16 de mayo de 2013

DE VUELTA 6




Amanda salió del banco con la sensación de estar flotando entre nubes. Al llegar a la calle se arrebujó más en su abrigo; el tiempo había enfriado y miró el cielo encapotado. Amenazaba lluvia. Se paró en la esquina, pensando qué podía hacer. Empezaba a entender que esos planes que hacía un par de horas se le habían antojado remotos y poco probables, podrían hacerse realidad. El dinero del banco le permitía afrontar sin preocupaciones el futuro e incluso tomar en consideración esa idea sobre el hotelito que antes le había parecido un plan tan prometedor como absurdo. Pero lo primero era comer. Se dio cuenta de que llevaba un día entero sin probar bocado; y su estómago empezaba a protestar. Recordó que en la calle paralela a la iglesia había una especie de bar-restaurante-cafetería. Empujó la puerta y traspasó el umbral apartando una especie de cortina compuesta por cuentas que se movían como los adornos de la falda de una bailarina oriental. A aquellas horas el local estaba casi vacío; solo dos parroquianos acodados en la barra que tomaban café con aire desganado mientras escuchaban las noticias en una vieja televisión situada en el extremo opuesto de la barra. Se acercó tímidamente al único camarero que vio y le preguntó si todavía estaba a tiempo de comer algo. El hombre, alto y descarnado, la miró con sus ojos oscuros y de párpados caídos.
-Preguntaré en la cocina-soltó con cara de pocos amigos, mirándola de arriba abajo.
Amanda asintió, encogiéndose dentro de su abrigo. Se sentía como una niña pequeña a la que han invitado a una fiesta de cumpleaños donde no conoce a nadie. Después de una corta espera el mismo camarero la condujo a otra estancia de mediano tamaño en donde una chimenea de piedra caldeaba el ambiente. Solo había dos mesas ocupadas. En una de ellas se sentaba un hombre de unos sesenta años, trajeado y que comía al tiempo que leía el periódico. A sus pies tenía un maletín de mediano tamaño que no dejaba de vigilar cada cierto tiempo, como si alguien amenazase robarlo. En otra de las mesas comía una familia con dos niños pequeños. Amanda se sentó en un rincón y en menos de cinco minutos se acercó una mujer de mediana edad y entrada en carnes que le informó de que a aquella hora solo podía ofrecerle un plato de sopa de cocido de primero y besugo. Ella asintió. Hubiese aceptado hasta que le sirviesen camello asado. Un día entero sin probar bocado cambia el paladar más exigente.
-Usted debe ser la sobrina de la vieja de la colina-le dijo la camarera al tiempo que le llenaba el plato de sopa.
Amanda la miró, sin saber qué decir. No recordaba que llamasen así a su tía.
-Se refiere a mi tía Irene, supongo.
-Esa misma, si-convino la mujer, mirándola fijamente. ¿Y a qué ha venido? ¿Piensa quedarse?
Estuvo a punto de contestarle que no era de su incumbencia, pero lo pensó mejor. Tendría que hacerse a la idea de que vivir en un pueblo llevaba consigo una serie de servidumbres, y una de ellas era complacer, en cierta medida, la curiosidad de los vecinos si quería tener una vida medianamente tranquila y sin problemas. Debía acostumbrarse a dar una de cal y otra de arena para que la dejasen en paz. Y dado que acababa de llegar, era obligado empezar con la de cal.
-La verdad es que todavía no lo sé con seguridad. Pero el pueblo me gusta, es posible que me quede una temporada. Por cierto, ¿sabe usted si hay algún arquitecto por la zona?
La mujer la miró, desconcertada, como si le hubiese preguntado por la cercanía de una agencia de viajes a Marte. Se encogió de hombros
-Yo de eso no sabría decirle. Pero quizá mi hermano Antonio, que es el alcalde y además tiene una empresa de construcción, le pueda ayudar.
-Ah, pues muchas gracias. ¿Y en donde le puedo encontrar, a su hermano?
-Dentro de media hora vendrá a tomar café. Se lo mandaré aquí sin falta-le anunció, como concediéndole un favor, mientras se retiraba con la sopera bien acomodada en sus robustos brazos.

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