14 de febrero de 2013

DE VUELTA 5




-¿Usted es la sobrina de Irene?-le preguntó mirándola fijamente.
Amanda estaba posando la maleta en el suelo y se quedó a medio camino. Esperaba un recibimiento algo más cálido; pero se llamó tonta a sí misma. La buena mujer no la conocía de nada y tampoco tenía motivos para recibirla con fiestas. Al fin y a cabo, ya le estaba haciendo un favor al darle la llave.
-Sí, soy Amanda. Me han dicho que…
Se interrumpió cuando la señora le hizo una señal con la mano y se adentró en la trastienda para salir con una llave enorme de hierro que le tendió en silencio, sin decir nada más. Ella la tomó en la mano y se marchó después de darle las gracias con un leve cabeceo. Parece que en aquel pueblo la gente no era demasiado habladora, si tenía que juzgar por lo que había visto hasta aquel momento.
Al llegar a la calle miró el reloj; le quedaba casi una hora hasta la cita con el notario, y pensó que lo mejor sería ver la casa y así podría dejar también la maleta.
No estaba demasiado lejos del estanco. Se detuvo antes de llegar a la puerta; estaba tal y como la recordaba; hasta el jardín parecía cuidado como en la época en que Tía Irene estaba viva. Pronto llegaría la primavera; estaban ya terminando febrero y había algunos lirios que despuntaban y camelias rojas y blancas en todo su esplendor. Al menos no habría muchas cosas que hacer en el jardín. Abrió la puerta sin dificultad y entró a un vestíbulo con las viejas losas geométricas que recordaba de sus últimas visitas. Su tía había cuidado bien la casa. No había humedades y la madera de la sala y de los dormitorios estaba en muy buen estado. La cocina necesitaría una puesta a punto, pero los armarios de roble se conservaban bien y el fregadero de granito era una joya. Tendría que ver con detenimiento si se podría colocar un lavaplatos; lujo que Tía Irene en la vida se habría permitido; y en lugar de aquella vieja cocina de gas habría que colocar una moderna vitrocerámica. Pero la bilbaína a leña era algo a lo que no pensaba renunciar. Aprendería a encenderla y le ayudaría a mantener la casa caliente. Todavía recordaba las navidades pasadas allí, con el olor a piñas seca con las que su tía encendía el fuego y que aromatizaban toda la casa.
La escalera que llevaba a los dormitorios era de antigua madera de roble y estaba en perfecto estado. Tenía cinco dormitorios, dos de ellos con baño incorporado; un lujo que su tía se había permitido en sus últimos tiempos y que si al final decidía seguir adelante con su proyecto le vendría de perlas. Subió el último tramo de escaleras que llevaba al desván. Era amplio y desangelado, lleno de polvo, de baúles y de trastos viejos. Pero al medirlo con la mirada pensó que allí se podría hacer una hermosa habitación con un baño completo y una pequeña salita para ella en caso de que decidiese explotar el resto de la casa. Tendría que llamar a un contratista y ver cuánto le podría costar. Tendría que ser poco o no podría hacerle frente.

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