26 de julio de 2013

DE VUELTA 14



Y a la mañana siguiente Javier salió a correr sus diez kilómetros de rigor con el corazón más ligero por la decisión que había tomado la noche anterior. No estaba acostumbrado a que le ganasen la partida; se había hecho a sí mismo pedazo a pedazo, como el escultor que talla su obra maestra. Cada trozo de determinación e independencia le había costado demasiado como para que ahora llegase alguien con ínfulas y dinero y lo echase abajo. Se había tomado como algo personal hacer que aquella casa no perdiese su espíritu y no iba a consentir que esa niñata lo echase a perder. Sin embargo, no era tan idiota como para no darse cuenta de que en rigor ella podía hacer lo que le diese la gana; la casa era suya y el dinero también.
Al llegar se dio una ducha casi fría y después de vestirse tomó una taza de café sin sentarse y sacó el coche del garaje. Tenía demasiada prisa para desayunar adecuadamente; quería ir a primera hora a la casa de la colina para medir de nuevo el desván. Aparcó delante de la verja y la empujó para entrar. Chirriaba ligeramente. Antes de tocar a la puerta se giró para mirar el jardín y el paisaje. Dada su situación, encima de un promontorio, se divisaba el puerto, a aquella temprana hora de la mañana todavía envuelto en una ligera bruma que le hacía parecer algo fantasmal, como los paisajes de esas películas inglesas de misterio. Olía a mar y a pinos; los que protegían la casa en su parte trasera. Y también a brezo y retama, mezclado con el aroma a tierra mojada por la lluvia de anoche. Javier era todo menos un romántico, pero en ese momento pensó que la vida, a veces, era agradable.
Estuvo tentado a marcharse, pensando que no había nadie en la casa, cuando se abrió la puerta y dejó paso a una figura pequeña, con los pelos desgreñados, arropada con un albornoz que le venía demasiado grande y unas zapatillas deshilachadas. Se pasó la mano por el cabello, en el vano intento de dominar los rizos que se empeñaban en taparle la cara. Javier la miró con asombro. Eran ya las ocho de la mañana, y aquella descerebrada estaba todavía con los ojos legañosos y a duras penas aguantando los bostezos tras sus manos de niña.
-Buenos días-susurró la aparición. ¿Ha pasado algo?
-Le dije que vendría hoy a medir el desván
-Pero no le esperaba a estas horas. Son las ocho de la mañana.
-Hora de empezar el día, me parece-le contestó con su voz ronca, apartándola ligeramente para entrar.
Ella se hizo a un lado para dejarle pasar, mirándole con cierto asombro mezclado con enfado por la irrupción y…algo de miedo también. Había una dureza innata en la mirada de aquel hombre que la sobrepasaba y hacía que se sintiese como una niña pequeña a la que han pillado robando caramelos en la tienda de la esquina.



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