3 de noviembre de 2012

DE VUELTA 1




Bajó del taxi y arrastró la maleta despacio hasta la entrada. Se ajustó el pañuelo al cuello; hacía frío aunque ya se había iniciado la primavera. Viajar siempre la ponía nerviosa, y hacía mucho tiempo que no usaba el tren. Antes solía ir en avión casi siempre, para ahorrar tiempo. Pero ahora mismo tiempo era precisamente lo que le sobraba; y el billete de tren era más barato. Nunca había tenido que mirar cada céntimo que gastaba; hasta que se quedó sin trabajo disfrutaba de un buen nivel de vida y aunque no era derrochadora, tampoco medía sus gastos como en este momento en que el futuro era tan incierto.
La noticia de que su tía Irene le había dejado en herencia su casa del pueblo la tomó por sorpresa. Ella tenía muchos sobrinos y juraría que no se encontraba entre sus preferidas. Tía Irene era una mujer seca y callada que vivía de espaldas al mundo real y a la que solamente veía en Navidad, cuando su madre se empeñaba en invitarla a pasar en casa esas fechas señaladas. Pero cuando su madre murió ella dejó de tener contacto con su tía y en realidad hacía al menos cinco años que no se veían.
No le hacía demasiada gracia ir a l pueblo a hacerse cargo de la casa, pero el notario había insistido en que era necesario que aceptase la herencia, si es que le interesaba. ¿Y ella quería esa herencia? No estaba segura. Si no se hubiese quedado sin trabajo, ni se lo plantearía siquiera; pero ahora mismo cualquier ventanuco se convertía, por necesidad, en una puerta esperanzadora. El alquiler de su lujoso ático era demasiado alto para seguir pagándolo, y vivir en la ciudad también escapaba a sus posibilidades. Por eso había pensado que quizá la casa de Tía Irene podría aprovecharse. Podría venderla, aunque en estos tiempos sobraban casas y faltaban compradores.
Ya acomodada en su asiento se ensimismó intentando recordar cómo era la casa de su tía. Se le venía a la mente un edificio rectangular, de piedra, con dos pisos y desván, y unas bodegas adyacentes en donde su tía guardaba,cuando ella era pequeña, el grano, las patatas, las cebollas y los aperos de labranza que usaban sus empleados. También tenía tierras colindantes y un gran jardín delantero. Mientras cerraba los ojos y apoyaba la cabeza en el respaldo del asiento, sobre todo para escapar de la mirada insistente de su compañero de asiento, en su mente iba tomando forma una idea...

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