29 de noviembre de 2012

UNA PIEDRA EN EL CAMINO 1


Estoy convencida de que hay ángeles o demonios allá arriba que mueven hilos a su antojo y conveniencia para divertirse haciendo desaguisados con los pobres mortales. No sé quién fue el gracioso que se sacó del sombrero eso del libre albedrío, porque yo de eso tengo lo que una piedra a la que han puesto en medio del camino y todo el que pasa va dando pataditas y cambiando de lugar según las ganas y la fuerza que impriman al golpe.
Ahora que por necesidad tengo que volver atrás la vista y recordar, me doy cuenta de que casi nunca he decidido apenas nada por mi misma. Lo que ocurre es que antes pensaba que si, y ahora me doy cuenta de la realidad: siempre he permitido que los demás me llevasen a donde les convenía y por comodidad, por desidia o tal vez por cobardía…me he dejado ir.
Aquel viernes de febrero dejé a mis hijos en el colegio a la hora acostumbrada y con resignación cristiana me incorporé al tráfico endiablado de un día de lluvia. No me gusta la lluvia en ninguna de sus facetas, pero menos para conducir; así que iba muy atenta a la carretera y de no saltarme el desvío al centro comercial. Soy tan despistada que a pesar de que hago la compra semanal siempre en el mismo sitio, todavía de vez en cuando me confundo de salida y luego monto unos líos monumentales para dar la vuelta y tomar el camino correcto. Me gusta comprar a primera hora de la mañana porque hay poca gente en los pasillos y no tengo que esquivar carros, ni madres nerviosas con niños llorones o parejas que discuten por la marca de los yogures. A las diez de la mañana el hipermercado parecía estar desierto y pude aparcar justo delante de la entrada.
Hace tantos años que hago la compra que pongo el piloto automático y es como si los productos entrasen solos en el carro. Siempre me llevo lo mismo, soy una animal de costumbres y la ruptura de la rutina me llena de desasosiego. Salí de la frutería pensando que antes de las doce tenía que pasar por la biblioteca a devolver unos libros cuando tropecé con un hombre que empujaba un carro casi tan lleno como el mío. Nos pedimos perdón de manera automática, como hacen las personas educadas, y ya seguía mi camino cuando él me puso la mano en el antebrazo. Me sentí molesta, y ya iba a decirle alguna inconveniencia cuando su voz, algo ronca como yo recordaba, pronunció mi nombre.
-Candela. No me puedo creer que seas tú.
Levanté la vista con miedo. Hacía años que no le veía; pero sus ojos verdes seguían siendo los mismos, orlados de espesas pestañas oscuras, aunque había arrugas que antes no estaban allí. También había un bigote que yo no recordaba y su pelo castaño estaba salpicado de canas, sobre todo en las sienes. Pero era él. Miguel había sido mi primer novio; no nos veíamos desde hacía más de quince años y ahora le tenía delante de mi, en el pasillo de los detergentes.

2 comentarios:

  1. Precioso cuento de piedras en el camino... ¿Fueron al pasillo de casa desde el de los detergentes? O eso es mucho imaginar. Muy bueno, Mabel; un abrazo

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  2. Ya ves, el pasillo de los detergentes y el de los yogures son muy socorridos. Abrazos querido Gustavo

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