de conseguir. Debería de existir una pastilla mágica que surtiese ese efecto, el poder olvidar. Pero si la había, ella la desconocía, desde luego.
El día había amanecido gris, con el cielo plomizo y el aire cargado de promesas de lluvia. Esos eran los días que ella odiaba y los preferidos de Mamá. Todavía le costaba hablar de ella en pasado; aunque ya hacía más de tres meses que su frágil cuerpo yacía bajo la pesada losa al lado del de su padre y sus abuelos. Ninguno de los tres hermanos quiso hacer caso de la petición de su madre de que la incinerasen y arrojasen sus cenizas al mar al pie del santuario a donde su madre acudía, indefectiblemente, y nadie sabía por qué, cada 31 de marzo. El último que pasó en este mundo su hermano Carlos tuvo que llevarla en su coche, ella ya no era capaz de conducir; y le costaba incluso caminar sin ayuda. La noche antes del entierro, cuando se quedaron en el tanatorio los tres hermanos con sus respectivas parejas, ella interrogó a Carlos.
-¿Qué hizo Mamá en el santuario? Creo que a todos nos come la curiosidad pero nadie se atreve a preguntar. Solo sabemos que desde hace más de treinta años acudía allí el último día de marzo con un ramo de rosas amarillas.
Carlos encendió un cigarrillo a pesar de los carteles donde expresamente se prohibía fumar y de la ausencia de ceniceros. Y de nada valió la mira de reproche que le dirigió Blanca, su esposa.
-Pues no hizo nada especial. Yo pensé que me iba a pedir que la llevase al cementerio para poner las flores en alguna tumba Pero no…solamente entró en la capilla, se sentó en el segundo banco de la derecha y allí se quedó, mirando al altar, como media hora. Yo ya no sabía qué hacer, la verdad. Y cuando ya pensé que íbamos a pasarnos allí la mañana, bajó de mi brazo con mucho trabajo hasta el mar, y una a una allí arrojo las trece rosas. Antes de echar la última se la llevó a los labios y dijo algo en voz baja.
-¿El qué?
-No lo se, no pude oírlo bien. Algo de un latido, creo, pero no me preguntes más. La ayudé a subir de nuevo y me costó mucho ayudarle a que entrase en el coche. Temblaba de puro agotamiento y tenía los labios y las manos amoratados de frío.
Eulalia, la hermana mayor, frunció el ceño y sacudió los hombros, como queriendo espantar algún pensamiento indeseado.
-Mamá llevaba mucho tiempo comportándose de una manera muy rara. Aunque me duela decirlo, creo que últimamente se le había ido mucho la cabeza.
Mientras que los dos hermanos restantes se quedaron callados, sin darle la razón pero tampoco sin disentir, fue Blanca, la nuera, quien se levantó como impulsada por un resorte, con semblante pálido y ofendido. Y todos la miraron, porque Blanca era en si misma un espectáculo que admirar: tan alta, con la piel tan fina y blanca como el alabastro, que chocaba al ver los ojos y el pelo negrísimos. Ahora esos ojos echaban chispas y sus labios, esos labios gruesos que ella nunca se pintaba, parecían como llenos de vida, de sangre.
-No voy a permitir que digas esas tonterías de tu madre y sobre todo que nadie la defienda. Nunca he conocido a nadie tan cuerdo hasta su último aliento como Natalia.
Los demás no le contestaron, toda la familia estaba al tanto de que, extrañamente la nuera y la suegra eran uña y carne, más que con las hijas, que se limitaban a soportar como podían las excentricidades de su madre.

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