4 de febrero de 2013

QUIERO SER BORDE





Cuando sea mayor,es decir, en mi caso ya cuando sea vieja, quiero ser borde y que me dure. Porque ponerme borde de vez en cuando, en los momentos en que la vida me sobrepasa, ya lo hago, y me sale de vicio. Me sube la adrenalina, entro en calor, las orejas se me ponen coloradas y empiezo a soltar sapos y culebras, sin gritar y de forma bastante educada, pero buscando donde hincar el diente en la yugular del contrario. Eso sé hacerlo muy bien.
Pero...me dura poco y basta luego que me pidan disculpas, aunque sea así muy de lejos, me ablando como una hoja de gelatina temblorosa, me arrepiento de mi arranque y casi siempre acabo siendo yo la que pide perdón.
Y no puede ser...porque luego a la primera de cambio me toman de nuevo por el pito de un sereno. ¿En qué escuela hay que matricularse para que la bordería dure más? ¿En la Academia de Bordes Reunidos? ¿En la Universidad de Bordes Anónimos con ganas de fastidiar?
Eso me acaba de pasar con IKEA. Una semana llevo con un pedido y tal parece que hay que pedirles por favor que se dignen a vender los muebles. Me ha dado por pensar que en vez del estilo nórdico y funcional me van a regalar, no a vender, muebles gustavianos de verdad. Les mandé un par de correos algo inflamados, llamé a atención al cliente y les solté una filípica, pero luego me llama la encargada de la tienda, me cuenta cuatro milongas...y la justifico y hasta pienso que en el fondo el problema es que soy una quisquillosa, una caprichosa y una cafre.
A Dios pongo por testigo de que esto tiene los días contados. Voy a sacar el dragon que llevo dentro y se van a enterar todos de lo que vale un peine, vikingos incluidos. Vamos, hombre...

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