23 de febrero de 2013

DE VUELTA 7




Entró en el banco cuando ya iban a cerrar y la chica que estaba en la caja se adelantó para decirle que era tarde y que tendría que volver mañana. Pero Amanda había trabajado muchos años en una agencia de publicidad de las mejores de la ciudad y tenía el suficiente aplomo como para que las protestas de una chiquilla pueblerina la dejasen fría. La miró con aires de reina feudal y le dijo que no se iría hasta hablar con el director. Le ordenó, más que le pidió, que anunciase a Amanda Navarro, y añadió el recién adquirido título de heredera de doña Irene Cuesta. La cara alargada y vulgar de la muchacha, con mucha similitud con la de un caballo de carreras, cambió al oír la última frase, y tragando saliva le dijo que tuviese la bondad de esperar un momento, que avisaría al director. No tardó ni tres minutos en decirle que la siguiese hasta su despacho. El director, un hombre de unos cincuenta años, de pelo entrecano prominente barriga que ni el bien cortado traje ocultaba, estaba esperándola en el quicio de la puerta, con la mano extendida para saludarla. Amanda se quedó un tanto pasmada cuando él inclinó ligeramente la cabeza. Le pidió que se sentase y a los pocos minutos la misma empleada que antes casi la había echado le estaba sirviendo un café.
-Esperaba esta visita, señorita Navarro.
-He venido tan pronto como me llamó el notario; no tenía ni idea de que mi tía me hubiese nombrado su única heredera.
El director del banco la miró sin poder evitar una ligera duda. ¿Sería verdad que no sabía nada? Si estaba mintiendo, era muy buen actriz. De todos modos, pronto se dio cuenta de que su interlocutora no mentía, pues cuando le comunicó que la cuenta de su tía sobrepasaba el medio millón de euros la joven se atragantó con el café que estaba tomando y a punto estuvo de escupirlo encima de su mesa. Sin embargo, pronto se recuperó y recobró la compostura.
-El notario me habló también de una caja de seguridad donde mi tía guardaba joyas-le comentó, como de pasada.
-Así es-contestó. Si es tan amable y me acompaña…
Bajó con él al sótano del banco, un lugar frío y desangelado. Apenas pudo reprimir su sorpresa cuando descubrió, en lugar de los collarcitos de perlas y alguna sortija de brillantes que esperaba, varias sortijas de rubíes, un collar de esmeraldas y otro cordón de oro que remataba en un enorme zafiro. También había collares de perlas, en eso la Tía no la había defraudado, y clips para el pelo de brillantes, además de pulseras, pendientes y un solitario que tenía aspecto de los antiguos anillos de compromiso.
Esta vez no fue capaz de disimular su sorpresa y de manera involuntaria se llevó la mano a la boca en un gesto de sorpresa y asombro. ¿Qué clase de vida había llevado la hermana de su madre para haber atesorado todas aquellas joyas?




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