29 de diciembre de 2012

UNA PIEDRA EN EL CAMINO 3


-Si tú lo dices…
Le sonreí, con una sonrisa falsa y meliflua, la misma que le dedicaba a mi suegra cuando venía a comer a casa los domingos.
-Si me perdonas, tengo algo de prisa. Me alegro mucho de ver que estás bien.
-Pero mujer…ahora que nos hemos encontrado, vamos a tomarnos un café y charlamos un rato.
-Te he dicho que tengo prisa-objeté, intentando desasirme de su brazo.
-Pues entonces dame tu teléfono y quedamos en otro momento.
Confieso que dudé por unos instantes; pero al final negué con la cabeza y le dije cuando ya enfilaba el pasillo de las cajas que era mejor dejar así las cosas. No protestó; supongo que su ego había quedado herido y no deseaba otra negativa. Mientras colocaba lo que había comprado para que la cajera me cobrase me sentí algo decepcionada. Pero mientras tecleaba el código de la tarjeta en la máquina y recogía luego el ticket de compra me llamé imbécil por tener siquiera ese sentimiento. ¿Para que iba a tomar café con alguien que en el pasado se había burlado de mis sentimientos y los había traicionado?
Pero ya se me había estropeado el día y aunque por la tarde tenía pensado ir de compras con mi amiga Carmen, la llamé para decirle que no podía, que estaba resfriada. Y ella se creyó el cuento porque aunque a mi misma me pareciese imposible había estado llorando sin saber bien por qué y tenía nariz tapada, con lo cual mi voz no me delató. Me limpié de nuevo los ojos y tiré a la papelera del cuarto donde plancho y preparo mis clases el nuevo pañuelo que fue a unirse a los muchos que yacían allí. ¿Qué demonios me pasaba? Tenía una vida plena, sin excesivos problemas económicos, dos hijos sanos, un hombre bueno a mi lado… ¿cómo podía estar llorando por el encuentro con una pesadilla del pasado?
Los chicos jugaban un partido de fútbol y su padre les recogería a las ocho de la tarde. Apenas eran las seis. Tenía el tiempo suficiente para darme un baño caliente que me borrase el cansancio y las huellas de llanto. No podían verme con esta pinta cuando regresasen. Me quedé en la bañera hasta que el agua se enfrió y mientras me secaba cuidadosamente con una toalla esponjosa que olía a vainilla miré despacio el cuarto de baño, como si fuese una invitada en mi propia casa y lo estuviese viendo por primera vez. Aquella bañera de patas torneadas que tanto me había costado encontrar, el lavabo encastrado en un mueble de madera de cerezo hecho a medida, con los cajones pensados para albergar mis útiles de maquillaje, mis cepillos, mis cremas. Todo lo había buscado con mimo y estaba pensado para que durase mucho; toda nuestra vida; la de Juan y la mía. Aunque, ahora que me fijaba, no había huellas de mi marido en este lugar. Parecía como si únicamente yo fuese la que usaba el baño. Mi albornoz que colgaba de una percha detrás de la puerta, mis zapatillas de felpa para salir de la ducha, mi secador de pelo, todos los frascos de perfume perfectamente alineados en la estantería de madera, los botes de crema. Me sentí molesta al darme cuenta. ¿Estaba casada con el hombre invisible? ¿O es que tal vez era yo la que le volvía invisible? Me envolví la cabeza con la toalla y delante del espejo me limpié con cuidado la cara, pasé luego el algodón empapado en tónico y me examiné con atención. Empezaba a tener patas de gallo, y había unas arruguitas casi imperceptibles en la comisura de los labios. Apenas había engordado desde que me casé, pero antes la carne se mantenía en su sitio y ahora la ley de la gravedad cumplía su misión, lenta e inexorablemente. Me tapé, asqueada, con la bata; me deprimía comprobar que el tiempo pasa y va dejando sus huellas. Me sequé el pelo cabeza abajo, como una autómata, y me vestí luego con lo primero que encontré en el armario. Tenía que preparar la cena para los cuatro; y no tenía ganas. Pensé en pedir unas pizzas, pero al final pudo más mi conciencia de madre y metí al horno el besugo que me miraba con ojos redondos y fríos desde la nevera.

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