7 de octubre de 2012

CUANDO AMAR ES PECADO 2

Inmersa en esos recuerdos llegó Isabel a la que había sido la casa de su madre, heredada de sus abuelos cuando era una joven recién casada. Estaba enclavada en lo alto de un promontorio desde donde se veía discurrir, en una suave ondulación, el monte de pinos y robles. A espaldas de la casa, la montaña que había visto nacer a todas las generaciones de la familia; y el río donde ellos se habían bañado de pequeños; saliendo de allí morados de frío y a la espera de la merienda que su madre les había preparado en el porche. La casa era de piedra, de paredes gruesas que aislaban del frío en invierno y del calor en verano. Las ventanas seguían siendo de madera, su madre nunca había querido cambiarlas, a pesar del trabajo que representaba mantenerlas en buen estado. Tenía el tejado de pizarra, como era normal en esos parajes de montaña; y un jardín delantero que Mamá había cuidado con esmero, aunque ahora, en otoño, empezaba ya a deslucirse. Dejó el coche en el camino empedrado de la entrada. Aunque pensaba quedarse un par de días, ordenando cosas y separando lo que iban a conservar de las cosas para tirar, le daba pereza guardarlo en el garaje. Además, seguro que su hermana Eulalia se le había adelantado ya, y sólo había espacio para un coche. Sacó la pequeña maleta y empujó la puerta, que solo estaba entornada. En la entrada, apoyada en el banco donde Mamá solía dejar el sombrero que usaba para trabajar en el jardín, estaba la enorme maleta con ruedas de su hermana mayor. No entendía por qué esta mujer siempre viajaba con tantas cosas aunque solo fuese para dos días.
Escuchó el taconeo de su hermana en la cocina, y dejando la maleta al lado de la suya, allí se dirigió. Eulalia estaba haciendo café. Al verla entrar se adelantó y le puso la mejilla para que la besara, mientras Isabel hizo apenas un amago de acercamiento, y se limitó a besar el aire, y no la cara de su hermana. Le echó un vistazo disimulado. Desde que Eulalia había perdido al menos diez kilos, se le había quedado una cara horrible, con las pieles colgando, y una mirada fría y sin brillo.
-Has llegado pronto-le dijo Isabel, por decir algo.
-Si, y no sabes lo que me ha costado. Como Andrés es tan inútil, he tenido que dejarle la comida preparada para estos dos días, la ropa debidamente clasificada, la suya y la de los niños. Ser esposa y ama de casa es agotador y…
-Si no fueses tan controladora y les dejases a tu marido y a tus hijos que hiciesen cosas por si mismos, tal vez no tendrías que quejarte tanto-la interrumpió. No soportaba sus constantes lamentos a la vez que para hacerse la imprescindible dudaba que le dejase al pánfilo de su marido que se lavase solo los dientes.
-Claro, como tú no tienes hijos…para ti todo es sencillo-estalló Eulalia, mirándola con inquina.
Isabel no le contestó. Aunque en público ella siempre manifestaba que no estaba en sus planes tener niños, de momento, sus más íntimos y por supuesto su familia, sabían que había sufrido varios abortos y que estaba intentando de todas las maneras posibles quedarse embarazada; con lo cual esas palabras le parecían arrojadas directamente como dardos. Ya se sentía cansada y acababa de llegar. No quería pensar lo que sería pasar con su hermana los dos días siguientes. Menos mal que quizá también viniese Blanca a ayudarles. Quizá su presencia benéfica tranquilizase algo las cosas. No sabía bien lo que emanaba de su cuñada, pero tenía la virtud de ponerles a cada uno en su sitio con una mera palabra o a veces con un simple gesto.

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