17 de septiembre de 2012

La Real Orden de las Perdularias 3

Leticia es buena chica pero tiene la firme creencia de que todo debe de hacerse de acuerdo a sus reglas. Y yo, como buena cáncer, no soporto que nadie me de órdenes. Por eso andamos siempre ella y yo a la que salta y ya hemos tenido algún que otro encontronazo. Las demás intentan poner paz entre nosotras, aunque no hay peligro de que llegue la sangre al río. En el fondo nos queremos y cuando ella perdió a su madre y luego tuvo que andar en desagradables pleitos con sus hermanos, fue a mi a quien recurrió, como su abogada pero también como a una amiga leal. Aunque no suelo estar de acuerdo en cómo maneja su vida y sus amores, no digo nada, y por varios motivos: el primero de ellos es porque creo firmemente que es de muy mala educación meterse en vidas ajenas sobre todo cuando no nos han pedido consejo, y luego porque no ando sobrada de tiempo ni de energías y me niego a desperdiciarlos en causas perdidas. Luchar contra molinos de viento no es lo mío. Ya he aprendido, creo que todas lo hemos hecho, que la relación de Leticia con el género masculino no es sana en modo alguno. Más bien tiene la mala fortuna de cargar siempre con aquellos seres inútiles y maquiavélicos que mujeres más listas y peores que ella van arrojando a la papelera como un pañuelo usado. Ella siente compasión por todo el mundo y sobre todo por los pobrecitos de ojos entornados y aire desvalido que le sonríen como perros de caza desahuciados. Dirige una empresa de publicidad y tiene a sus órdenes cincuenta personas a las que maneja sin que le tiemble el pulso pero en cambio no es capaz de tomar las riendas de su vida sentimental y ya hemos tenido que ir a recogerla unas tres veces a Urgencias después de unas cuantas tortillas de Valium y los consabidos lavados de estómago. La última vez nos tocó a Sara Patricia y a mi, y aunque yo intenté mantenerme callada, Sara Patricia no sabe lo que es el fino arte de la diplomacia. Apenas subimos a mi coche ella giró la cabeza hacia la parte trasera, donde Leticia yacía desmadejada como una muñeca de trapo y empezó a increparla sin compasión.
-Es la última vez que dejo un polvo a medias para venir a recogerte después de esas gilipolleces que se te ocurren. ¿Nunca has pensado en matarles a ellos? Sería más divertido, desde luego. Al menos ésta-dijo señalándome a mi con cierto desprecio-dejaría de ocuparse de estúpidos contratos de arrendamiento y podría ejercer de verdad el Derecho.
-El Derecho Civil no es de menos categoría que el Penal-le advertí-puede que solo llame menos la atención.
-No hablaba contigo-me contestó. Y en cuanto a ti-siguió en el mismo tono-mientras no te sacudas de encima las toneladas de tonterías que arrastras no aprenderás que los hombres son como las toallitas de un solo uso: te limpias y las tiras a la papelera.

2 comentarios:

  1. Siempre me ha parecido curioso observar, como cerebros -aparentemente superiores y geniales- cuando se enamoran, pierden el absoluto control de la situación, y se comportan como los seres más infantiles y absurdos que nos rodean.
    Besitos, entretenido relato.

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  2. Muchas gracias, Taty. Por desgracia, esto es más común de lo que parece. El amor además de ciego, a veces nubla la vista. Un abrazo y muchas gracias por tu presencia

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