14 de octubre de 2012

CUANDO AMAR ES PECADO 3


Sin embargo, a pesar de que la sangre le hervía en las venas, se sentó tranquilamente ante la mesa de pino de Mamá, tantas veces fregada y refregada, y en donde les había dado de desayunar, comer, merendar y cenar todos los días de su vida. Si aquella mesa hablase contaría historias de amor, de charlas al calor de la cocina de leña, de olor de ropa húmeda secándose en el invierno en aquel viejo tendal que se bajaba y subía con poleas. Cuando ella era jovencita siempre discutía con Mamá para que cambiase la cocina de viejos armarios de pino por otros modernos, pero afortunadamente nunca le había hecho caso. Ahora, al pasar los años, Isabel se daba cuenta de que esta cocina había conservado el calor del hogar que su madre había creado para ellos. Todavía lucían en las ventanas los viejos visillos, ya un tanto amarillentos, con los bordados hechos por la abuela en las tardes de lluvia. Si cerraba los ojos era capaz de oler todavía el aroma del chocolate haciéndose en el fuego, o de la sopa de verduras, del pan tostado en el horno…Sentía como los ojos se le llenaban de lágrimas. Lágrimas de nostalgia, de dolor, de pena por el tiempo perdido y por lo que ya nunca podría volver a tener. Tragó saliva como pudo y disimuló haciendo que buscaba el móvil en las simas más profundas de su enorme bolso. Como toda la gente del norte era muy parca en demostrar sus sentimientos y moriría antes de que su hermana mayor la pillase en un momento de debilidad.
-¿Cuánto tiempo te vas a quedar? –le preguntó Eulalia.
-Espero que con dos días sea suficiente para poner orden en el batiburrillo que Mamá guardaba por toda la casa. No puedo quedarme más, estamos en una época muy mala en el despacho y ya me ha costado mucho tomarme estos días.
-Bueno, no eres la única que tiene problemas y trabajo. Las mujeres que trabajáis fuera tendéis a pensar que todo el campo es orégano, pero te aseguro que llevar una casa y criar a dos hijos la deja a una agotada…
-Eulalia, basta-la atajó, con cara seria. No me des la charla sobre tu mala vida y lo que sufres con un marido que no aprecia tu enorme trabajo. Ya se me la canción de memoria.
-Qué insensibles eres, Isabel. No tienes ni idea de lo que tengo que soportar cada día.
-Tú lo has dicho. No tengo ni idea ni quiero tenerla. Déjame que siga en mi ignorancia. Y ahora, si no te importa, quizá sea hora de ir pensando en la cena. He hecho algo de compra, para estos dos días. Podríamos hacer una sopa para cenar, ¿te parece?
Eulalia se encogió de hombros, dejándole a su hermana pequeña la decisión y de paso el trabajo de preparar el condumio de las dos. Pensaba que ella ya hacía bastante ocupándose cada día de dar de cenar a su familia.

Isabel empezó a trajinar por la cocina, sacando viejos pucheros, abriendo aquel grifo de latón que no encajaba del todo bien y que había que saber como cerrar con precisión para que no gotease luego. A Mamá, siempre tan ahorrativa, le molestaban tanto los grifos que goteaban como las luces encendidas sin necesidad. Ella se había criado en tiempos complicados, cuando se carecía de lo más imprescindible y cuando los zapatos se llevaban al zapatero las veces que fuese necesario hasta poder renovarlos, y se cogían los puntos de las medias o se arreglaban las cazuelas de la cocina cuando cada mes llegaba con su carro, avisando con su triste pitido, el afilador. Mamá contaba que ese hombre alto y flaco, con nariz afilada y ojos negrísimos, le daba mucho miedo cuando era pequeña, quizá porque siempre llevaba pegadas a la barba grisácea unas hebras de tabaco que le daban un aspecto siniestro, o por sus manos enormes y descarnadas, con unos nudillos blanquecinos y siempre llenos de arañazos. Y quizá también porque en aquel entonces los niños se asustaban los unos a los otros en el colegio, en las aburridas tardes de invierno en que la maestra cabeceaba en torno a la estufa, con truculentas historias del Sacamantecas; esa especie de monstruo horrible que amenazaba con acabar con la vida, o algo peor, de aquellos que se portaban mal. Cuando Isabel le preguntaba a Mamá qué o quién era realmente el mítico Sacamantecas, ella solía encogerse de hombros.
-Nunca lo supe, hija. Ni yo ni ninguno. ¿Qué es el Coco? Nadie lo sabe tampoco. Supongo que son figuras, arquetipos, que dirían ahora los muy sabidos, que usaban los mayores, sobre todo las madres, para mantenernos lo suficientemente asustados y que no diésemos demasiados problemas. En mis tiempos no había videojuegos ni esas porquerías con que se entretienen ahora mis nietos. Quizá eso explique, por otra parte, su siniestro carácter-acababa siempre por decir Mamá, torciendo el gesto.
Isabel, al llegar este punto, siempre se echaba a reír.
-Mamá, que cáustica eres. Con la dulce pinta que tienes de Abuelita y resulta que no quieres a tus propios nietos.
Entonces Mamá solía ajustarse las gafas sobre el puente de la nariz, porque tendían a resbalársele, y se atusaba el pelo, antaño rubio oscuro y ahora blanco como la nieve.
-Yo quiero a mis nietos, claro que les quiero. Al igual que he querido y quiero a mis hijos. Pero siempre he visto los defectos de la gente que quiero, quizá precisamente por eso. Y tus sobrinos están muy mal educados, querida, tengo que decirlo. ¿Qué puedes esperar de unos niños que no saben como llamar por teléfono correctamente?
-¿No saben marcar? Juraría que se pasan la vida con el móvil en la mano.
-No seas obtusa, Sabela-le decía Mamá, aunque sabía que ella odiaba ese diminutivo y de hecho era la única que lo usaba. Claro que saben marcar y llamar, y mandar mensajes y hacer cosas con ese aparato del demonio que yo no seré capaz de hacer aunque viva mil años, Dios no lo permita. Lo que no saben-continuó después de dar otro sorbo a su te-es la manera correcta de contestar cuando se les llama o de saludar cuando son ellos quien llaman. Y eso es culpa de Eulalia y del imbécil ese con el que se ha casado, a quien Dios confunda.
-Ay, Mami, nunca pensé que fueses una suegra al uso que odia a sus yernos y nueras.
-Es que no lo soy. Sabes que quiero mucho a tu novio o lo que sea tuyo, a Gabriel, en suma. Me cae bien ese chico; siempre me han gustado los hombres con barba. Y en cuanto a Blanca…
-Si, ya se que a tu nuera, en contra de todo lo que dice siempre de las suegras, la adoras.
-Me gusta y le gusto. Ha habido siempre, desde el primer día, buen entendimiento entre nosotras. Es lo que tienen estas cosas, que a los amigos los eliges tú y la familia te viene dada. Y a veces hay que hacer enormes esfuerzos para aguantarles.
-Ay, Mamá, eres tremenda. Nunca he conocido a nadie que diga tan a las claras, en cada momento, lo que piensa.
-Es algo que me he ido permitiendo a medida que me iba haciendo vieja, hija. Y ahora, con un pie cerca de la tumba, comprenderás que ya no tengo por qué callarme absolutamente nada. Hablar claro es la licencia de los viejos, siempre tenemos la posibilidad de decir luego que es la inevitable chochera que llega con la edad.
Y, como cada vez que decía algo así, Mamá solía hacer un guiño de sus ojos grises y entonces se le formaba todavía aquel delicioso hoyuelo en la mejilla y su cara volvía a tener el aspecto de cuando era joven y criaba a sus hijos en esa misma cocina desde donde ahora emitía esos sinceros dictámenes sobre su propia familia.

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