17 de febrero de 2013

DE VUELTA 6




Se lamentó de no tener más tiempo para seguir explorando la casa, pero debía apresurarse si no quería llegar tarde a la cita con el notario. Su despacho estaba en el centro del pueblo; en la única calle que podía calificarse de principal, al lado de la plaza donde si situaba el ayuntamiento, la escuela y el consultorio médico. Un letrero en la puerta avisaba que no era necesario tocar al timbre, así que empujó la puerta entornada y se vio en una sala de espera amueblada con un par de sofás y unas cuantas sillas desaparejadas. La atendió una recepcionista tan añosa como los muebles, con moño y gafas, y le ordenó con voz seca que esperase a que el notario estuviese libre. Se sentó en una de las sillas, algo desportillada, y miró a su alrededor. Solamente había dos mujeres que parecían madre e hija, pues la más joven era un calco de la otra, aunque algo más alta, y una pareja de mediana edad que indudablemente estaban casados; puesto que se habían sentado el uno al lado del otro pero sin tocarse y sin mirarse siquiera. En los quince minutos que compartieron la sala de espera no se dirigieron la palabra y solo se miraron cuando la recepcionista y al parecer secretaria y chica para todo les llamó para recoger en el mostrador unos papeles. Entonces se levantaron al unísono y caminaron uno al lado del otro, como soldados que marcan el paso en una marcha militar.
Cuando Amanda empezaba a cansarse ya de la espera salió de una habitación al fondo el notario en persona y la mandó pasar. Era un hombre bajito y delgado, de unos sesenta años, con barba entrecana y aspecto cansado. Le dio la mano, laxa y floja, y le hizo un ademán para que se sentase. Se caló las gafas que llevaba en una cadena colgando del cuello y se entretuvo leyendo unos documentos. Por fin la miró por encima de las gafas y habló, con una voz ronca y gutural que parecía imposible que saliese de aquel pecho esmirriado.
-Supongo que ha venido a tomar posesión de su herencia, señorita Navarro.
-Sí, bueno, es decir, supongo que sí-repuso ella, algo confundida. No he leído el testamento de mi tía; sólo sé lo que me comunicó usted mismo por carta.
El notario se quitó las gafas despacio y frotó los ojos como para ver más claro.
-Sí, lo sé. Por eso la he citado. Tiene usted que conocer su herencia y aceptarla, si se da el caso.
Hizo una pausa pero como Amanda permanecía en silencio, continuó hablando.
-Usted es la única heredera de su tía, Irene Cuesta. Le deja en herencia la casa que posee en el pueblo, con todas las tierras adyacentes, además de la mitad de una pequeña fábrica de conservas y todo lo que hay en su cuenta bancaria, además de una caja de seguridad en el mismo banco donde al parecer están sus joyas.
Amanda dio un respingo en su asiento. ¿La tía Irene tenía joyas? Ella la recordaba siempre con el mismo vestido negro y un severo moño. Ni siquiera se pintaba los labios. No le cabía en la cabeza que alguna vez se hubiese puesto joyas. Tampoco sabía lo de la fábrica de conservas. ¿Qué más secretos guardaría su tía?
El notario siguió hablando con aquella voz cavernosa y remota a la vez.
-Le daré la dirección y el teléfono del encargado de la fábrica y podrá ponerse en contacto con él cuando le venga bien. Y aquí tiene el nombre y número del director del banco. Está aquí mismo, al doblar la esquina, no tiene pérdida. Hable con él esta misma mañana, si es posible. Le dará la llave de la caja de seguridad, y la pondrá al corriente de las cosas de su tía. Le advierto que su cuenta bancaria es bastante sustanciosa.
Ella tragó saliva, sin saber muy bien qué decir.
-¿Sustanciosa?
-Quiero decir que su tía tenía bastante dinero en el banco-explicó pausadamente, como si Amanda fuese tonta. No es que ella no conociese el alcance del adjetivo, más bien es que le parecía imposible que su tía tuviese dinero.
-Sé lo que quiere decir-explicó. Pero es que mi tía era tan austera que siempre pensé que pasaba penurias económicas, o casi. Apenas encendía las luces para no gastar, llevaba siempre los mismos vestidos y no salía apenas de casa.
-Quizá por eso tuviese dinero-apostilló el notario.
Salió de allí agarrando el bolso como quien se sujeta a un salvavidas. Tendría que ir al banco para hablar con el director y saber con cuánto dinero contaba. Ojala alcanzase para darle más que un lavado de cara a la casa. Entonces sí que podría poner en práctica su plan con más probabilidades de no fracasar. A medida que avanzaba se sentía un poco más animada y con más confianza en el futuro.


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