28 de octubre de 2012

MORIR SONRIENDO





Era domingo y estaba sola. Cuando abrió los ojos ya el sol estaba alto en el cielo. Miró el reloj y vio que eran las diez de la mañana. No solía dormir hasta tan tarde, pero había tomado dos pastillas en vez de una y se sumió en el sueño pesado y poco reparador de los tranquilizantes; ese que hace que uno sienta la boca seca y pastosa al despertar, y la cabeza como flotando. Con mucho trabajo se calzó las zapatillas y se encaminó, apoyándose en las paredes como una borracha, hasta el baño.
Cuando salió de allí, quince minutos después, ya se consideraba un poco más persona y fue capaz hasta de desayunar. El día anterior había estado ordenando los armarios y llenando bolsas de ropa para llevar a la parroquia. Siempre se prometía a si misma no acumular cosas inservibles, pero el hecho era que tenía los armarios llenos de ropa de hacía veinte años, que nunca más se pondría y que sobre todo le traía muy malos recuerdos. Lo mejor era arrojar lastre fuera. Ahora en el cuarto de la lavadora, pegadas a la plancha, yacían tres bolsas de basura negras repletas de vaqueros de pata de elefante, faldas de cuadros, jerséis hechos a mano y abrigos que olían a naftalina.
Lo mejor que se podía hacer cuando se pretendía iniciar una nueva vida era desprenderse de todo lo viejo, de todas las ataduras con el pasado. Por eso había decidido también cambiar por completo su dormitorio; la colcha de rayas le traía malos recuerdos y hasta pensaba que era lo que le impedía dormir bien por las noches. Por eso había buscado en el trastero aquella colcha blanca con rosas bordadas que había sido de su abuela. Por algún sitio guardaba las cortinas que hacían juego; mañana las buscaría. Y compraría una alfombra nueva, una alfombra suave que actuase de amortiguador ante los golpes de la vida.
Lavó la escasa vajilla que había usado para desayunar y la dejó que escurriese en el fregadero. Se puso el abrigo; el tiempo era soleado pero todavía algo frío; y decidió salir a dejar la carta que anidaba en lo más hondo de su bolsillo en el buzón de la esquina. Ya tenía el sello; sólo tenía que dejarla caer y mañana él la tendría en su mano. Es cierto que bien podría haberle llamado por teléfono o enviarle un correo electrónico, pero decidió hacer las cosas como se hacían antes. Era una despedida y una explicación a la vez. Le decía, resumiendo mucho los hechos, que estaba desencantada, decepcionada y cansada de esperar cosas que nunca llegarían. Lo habían hablado tantas veces y otras tantas ella había albergado falsas esperanzas, que tampoco eran necesarias tantas explicaciones.
Iba pensando en cómo recibiría él la carta, si se daría cuenta de cuánto dolor le había supuesto a ella escribirla, y quizá por eso no tuvo la precaución de mirar antes de cruzar la calle, ni vio el coche que se abalanzaba sobre ella unos metros antes de alcanzar el buzón. No hubo apenas dolor, solo un golpe sordo que la sorprendió y le hizo pensar antes de que su cabeza estallase contra la parte delantera del coche, que él nunca recibiría la carta. Mejor, nunca sabría entonces cuánto daño le había hecho en todo este tiempo. Por eso murió con una sonrisa; era mejor así, que nunca se enterase de su dolor.
El muchacho que conducía el coche se bajó como un autómata y la miró como un alelado. Era la primera vez que se enfrentaba a la muerte; pero pensó, con algo de miedo, que no sería tan terrible, a pesar de toda aquella sangre, cuando la mujer tenía una sonrisa en los labios.

2 comentarios:

  1. Maravilloso Mabel!!!! Y tú dices que no tienes técnica!!! Técnica y todo lo que se puede desear para escribir todo lo que escribes!!!

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