13 de febrero de 2013

CUASI FINAL DE LAS PERDULARIAS




Llegué al viernes muy cansada pero también aliviada porque en una semana había hablado con todas las chicas y había arreglado, de mejor o peor manera, todas las situaciones que tenía pendientes. Sólo me quedaba la conversación con Alexander. Y ésta prometía ser la más dura, pero también la más necesaria. Llegaba ese mismo día a última hora de la tarde, pero me había dicho que no quería que le recogiese en el aeropuerto; vendría en taxi. Preparé una cena apetitosa y con sus platos favoritos, pero ni puse una mesa especial ni me vestí para seducir. De todos modos, aunque lo hubiese hecho así, a nadie podría haber seducido; la ropa me colgaba del cuerpo con tanto que había adelgazado, y las ojeras eran como las de un mapache. Solo me duché para sacarme el olor a cocina y me puse un viejo vestido de algodón y unas alpargatas que ya tenían unos cuantos veranos. Ni me molesté en pintarme los labios. A las diez, con puntualidad germánica, tocó a la puerta. Él tenía llave de mi casa, así que tocar el timbre quería decir que había habido un punto de inflexión en nuestra relación y que ambos éramos conscientes de ello. Le abrí y me enfrenté a su mirada, oscura y dolorida. No se había afeitado y le vi más delgado y con cara de cansancio.
-Hola-me saludó, apoyado en el quicio y mirándome sin verme.
-Pasa, vendrás cansado. Dame la chaqueta; pasa al comedor o si quieres, date antes una ducha.
-No, bastará con lavarme las manos. ¿Has hecho cena?
-¿Te he dejado alguna vez sin comer?-le pregunté, de malos modos.
Me sonrió con amargura, pero no me contestó y desapareció en el pasillo, camino del baño. Cuando se sentó a la mesa tenía ya mejor aspecto; se había afeitado y peinado y hasta las arrugas en torno a los ojos parecían haberse alisado.
Alargó la mano hasta la mía y me la apretó ligeramente.
-Has adelgazado.
-Las vacaciones, que no me sientan bien. ¿Te sirvo ensalada?
Asintió, y empezamos a comer. Solo cuando íbamos por el segundo plato se animó a hablar.
-¿Qué es lo que pasa, Guiomar? ¿Por qué lo echas todo a perder?
Estaba pasándole la bandejita del pan y me quedé parada, con la boca abierta y la bandeja a medio camino. No me podía creer que me estuviese acusando de echar a perder, ¿qué? Si era él quien se hacía el interesante y me daba continuamente una de cal y otra de arena, dejándome continuamente en la cuerda floja.
-¿No vas a decir nada? –insistió.
-Pues no sé qué me queda por decir. De entrada ya has empezado acusándome hasta de la muerte de Manolete.
-¿Qué dices? ¿Qué Manolete?
Le hice un gesto de desgana con la mano. Era imposible, no tenía el más mínimo sentido del humor, y poco se puede hacer con un hombre sin sentido del humor.
-Lo que quiero decir es que estamos mal y eso a nadie se le esconde; pero al parecer toda la culpa es mía. Supongo que tú lo haces todo bien
-No, no es eso. Pero eres demasiado suspicaz y no sé nunca cómo debo tratarte. Siempre estás blandiendo el hacha de guerra y parece que no hago nada bien. Siempre hay algún reproche que hacerme.
-Nunca te he hecho reproches.
-Eso es verdad-me dijo, sin dejar de cortar la carne. Pero no es necesario que me reproches con palabras, a veces tu cara lo dice todo. No hay nada de lo que yo haga que te parezca bien. No educo bien a mis hijos, no te presto suficiente atención, no soy cariñoso contigo, pasamos poco tiempo juntos…
Dejé la servilleta despacio y con calma encima de la mesa. Cuando se avecina una discusión me pongo en guardia inmediatamente y trato de calmarme a mí misma para no perder los papeles. Odio profundamente a la gente que grita y que chilla cuando discute. Creo en el poder de la palabra, y me parece que por muy enfadada que me encuentre soy capaz de expresar mis argumentos con convicción pero sin exaltarme. Y Alexander tampoco es de los gritan, así que confiaba en que todo fuese relativamente sencillo.
-Hemos llegado a punto muerto Alex.
-¿Qué es eso de punto muerto?
-Pues que estamos aquí por estar. Todas las relaciones evolucionan, en un sentido o en el otro. Y ésta se ha quedado estancada, como esas aguas que acaban dando mal olor.
-No sé lo que quieres decir-esquivó.
-Quiero decir que al principio eras tú quien me buscaba a todas horas, quien me llamaba, quien necesitaba que estuviésemos juntos. Y ahora parece que todo te da igual; no tienes tiempo para mí, te molesta si te llamo por teléfono, tengo que suplicarte que pasemos un fin de semana juntos. Y cuando por fin lo consigo, consientes que tu hija me siga faltando al respeto y me haces el amor en una habitación en donde las fotos de tu ex mujer andan rodando por todas partes.
Bajó los ojos en ese gesto tan suyo y que yo odiaba profundamente.
-Es la madre de mis hijos. ¿Quieres que la borre de la vida de los niños?
-Me parece que se borra ella sola, puesto que nunca los viene a ver. Pero ese no es el tema. Ya sé que es la madre de los chicos, nunca he querido ocupar su puesto ni nada parecido. Es simplemente que no quiero relaciones con un hombre que sigue enamorado de su mujer
-Eso es mentira. ¿Qué es eso de estar enamorado?
-Pues tú sabrás. O no. Pienso que el problema es que no tienes ni idea de lo que es el amor, o al menos por mí nunca lo has sentido. En el caso de Natalia, ya no sé qué decir. Más bien creo que tienes una especie de dependencia emocional con ella, que no eres capaz de desprenderte de su presencia y te pasas la vida comparándome. Y yo soy yo, no quiero que me compares con nadie. Puede que no valga mucho, pero en cualquier caso soy un ser humano y me merezco respeto.
-¿Y yo no te he respetado?
Me quedé callada. Dudaba si seguir hablando. La conversación estaba adquiriendo una dureza que nunca pretendí, pero en este momento ya no había marcha atrás. Si me callaba sería peor y luego me arrepentiría por no haber dado rienda suelta a todo lo que llevaba dentro.
-No, Alex, no lo has hecho. Ni me has respetado ni me has querido, o al menos no de la manera que yo necesito. Y por eso pienso que es mejor dejarlo correr.
-¿Dejar correr el qué?
Me olvidaba de que aunque hablaba español a la perfección y sin acento, había ciertos giros que se le escapaban.
-Lo que quiero decir es que esta relación no es cómo yo la deseo. No soy feliz.
-¿No te hago feliz?
Me encogí de hombros, dolorida antes sus ojos oscuros que ahora parecían más tristes que nunca.
-No es eso. En todo caso no estoy bien, igual soy yo la que pide mucho.
Me detuve. Ya estaba haciéndolo de nuevo; ya estaba pidiendo perdón por existir y culpabilizándome a mí misma de todo. Pero no, eso no podía ocurrir más.
-En cualquier caso, Alex, eso no importa. Aquí hay un hecho y es que tú me das lo que puedes, o lo que quieres, y a mí no me basta.
Dejó los cubiertos en la mesa y me miró con algo parecido al desánimo.
-Te he dado todo cuanto podía darte. ¿Qué más quieres de mí?
-No quiero nada de ti, te quiero a ti, simplemente.
-¿Y no me tienes?
-No, no te tengo. Solo me das migajas, es como aquel que tiene hambre y le dan de comer un pedazo de pan pequeño cuando se comería la hogaza entera.
Se quedó mirándome, con la confusión prendida de sus ojos oscuros. Yo sabía a ciencia cierta que estaba haciendo todo lo posible por entenderme, pero no podía. La mayor parte de mis necesidades y de mis sentimientos se le escapaban. No podía enfrentarlos ni comprenderlos, eso era todo. Y era algo muy grave, porque las personas no cambiamos, sobre todo cuando ya tenemos una edad. No sé por qué cruel motivo Dios o quien fuese había hecho que este hombre, del que estaba enamorada, y que me podría hacer feliz, se hubiese cruzado en mi camino, pero no era para mí. No, no lo era, y tenía que acostumbrarme a la idea, aunque me costase la vida.
-No te entiendo-musitó, contrito.
-Ya lo sé, Alex, ya lo sé. Y bien que lo siento. No es tu culpa, ni la mía.
-¿Pues de quien entonces?
-De nadie, de nadie, querido mío. Simplemente no estamos hechos el uno para el otro. Yo no soy lo que tú necesitas.
-¿Y tú qué sabes? Eso debería decirlo yo.
-Tú vives en una confusión continua y no te permites a ti mismo darte cuenta de que la única mujer a la que has amado y a la que amas es Natalia. Vuelve con ella, hazme caso.
-¿Cómo puedes decirme eso? ¿Acaso ya no me quieres?
-Sí, claro que te quiero. Mucho. Y por eso te digo que vuelvas con ella. Quiero que seas feliz. Eso es lo que se hace cuando se quiere mucho a alguien; desear su felicidad.
Se puso en pie y me miró con desánimo.
-¿Quieres de verdad que me vaya?
-¿Quieres tú irte?-le pregunté, con un atisbo de esperanza.
-No lo sé. Pero me iré si tú me lo dices
Me puse yo también de pie, a su lado, y dejé caer los hombros como si me hubiesen echado una losa encima. Le acaricié la cara despacio, casi sin tocarle.
-Si quisieses quedarte, Alex, ni Dios del cielo podría hacer que te fueses. Así que vete, por favor. No te engañes a ti mismo, ni a mí. Ninguno de los dos los merecemos.
Aparté la cara para que no viese las lágrimas que me caían por las mejillas. Nunca en mi vida había sentido un dolor tan profundo ni tan hondo. Era algo semejante a una espada que penetra en las entrañas y las horada por dentro, llevándose en cada movimiento trozos de carne y regueros de sangre. Me permití mirarle cuando ya estaba en la puerta. Sólo vi su espalda que se alejaba sin volver la vista atrás. Así tenía que ser. Mil noches había soñado que él se marchaba en un tren y que aunque yo quería detenerle, ni me veía, sino que seguía su camino como si yo no existiese. Al fin el momento había llegado. Me apoyé en la silla pero a pesar de todo fui deslizándome poco a poco hasta llegar al suelo. Allí me dejé caer, echa un ovillo, doblada en dos y con las manos sujetando los costados para hacer menos fuertes los sollozos que me oprimían la garganta y que ya no podía acallar por más tiempo. Me tapé la boca para que mi grito de animal herido no se escuchase. En estos edificios modernos las paredes eran de papel y nadie debía saber de mi dolor. Eso era algo mío, privado y propio y que tenía que vivir en soledad.
Cuando me hube recuperado un poco me acerqué a mi cuarto y tomé en la mano el marco con la foto de Alex que reposaba en mi mejilla de noche. Levanté el cristal y rompí su retrato en mil pedazos pequeños. Luego los tiré a la basura y lo mismo hice con los otros dos que estaban en el comedor. Busqué en el cajón de la entrada las llaves de su casa y las metí en un sobre acolchado, donde por última vez y con letra clara y grande escribí su nombre y su dirección. Mañana un mensajero se las llevaría. Dentro del sobre iban también las pocas joyas que me había regalado; un collar y unos pendientes pequeños de brillantes. Qué raro se me hacía que en tan pocos y breves gestos me liberase de los recuerdos. Quedar libre de su amor ya sería un trabajo muy complicado, en el que me dejaría la piel a jirones, estaba segura.
Me sequé las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano y me preparé un baño. Por mal que fuesen las cosas en mi vida siempre se aliviaban si podía meterme en una bañera llena de agua caliente y escuchar música. Mañana sería otro día, y la herida en carne viva que me laceraba el pecho y no me dejaba respirar, me dolería algo menos. Y pasado mañana, con suerte, quizá me doliese menos todavía.


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