31 de octubre de 2012

NOCHE DE DIFUNTOS



Una tarde de finales de octubre fue cuando decidió decirle que todo se había acabado. Hacía ya días que quería hacerlo, pero no encontraba la manera de abordar el tema y fue ella quien le ofreció en bandeja la posibilidad cuando ideó aquellas vacaciones en Navidad. No le importó ver pintada la ilusión en sus ojos al planear los días que pasarían fuera, ni buscar el vuelo más corto. Sin mirarla directamente le dijo que sería imposible, que no iban a irse de vacaciones juntos ni en Navidad ni nunca; que su familia le necesitaba y había llegado el momento de dar fin a este asunto que nunca debería haber empezado. Decidió ser más brusco de lo necesario porque no quería que ella pensara que quedaba abierto el menor resquicio para un nuevo comienzo, como tantas veces había sucedido ya.
Ella recogió sus cosas despacio, sin mirarle, y fue hasta la puerta. Antes de marcharse, se dio la vuelta y apoyándose en el quicio le dijo que si lo que pretendía era romperle el corazón, ya lo había hecho.
Se quedó extrañamente aliviado. Había pensado que sería más difícil, que quizá le hiciese una desagradable escena y muchos reproches. Pero lo único además de esa frase fue un leve “mandaré a alguien por mis cosas en unos días”. Se marchó a su casa más ligero; con la misma sensación de cuando era estudiante y había terminado los exámenes.
No habían pasado tres días cuando una mañana, desayunando al lado de su hija pequeña, mientras leía el periódico, dio un respingo y se derramó el café sobre la camisa. Su hija le increpó, llamándole torpe, y su mujer le miró aviesamente. Balbuceó una excusa y fue a su habitación con el pretexto de cambiarse. Tuvo que sentarse al borde de la cama. Acababa de leer la esquela de su amante. No podía creerlo…ella, que había estado hacía apenas unas semanas entre sus brazos, estaba muerta. La muerte…nunca había pensado en lo definitivo que era morirse. Nunca más olería su perfume, nunca más oiría su risa cantarina ni sus pasos leves taconeando cuando acudía a recibirle en el piso donde se veían. Ya no la quería, o tal vez si, pero de todos modos, ¿qué importaba ahora? No podía ir al entierro, habría muchos conocidos y quizá alguien se lo contase a su esposa. Pero si consiguió enterarse de cómo había muerto. Infarto, ¿Podía morirse de un infarto una mujer que no llegaba a los cuarenta años, sana como una manzana?
Esa noche, antes de volver a su casa, se acercó al cementerio y dio con la tumba. No le sorprendieron las coronas ni los ramos de flores, ella era una persona muy querida. Pero, ¿A qué venían todas esas velas? Entonces recordó…era la noche de difuntos y la gente solía dejar velas en los cementerios para que ardiesen toda la noche. Tocó la tumba donde yacía el cuerpo que tantas veces había sido suyo. Le pareció que una somnolencia extraña le empapaba de la cabeza a los pies, y se sentó encima de la piedra helada.
Cuando despertó estaba amaneciendo y estaba aterido de frío, aunque la palma de la mano derecha parecía arder. La abrió penosamente y vio con sorpresa que dentro estaba una gargantilla de rubíes que le había regalado a su amante en su último cumpleaños. Tenía forma de corazón, y precisamente esa figura era la que le había dejado una aureola de carne quemada. Una herida con bordes bien definidos, con un dolor que hacia que toda su mano derecha latiese como un corazón a punto de romperse.






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