17 de marzo de 2013

ABUELA



Estos días ha salido en Amazon la última de mis novelas. Se llama "La Real Orden de las Perdularias". Cuando empecé a escribirla mucha gente pensaba que la palabra perdularia era un invento mío. Nada más lejos de la realidad; está en el Diccionario de la Real Academia y cualquiera que tenga curiosidad podrá comprobarlo.
En todo caso, esta palabra ha formado parte siempre de mi vida cotidiana. Mi bisabuela Francisca, a quien yo llamaba abuela o a veces Paca, y no sé por qué, ya que nadie más le daba ese nombre, solía pronunciarla muy a menudo, y siempre en tono peyorativo. Yo me la apropié, la fui haciendo mía poco a poco como esos vaqueros que se van ajustando al cuerpo hasta ser una segunda piel.
Por eso y por muchas cosas más la nombro en la síntesis de la novela. Nació con el siglo XX y era una mujer valiente, sacrificada por los suyos y sobre todo honesta y buena persona. También, todo hay que decirlo, tenía muy mal genio, el que yo heredé de ella, pero una capacidad inmensa de amor que espero que también me haya dejado en herencia.
Era rubia y de ojos verdes, con una piel preciosa que se mantuvo casi sin arrugas hasta que se murió con 82 años. Cuando yo era pequeña admiraba su pelo. Se lo lavaba a diario, le ponía brillantina y cuando ya estaba seco se hacía una trenza y lo recogía luego en un moño. Su pelo remataba en la frente en lo que se llama pico de viuda, aunque en este caso no acertaron, porque ella fue la primera en irse, aunque solo por ocho meses.
Quien diga que el amor no existe es porque no ha conocido a mis bisabuelos. Vivieron juntos 63 años y él no pudo soportar la soledad. Nunca he visto una pareja que se quisiese más.Después de cenar veían la televisión con las manos agarradas como dos novios, cuando ya tenían ochenta años cada uno. Cuando pienso en ellos me los imagino así, juntos, en dondequiera que estén. Y les doy las gracias por haber hecho de mi una niña feliz y muy querida. Parte de lo que hoy soy, para bien o para mal, se la debo a ellos.

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