28 de septiembre de 2012

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 4

Me limité a seguir manteniendo mi atención en el tráfico y no le contesté. Era inútil discutir con Sara Patricia. No se si debido a su estancia en Argentina o a verdadera vocación, era psicóloga. Hubo una época en mi vida en que necesité urgentemente ayuda profesional para superar alguno de mis muchos miedos y limitaciones. Pero preferí acudir a la consulta de un chico recién licenciado en la Universidad. La verdad es que no me sirvió de mucho, pero al menos pasé tres meses agradables recreándome la vista y cuando la terapia terminó, o mejor dicho, acabé el dinero que había destinado a gastarme en divanes, salimos juntos un par de veces. Al final la cosa no resultó porque yo le sacaba al buen mozo unos veinte años y además de que no me había curado de mis fobias a eso se sumó la tragedia de sentirme vieja y decrépita. A él no le importaba pero yo empecé a fiscalizar cada mañana mi cara en el espejo como si en ello me fuese la vida. Y me dije que hasta ahí podríamos llegar. A la primera ocasión me ligué en la consulta del médico a un señor de unos cincuenta y bastantes años, canoso, con la papada algo floja e incipientes problemas de próstata, pero que durante un mes me levantó la moral porque a su lado me sentía un floreciente pimpollo. Y eso es importante. Por supuesto que nunca pensé en llevármelo a la cama, pero sus cortejos trasnochados, los ramos de flores y los bombones me levantaron la moral de una manera tal que nunca, aunque me visite el señor alemán, podré olvidar a Evaristo. Si, ya se, hasta el nombre mata la libido. Nadie es perfecto.
Entre mis muchos defectos está el ligero problema de que me voy por los cerros de Úbeda. Toda esta perorata sobre mi desgraciada vida sentimental venía a que cuando Sara Patricia se enteró de que había ido a la competencia a intentar curar mis dudas existenciales, montó en cólera y me armó una trifulca que hizo temblar las paredes de la casa donde esa semana nos reuníamos, que para más inri era la mía.
-Perra, zorra sin corazón. Sabes que me cuesta llegar a fin de mes y le vas a dejar dinero a la competencia. A ese bergante le voy a denunciar al colegio de psicólogos. Seguro que te lo beneficias.
-Estás loca, nunca haría algo así.
Me sorprendí a mi misma de ser capaz de mentir con tanta osadía. Por aquel entonces, cuando íbamos por la cuarta sesión, he de confesar que ya pensaba en cómo sería nuestra primera noche de pasión. Pero hay cosas que nunca se cuentan.
-Ya; eso no lo crees ni tú. A Dios pongo por testigo que cuando necesite un abogado me rajaré las venas antes de recurrir a ti.
-Y harás bien. No quiero mezclar amistad y trabajo.
-Pero mezclas sexo y trabajo.
-Nunca, nunca me he acostado con ninguno de mis clientes.
-Ah, mala puta; pero piensas en hacerlo con ese bollycao al que le cuentas tus penas los jueves por la tarde.

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