15 de julio de 2013

DE VUELTA 11



Al final llegaron a un acuerdo: se haría un baño común para las dos habitaciones de la segunda planta y el desván quedaría convertido en dos cuartos más para huéspedes. Amanda viviría independiente en lo que antes había sido bodega y se remodelaría el sitio de los aperos para garaje. Javier Valdés estaba bastante contento; se había salido con la suya en casi todo, aunque no le permitiese elegir las piezas de los nuevos baños ni las losetas del suelo. Él tenía pensado acudir a un amigo suyo anticuario que siempre guardaba una provisión de viejas losetas de esos suelos hidráulicos de principios del siglo pasado que irían bien con la casa. Pero esa maldita niñata le dijo que como mucho le permitiría que le presentase a su amigo, pero ella vería si le convenía o no poner ese tipo de suelo. Y le recalcó con su voz educada de colegio de pago que al fin y al cabo la casa y el dinero eran suyos.
Cuando subió a su coche aceleró más de la cuenta por la estrecha carretera que llevaba al pueblo; estaba enfadado y tenía que soltar adrenalina de alguna manera. La gente de allí no acostumbraba a discutir sus decisiones profesionales; confiaban en él y la mayoría de personas a las que ayudaba en sus reformas o cuando les trazaba los planos de sus nuevas casas le confiaban también la decoración. Estaba convencido de que su sentido de la estética era el único adecuado y aquella mocosa de ciudad lo único que haría sería echar a perder una buena casa indiana, de las que ya quedaban pocas en la zona.
Con esa disposición de ánimo entró en el concesionario de coches del pueblo de al lado. El dueño, Miguel Tagle, era amigo suyo desde la infancia. Habían estudiado juntos y se apreciaban sinceramente. A pesar de que esa tía fuese una borde, la ayudaría a conseguir un coche para que su amigo tuviese la oportunidad de hacer una buena venta.
Esperó a que Miguel terminase de atender a unos clientes; una pareja de mediana edad con aspecto de traer dinero y ganas de gastarlo. Cuando les despidió en la puerta su amigo se acercó y se dieron una palmada en la espalda a guisa de saludo.
-Dichosos los ojos. ¿A qué se debe el honor de esta visita?
-Ando muy ocupado últimamente.
-Y de mala leche, por lo que veo, para no variar. Ese ceño fruncido no dice otra cosa
Javier sonrió, a su pesar. Su amigo le conocía muy bien y era inútil ocultarle nada
-Pues no vengo contento, no. He aceptado un trabajo y creo que será una tortura infernal.
-¿Y eso?-se interesó Miguel mientras recolocaba unos folletos en los expositores.
-Bah, una mocosa de la ciudad que ha heredado de una tía una preciosa casa indiana y la quiere convertir en hotel.
-Pensé que esos proyectos te encantaban
-Y me encantan. Cuando me dejan libertad. Pero esta tía quiere meterse en todo, y no tiene puta idea de cómo hay que hacer las cosas. Y eso me desquicia-terminó, pasándose la mano por el pelo con gesto cansado.
-Pero ella es la que paga, ¿no? Pues tendrá derecho a elegir y hacer las cosas como quiera
-Anda y que te jodan, tío. Otro que tal baila. El tener dinero no debería darle carta blanca a la gente para hacer lo que le da la gana y destrozar la estética de un edificio. Pero bueno, ¿tú qué coño vas a saber de eso?
-Claro, yo solo sé de gilipolleces como vender coches-contestó Miguel, algo molesto. Aunque se querían como hermanos, tenía que reconocer que el carácter de Javier era infernal.
Y él pareció darse cuenta de que se había pasado un poco, porque esbozó una leve sonrisa y le dio un amigable empujón.
-Bueno, chaval, que yo he venido en realidad a hacerte un favor.
-Ah, claro, encima. Supongo que el favor será honrarme con tu presencia benefactora y cordial
-Vete a la mierda. La Barbie esa de los cojones quiere comprarse un coche. Así que vete a verla mañana por la tarde y la traes aquí para que elija. Ah, que tiene que ser automático. Encima la imbécil no sabe conducir como una persona normal.



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