31 de julio de 2013

DE VUELTA 17



Como sucedía en esos parajes norteños la mañana amaneció nublada pero apenas el tren se puso en marcha e iba dejando atrás los campos de cultivo y las casas que se desperdigaban en las lomas, la bruma comenzó a disiparse y un tímido sol apuntaba en el horizonte. Febrero estaba terminándose ya y pronto llegaría la primavera. Amanda pensó que era una buena señal que su nueva vida comenzase también con la primavera, que era sin duda su estación preferida, lejos de los rigores el invierno pero también del exceso que conllevaba el verano.
Tenía tantas ganas de ver a Inma que el tiempo de llegar se le hizo eterno y no pudo concentrarse en el libro que se había llevado para leer en el tren, así que lo cerró con desánimo y sacó su agenda del bolso para ir anotando las cosas que tenía todavía pendientes en la casa. Eso hizo que de manera irremediable pensase en Javier Valdés. Pocas personas había conocido que la sacasen tanto de quicio, pero ya que le había encargado los trabajos necesarios en la casa y de que tenía prisa por terminar, pensó que valdría la pena ejercitar la paciencia, esa virtud que no era demasiado habitual en ella.
Apenas bajó del tren vio a su amiga que la esperaba en el andén. Ya de lejos se dio cuenta de que tenía mal aspecto; el abrigo azul le colgaba de los hombros, dándole aspecto de espantapájaros, y el pelo, que ella solía llevar bien cuidado, aparecía ahora lacio y con aspecto grasiento, pegado a la cara. Cuando la abrazó se dio cuenta de que había perdido mucho peso; era como abrazar un pajarito famélico, a pesar de que le llevaba casi una cabeza de altura. Pero se guardó de decirle nada, sino que esperó a llegar a su casa para recoger las cosas que Amanda quería llevarse al pueblo. Habían decidido de común acuerdo marcharse en el coche de Inma aquella misma noche, por lo cual ambas trabajaron rápido para dejarlo todo ultimado lo antes posible. A las ocho de la tarde estaban ya en camino y fue entonces, con una agradable música de fondo y bastante tiempo por delante para hablar, cuando Amanda decidió enterarse de qué pasaba; porque estaba segura de que había algo más que una ruptura sentimental. Allí en medio de la carretera, Inma no tenía escapatoria y contestaría a sus preguntas.
-Ahora me vas a decir de verdad que es lo que te pasa.
-Ya te lo he dicho-contestó ella adelantando a un camión que le entorpecía el paso.
-Te pasa algo más que la ruptura con Lucas. Antes ha habido otras rupturas y nunca te he visto de esta manera. ¿Tú te has mirado al espejo? Pareces una loca, con la mirada extraviada, pálida como una muerta; eres un pescado que empieza a echarse a perder. ¿Tú te has mirado al espejo?
-Amanda, ya tengo bastantes problemas en mi vida sin que tú me tires encima más porquería.
-Pues voy a seguir por el mismo camino hasta que me cuentes de verdad qué te pasa. Y sabes que cuando quiero puedo ser muy persistente.
Inma apartó la mirada de la carretera durante unos segundos y cuando vio en la cara de su amiga la firme determinación de no darle respiro hasta salirse con la suya, salió de la autopista y aparcó en la zona de descanso. Hacía frío y un café les vendría bien a las dos. Cuando ya estaban acomodadas, se arrellanó en la silla y mirando a un punto indefinido más allá de la ventana que daba al aparcamiento, aunque estaba oscuro como la boca de un lobo y no se veía apenas nada, empezó a hablar.
-Ya sabes que lo mío con Lucas no iba demasiado bien desde hace unos meses. Supongo que en el fondo yo sospechaba que me la estaba pegando con alguien, pero es más fácil a veces cerrar los ojos a la evidencia y seguir en una cómoda rutina.
Amanda se encogió de hombros; ella en modo alguno era partidaria de esa solución; más bien pensaba que cuando algo iba mal había que intentar darle solución.
-A pesar de todo no te niego que me ha dolido mucho su engaño. Me he sentido traicionada, estafada, ninguneada.
-Pero hay algo más, ¿no? ¿Se ha llevado dinero?
Inma sacudió la mano, como espantada por la idea.
-Claro que no. El caso es que a los pocos días de que Lucas se fue de casa me di cuenta de algo bastante serio y que desde luego no entraba en mis planes.
Amanda se quedó con la taza de café a medio camino; entre la mesa y su boca. Cerró los ojos, esperando no oír las palabras que sabía casi seguro que su amiga iba a pronunciar.
-Estoy embarazada.

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