19 de febrero de 2013

DE LA IMPORTANCIA DE COMPARTIR




Cuando uno es joven no piensa demasiado en la muerte o en todo caso se ve como esa desgracia que les pasa a los demás. Pero el tiempo pone a todo el mundo en su sitio y la vida se encarga de enseñarnos, poco a poco y con dolor, que la muerte es tan compañera del hombre que vive a su vera desde el momento mismo del nacimiento. Nacemos para morir y así es; cuanto antes lo aprendamos mejor será porque también tendremos más oportunidades de apreciar la vida como algo bueno y por tanto, breve.
Siempre he pensado, hasta que empecé a perder a seres queridos, en la ceremonia que acompaña a la muerte como algo aburrido, innecesario y de alguna manera un poco masoquista. Pero una vez más, estaba equivocada. Es muy importante, y lo supe cuando me tocó vivirlo en carne propia, tener al lado el consuelo de parientes y amigos cuando estamos trastornados por el dolor de haber perdido a alguien importante en nuestras vidas.
Por eso ahora, y esto debe ser una señal más de decrepitud, como las arrugas, las patas de gallo y los dolores de huesos, no dejo de acudir nunca a consolar a alguien que represente algo para mi y que haya perdido a un ser querido. Hace pocos días tuve que hacerlo con una amiga de la infancia a quien no veía desde muchos años atrás y que enterraba a su madre. Y me sentí muy reconfortada, como espero que se haya sentido ella, cuando sin decirle nada, porque sencillamente no hacía falta, le di un sincero abrazo en el que traté de decirle que no estaba sola y que los verdaderos amigos están para compartir el dolor. Lo demás; las fiestas, las copas, las reuniones festivas, se celebran con todo tipo de gente. Pero para los momentos de dolor, que me dejen a mis amigos, a esos que me quieren de verdad y que me aceptan como soy; queriéndome no por mis muchos defectos, pero si con ellos, porque vienen en el lote.

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