14 de septiembre de 2012

La Real Orden de las Perdularias

Ahora que he llegado a la mediana edad y llevo a mis espaldas una mochila cargada de cosas buenas y malas; aunque creo que las malas abultan más, me voy dando cuenta de que hay unos cuantos placeres; pocos, a los que no quiero ni puedo renunciar. Uno de ellos es el capuchino con canela, que me levanta el espíritu y me reconcilia con la vida. Otro son los ratos a solas, muchos de los cuales paso sumergida en mi bañera, con olor de vainilla y limón, y la radio contando, como siempre, malas noticias. Pero quizá el placer más importante es la reunión semanal con mis hermanas de la Real Orden de las Perdularias, de la que tengo el honor de ser Madre Abadesa.
Nos conocemos desde hace poco algunas y otras de toda la vida, pero nos han unido las risas en ocasiones y en otras las desgracias. A menudo pienso que las mujeres necesitamos más de lo que pensamos de otras mujeres, aunque las amigas verdaderas sean pocas, porque las féminas contamos en abundancia con mucha mala idea y peor voluntad de hacernos la vida imposible las unas a las otras. Aunque justo es reconocer que cuando una encuentra un alma femenina afín la amistad suele ser para toda la vida y a prueba de todas las maldades que hacerse puedan mutuamente dos seres humanos.
Solemos vernos los martes por la tarde, y vamos rotando los lugares de encuentro; siempre en nuestras propias casas. Somos muy distintas en todo. En materia religiosa las hay católicas integristas hasta la desesperación, ateas, agnósticas, alguna que se siente seducida por Buda y otras filosofías orientales…Pero contra lo que pueda parecer, una de las cosas que hacemos cuando nos reunimos es orar. Si, porque todas tenemos por qué y por quien pedir, y lo hacemos sin pudor. Y debe de dar buenos resultados, porque ya se han curado unos cuantos casos de cáncer y algún que otro desamor, al tiempo que alguna de las hermanas que perseguía un amor imposible, lo ha alcanzado. Que lo mantenga…ya requerirá mucha más oración. Pero en ello estamos.
La mayoría de los hombres tienen como algo cierto que cuando se reúnen dos o más mujeres hablan de ellos como tema central de conversación. Pobrecillos míos, qué ingenuos son y cuán poco piensan. Tenemos muchos temas de conversación aparte de ponerles a caldo, aunque es justo reconocer que a veces también lo hacemos. En nuestra Real Orden la verdad es que la crítica al género masculino no es lo que prevalece. Más bien solemos hablar de cómo estamos, y nos contamos cosas que a nadie más osaríamos decir. Por ejemplo, solamente mis buenas hermanas saben que yo en ocasiones tengo sueños extraños en los que me remonto a épocas pasadas. Y cuando hablo de épocas pasadas, quiero decir muy pasadas. Mi propia madre no creía hasta que le di detalles ciertos que puedo recordar episodios de cuando era un bebé de apenas dos meses. Justo es reconocer que alguna de las hermanas muy escépticas no me cree, pero como nos queremos y nos respetamos, las que no me creen se limitan a torcer la boca en un gesto y no decir nada más.
Quizá el episodio más extraño por el que hemos pasado ha sido el último de mis cumpleaños. Nací con el solsticio de verano y desde que me reúno con mis Perdularias hemos adquirido la costumbre de vernos la Noche de San Juan; cosa que no tendría mayor importancia si no fuese porque nos citamos en un promontorio donde hay una especie de monumento megalítico y cada una de nosotros va vestida con una túnica blanca y una corona de flores en la cabeza. Unimos nuestras manos y bailamos a la luz de la luna entonando cánticos espirituales. Nunca nos había visto nadie, pero la última vez se nos acercaron una panda de descerebrados recién salidos del bar del pueblo más cercano y con el peso del alcohol en sus venas se acercaron a nosotras con aires amenazantes y de burla a partes iguales. Alguno de ellos tenía aspecto de patibulario descastado, pero les superábamos en número y bastó una patada bien dirigida a las partes nobles del más pendenciero para que todos en comandita pusiesen pies en polvorosa.

1 comentario:

  1. Es el primer capítulo de la novela que ahora mismo estoy escribiendo; ya voy por el capítulo 44

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