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DE VUELTA 18



Una vez que lo hubo dicho en voz alta fue como si a Inma le hubiesen sacado de encima un peso enorme que le oprimía el pecho y no la dejaba respirar. Era la primera vez que se lo contaba a alguien y en realidad pensaba que había sido en ese mismo instante cuando se dio cuenta de la realidad y de lo que esas palabras significaban. Toda su vida iba a cambiar; ya nunca volvería a ser la misma. A partir de ahora ya siempre tendría que pensar en alguien más antes que en ella misma. Se llevó la mano al vientre en un gesto repetido por millones de mujeres a lo largo de los siglos. Estaba empezando a tomar conciencia de la enorme responsabilidad que estaba aceptando; una nueva vida que iba a depender por entero de ella, que no tendría a nadie más en el mundo. La enormidad de la situación hizo que se le erizase la piel y sintió que el suelo vibraba bajo sus pies. Un sudor frío empezó a bañarle las sienes y se aferró a la silla para no desplomarse. Los ojos se le iban empañando y ya no veía del todo claro. Sentada enfrente de ella Amanda se dio cuenta de que su amiga se estaba mareando y levantándose de su asiento se acercó para sostenerla. Llamó al camarero y le pidió que mojase en agua fría una servilleta que se apresuró a pasarle por la cara, las muñecas y las sienes. Poco a poco Inma fue recuperando el color y pudo abrir los ojos sin marearse. Estaba demasiado cansada para hablar. Una vez confesado el secreto se sentía como una medusa; blanda y esponjosa, como si los huesos se le hubiesen licuado de pronto.
Amanda pagó la cuenta y ayudó a su amiga a llegar hasta el coche. En las condiciones en que estaba no podría conducir, así que encomendándose a todos los santos que recordaba se puso ella misma al volante. Hacía al menos dos años que no conducía y menos un coche manual; ya apenas recordaba cómo se ponían las marchas, para no hablar del embrague. Suspirando profundamente, como buscando aire en lo más profundo de su pecho, metió primera y tras un primer momento de duda, arrancó. Metió segunda y milagrosamente el coche le respondió. A los quince minutos empezó a sentirse algo más cómoda al volante y se animó pensando que quedaban apenas cuarenta Kilómetros. Ya más tranquila pudo por fin hablar con Inma, que estaba desmadejada en el asiento de al lado, mirando al frente con el aspecto de una muñeca rota.
-¿Se puede saber por qué no me lo has dicho antes? No tenías que pasar sola por todo esto. Y ese capullo cabrón, ¿ha sido capaz de dejarte sabiendo que esperas un hijo suyo?
-Lucas no sabe nada-le contestó ella en un susurro
Amanda se esforzó por seguir mirando al frente; no era el momento adecuado para despistarse y provocar un accidente; pero el enfado que sentía la obligaba a controlar su respiración para no dar rienda suelta a su ira.
-Y eso supongo que te parece normal-la acusó con voz calmada pero no por ello menos enojada con esa actitud que ella calificaba de infantil e irresponsable. Tu hijo tiene derecho a tener un padre y ese hijo de puta también tiene el derecho y desde luego el deber de saber que vas a tener un hijo suyo. Porque lo vas a tener ¿no?
-Desde luego que si-le contestó Inma, cerrando los ojos y reposando la cabeza contra el respaldo. Mira, ahora mejor déjame que descanse y tú atiende a la carretera, que buena falta te hace. Conduces fatal; y no es momento de que nos matemos. Luego, cuando lleguemos a tu casa y hayamos dormido, es decir, mañana, frente a una buena taza de café, permitiré que me sermonees a tu gusto. Ahora haz el favor de dejarme en paz. Darte la noticia y soportar tu manera de conducir es más de lo que puedo aguantar en un solo día.

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ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
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que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

JOHNNY Y JUNE

“June era mis señales en el camino, me hacía alzarme cuando estaba débil, me animaba cuando estaba desanimado y me amaba cuando sentía solo y desamparado. Es la mujer más grande que jamás he conocido. Nadie más, excepto mi madre, se le acerca”.
Esto es lo que decía Johnny Cash de la mujer de su vida, June Carter. Fue su segunda esposa, pero para él la única mujer que marcó su vida y su camino, y también la que le salvó de perecer en un infierno de drogas y alcohol.
No quiero hablar de él como cantante, todos sabemos que fue una de las leyendas del country, el icono de los presidiarios y tipos duros, y quien mejor supo entenderles y cantarles. También que vestía siempre de negro y saludaba con un parco “Hi, I´m Johnny Cash”. No, quiero hablar del hombre, de la persona tímida y reservada que tuvo una vida complicada y salió a flote con mucha voluntad por su parte y con la ayuda de alguien que le amaba.
Cash y June se conocieron en los escenarios. Ella provenía de una familia que cantab…

PIEZAS ROTAS

Como las piezas rotas de
un juguete desechado,
como las alas arrancadas
de un pájaro enjaulado,
como trozos de hueso
que estaban desencajados,
así, amor,tú yo
nos hemos juntado.

Y de dos realidades
dolidas y amargas
poco a poco y
en silencio,
mezclando risas y lágrimas,
estamos creando un
muevo mundo,
un lugar en donde
ocupe el sitio
principal la Esperanza.

Y a veces daremos pasos
de ciego,
caminaremos en falso,
nos dolerá la espalda
de cargar con un
equipaje que no es
nuestro, que alguien
nos ha ido prestando,
casi de soslayo
y sin dar la cara.

Pero si tus manos me sujetan,
podré, amor, subir la montaña,
llegar sonriente a la meta
y vaciar mi mirada en la tuya,
mientras mis dedos recorren
tu cara.

Y tu risa será mi trofeo,
tus abrazos los que apaguen la
sed de mi garganta,
tu pecho mi refugio,
y tus ojos mi mar
por fin en calma.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.


PALABRA

Poco hace falta;
una luna desnuda
que en la noche se alza,
un silencio entre líneas
pintadas, la radio que suena
con asesinos en serie, con
extrañas amenazas...
Un rayo de luz que
me baña las manos
abandonadas, manos triste
que no tocan nada.

Tal vez, amor, todo
es triste y oscuro
ahora que hablas.

Pero a mi me basta
una sola palabra,
tan solo una,
dicha en voz baja.

Y entonces el sol
brilla como si
estuviera naciendo
la mañana.

Ha amanecido de pronto,
la noche ha hecho
la maleta al país
del Olvido, mis manos
se visten de esperanzas
aladas; me cubro de risa
de nuevo, y mi corazón,
amor, vuelve a ser, como
siempre, tu cama.