29 de septiembre de 2012

EL VIAJE

Fue una mañana gris de otoño; una mañana de noviembre, el peor mes del año para ella, cuando tomó la decisión. Era sábado, y se había levantado temprano, como todos los días. Solía hacerlo por costumbre, porque se despertaba a las siete de la mañana y no era capaz de quedarse más tiempo en la cama sin dormir. Y lo decidió mientras se comía la tostada del desayuno en la mesa de madera de su cocina, pasando la uña de su dedo índice por las flores del mantel que su abuela había bordado tantos años atrás.
Levantó la vista hacia la ventana mientras masticaba con aburrimiento; pero no se veía gran cosa. El cielo estaba plomizo y en el parque no había niños ni ancianos; sólo un mendigo que se había detenido en su deambular para sentarse en uno de los bancos. Le vio sacar una bolsa de plástico del carrito en el que llevaba todas sus pertenencias y beber a morro del cartón de vino barato. Ella le conocía; solía darle un bocadillo cada día, cuando volvía de trabajar. Ya era normal que cada mañana hiciese dos bocadillos, uno para su propio desayuno en la oficina y otro para el mendigo. El suyo de pavo, el de él de queso. No le daba dinero. ¿Para qué? Se lo gastaría en vino. Los fines de semana variaba el horario y se lo dejaba a media mañana en ese mismo banco del parque, cuando salía a pasear al perro.
Lo sentía por el pobre mendigo, pero esta mañana no habría bocadillo, y tampoco el perro tendría su paseo. Recogió los restos del desayuno y dejó la mesa impecable, como hacía cada día. Guardó en una bolsa de viaje algo de ropa y se colgó al hombro el bolso negro de piel. Ni siquiera se molestó en buscar su móvil. ¿Para qué? No pensaba llamar a nadie y tampoco quería recibir ninguna llamada. Garabateó una nota en el reverso de un ticket de compra y la dejó encima de la taza de desayuno que había dispuesto para él en la mesa de la cocina. Simplemente decía Adios, que tengas suerte; acuérdate de sacar al perro dos veces al día.
Fue a la estación en taxi y allí sacó un billete para el destino más alejado que encontró. Se quedó dormida nada más reposar la cabeza en su asiento. El ligero traqueteo del tren era una buena canción de cuna.



No hay comentarios:

Publicar un comentario