22 de julio de 2013

DE VUELTA 13


Supo inmediatamente, nada más oír su voz, que algo le pasaba. Eran amigas desde que iban a la guardería y no había nadie en el mundo que supiese tanto de su vida como ella. Por eso cuando Inma contestó al teléfono, ella sabía que algo iba muy mal. A pesar de que al principio lo negó, acabó confesándole que Lucas, su novio desde hacía cinco años, la había abandonado por una compañera de trabajo. Aunque le costó mucho decirlo, Amanda se dio cuenta de que ahora era como un dique que había roto sus compuertas y era imposible que dejase de soltar agua. Siguió hablando, llorando, hipando y gimiendo hasta que tenía la voz tan ronca que era imposible entender lo que decía. Fue entonces cuando Amanda se hizo cargo de la situación e intentó calmarla. Tras más de una hora de charla la convenció para que viniese a pasar unos días con ella. Ya estaba convencida de que necesitaba un coche y ahora con más motivo. Mañana le compraría uno al amigo de ese indeseable de arquitecto y al día siguiente iría a la ciudad para recoger alguna ropa de su ático y traerse consigo a Inma. Tendría que hablar con su casero, aunque estaba segura de que la obligaría a cumplir todo el contrato de arrendamiento, que se acababa en dos meses. Mejor, pensó para sí, de esa manera podría retirarlo todo despacio y sin prisas.
Con las ideas ya más claras en la cabeza, decidió irse a la cama. Aquella noche dormiría en la que había sido la habitación de su tía. Era la más grande de todas las de la casa, y desde su ventana se veía una parte del puerto. Cuando se metió bajo las sábanas se dio cuenta del silencio que lo invadía todo, y por un momento echó de menos su cuarto y estar rodeada de gente, aunque de igual manera estuviese sola. Pero en la ciudad al menos sabía que tenía vecinos; poco importaba que no se conociesen de nada. Aquí no había nadie; si le pasaba algo de noche no tendría a quien llamar. Eso le hizo anotar mentalmente que debía solicitar una línea de teléfono. Su tía, en un alarde de excentricidad, se había negado siempre a ponerlo. Cuando su madre quería hablar con ella debía llamar a la pequeña tienda más cercana y fijar una hora para que avisasen a su hermana. Ella necesitaba teléfono y una conexión a internet para sentir que de nuevo estaba en el mundo.
Al otro lado del pueblo, en una pequeña casa pintada de azul y que daba directamente al mar, Javier Valdés también intentaba dormir, aunque no lo conseguía. Y eso le enfurecía, porque siempre se había jactado de que incluso en los peores momentos de su vida había sido capaz de conciliar el sueño sin problemas. Ahora se notaba extrañamente nervioso y desvelado y culpaba a la recién llegada. Algo tenía esa mujer que le hacía perder su escasa paciencia y también que sacase la parte más huraña y desquiciante de su carácter. De pequeño había sido el menor de cinco hermanos y el único con problemas de salud. Hasta los doce años siempre se recordaba a sí mismo enfermo y vacilante, sin poder seguir el mismo ritmo que sus amigos. Pero milagrosamente, en su decimotercer cumpleaños empezó a cambiar. Se dio cuenta de que le sentaba bien el ejercicio físico y empezó a correr diariamente. Al principio apenas aguantaba diez minutos cada día y terminaba empapado en sudor; pero cada día iba resistiendo cinco minutos más y llegó el momento en que corría durante dos horas. Aunque siempre había sido enclenque y canijo fue entonces cuando empezó a crecer hasta alcanzar su actual estatura, al tiempo que todo su cuerpo se fortalecía. Aquello le dio una nueva seguridad que nunca había sentido y le hizo darse cuenta de que en la vida solo dejamos de conseguir aquello que no intentamos. Por eso se hizo ahora el firme propósito de que esa chica tonta de ciudad no le ganaría la partida.


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