14 de octubre de 2012

DIARIO DE UNA GATA 5



Tengo que reconocer que en casa de Marta se vive bien. Me alimenta estupendamente, el fuego siempre está encendido y puedo dormir unas buenas siestas al lado de la estufa. Y por las noches mi ama me permite dormir en su cama. Lo único que tengo que hacer es acostarme a su lado cuando finge dormir; es una comedia absurda que las dos interpretamos para que su autoridad quede a salvo. Pero ambas sabemos que yo no podría dormir en otro sitio y ella tampoco conciliaría el sueño si no me echase a su costado. Cada noche representamos nuestros papeles y gracias a eso a la mañana siguiente nos levantamos descansadas y contentas.
Vivo tan cómodamente en la casa de Marta que me molesta sobremanera cuando tengo que salir a algún sitio. Una de mis peores pesadillas tuvo lugar el pasado verano, cuando ella tuvo la feliz idea de ir a visitar a su madre. Me sometió a la tremenda humillación de introducirme en una especie de jaula en la que me tuve que acomodar como buenamente pude durante todo el tiempo que duró el trayecto en un artefacto extraño que hacía ruido, se movía mucho y olía peor. No sé cuanto tiempo pasó hasta que tuvo a bien abrirme la puerta y dejarme salir, mareada y bamboleante, de mi inmerecido presidio. Y yo, que soy la gata más limpia y coqueta del mundo, tuve que pasar por el apuro de vomitarme encima y hacerme pis. Para vengarme, le arañé cuando me limpió y volví a vomitar, esta vez a posta, y encima de ella.
Como las desgracias nunca vienen solas, durante muchos días y otras cuantas noches debí soportar a la madre de mi ama, la más insolente de los humanos que me ha tocado conocer. Pero esa ya es otra historia, y ahora no tengo fuerzas para enfrentar tantos recuerdos desagradables

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