1 de diciembre de 2012

UNA PIEDRA EN EL CAMINO 2



¿Qué se le dice a un hombre que ha sido el primero que te ha besado cuando eras una niña inocente, y el primero con el que te has acostado? ¿Buenos días, qué tal te va? Nunca había estado en una situación semejante, con lo cual no sabía bien qué decir. Miguel y yo no habíamos acabado de la mejor manera posible; más bien habíamos terminado mal, cuando me enteré de que se había acostado con la que yo consideraba mi mejor amiga, aprovechando que yo había ido al pueblo, al entierro de mi abuela. Durante mucho tiempo le odié con tal fuerza que deseaba, cuando por las mañanas me despertaba, que a los dos les partiese un rayo, les diese un infarto, o, mejor todavía, contrajesen una enfermedad venérea que hiciesen que los genitales se les fuesen desprendiendo del cuerpo, lentamente y a pedazos. Suena muy mal, pero eso era lo que sentía. Por fortuna, la mancha de la mora verde, con otra se quita, y a los seis meses conocí a Juan, el que ahora es mi marido. Miguel se fue diluyendo en mi mente como un mal sueño, y hasta ese momento del supermercado, le había dedicado muy pocos pensamientos. Mi vida era plena; tenía dos hijos preciosos; Pablo y Guille, y un marido que me quería y al que yo quería. Mi casa era grande y cómoda, trabajaba en lo que siempre había querido hacerlo; enseñando Literatura, y era feliz.
Entonces, ¿por qué se me removió todo por dentro cuando fijó sus ojos en mí y me sonrió, con esa risa suya, mitad burlona mitad inocente? No lo sé; la mente humana, sobre todo la femenina, es muy extraña.
-¿No piensas hablarme, Candela? Han pasado ya muchos años. No me digas que todavía me odias-me dijo, con cierto retintín.
Me di cuenta de que seguía teniendo el poder de hacer que me enfureciese, y cuando me enfado, se me suben los colores y me suda la nuca. Él se dio cuenta al instante y siguió en el mismo tono ligero.
-¿No vas a saludarme? ¿A tanto llega el odio?
Me di cuenta de que se acercaba para abrazarme y darme un beso, pero fui más rápida y le tendí la mano en un gesto mecánico. La estrechó, como a desgana.
-¿Cómo te va, Miguel?-le saludé con una voz que pretendí sonase fría y tranquila. No, no te odio. Ya sabes lo que dicen.
-¿Qué es lo que dicen?
-Que sólo se ama o se odia lo que importa. Y tú-le dije, abriendo las manos-has dejado hace mucho tiempo de tener importancia alguna en mi vida.

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