3 de agosto de 2013

DE VUELTA 18



Una vez que lo hubo dicho en voz alta fue como si a Inma le hubiesen sacado de encima un peso enorme que le oprimía el pecho y no la dejaba respirar. Era la primera vez que se lo contaba a alguien y en realidad pensaba que había sido en ese mismo instante cuando se dio cuenta de la realidad y de lo que esas palabras significaban. Toda su vida iba a cambiar; ya nunca volvería a ser la misma. A partir de ahora ya siempre tendría que pensar en alguien más antes que en ella misma. Se llevó la mano al vientre en un gesto repetido por millones de mujeres a lo largo de los siglos. Estaba empezando a tomar conciencia de la enorme responsabilidad que estaba aceptando; una nueva vida que iba a depender por entero de ella, que no tendría a nadie más en el mundo. La enormidad de la situación hizo que se le erizase la piel y sintió que el suelo vibraba bajo sus pies. Un sudor frío empezó a bañarle las sienes y se aferró a la silla para no desplomarse. Los ojos se le iban empañando y ya no veía del todo claro. Sentada enfrente de ella Amanda se dio cuenta de que su amiga se estaba mareando y levantándose de su asiento se acercó para sostenerla. Llamó al camarero y le pidió que mojase en agua fría una servilleta que se apresuró a pasarle por la cara, las muñecas y las sienes. Poco a poco Inma fue recuperando el color y pudo abrir los ojos sin marearse. Estaba demasiado cansada para hablar. Una vez confesado el secreto se sentía como una medusa; blanda y esponjosa, como si los huesos se le hubiesen licuado de pronto.
Amanda pagó la cuenta y ayudó a su amiga a llegar hasta el coche. En las condiciones en que estaba no podría conducir, así que encomendándose a todos los santos que recordaba se puso ella misma al volante. Hacía al menos dos años que no conducía y menos un coche manual; ya apenas recordaba cómo se ponían las marchas, para no hablar del embrague. Suspirando profundamente, como buscando aire en lo más profundo de su pecho, metió primera y tras un primer momento de duda, arrancó. Metió segunda y milagrosamente el coche le respondió. A los quince minutos empezó a sentirse algo más cómoda al volante y se animó pensando que quedaban apenas cuarenta Kilómetros. Ya más tranquila pudo por fin hablar con Inma, que estaba desmadejada en el asiento de al lado, mirando al frente con el aspecto de una muñeca rota.
-¿Se puede saber por qué no me lo has dicho antes? No tenías que pasar sola por todo esto. Y ese capullo cabrón, ¿ha sido capaz de dejarte sabiendo que esperas un hijo suyo?
-Lucas no sabe nada-le contestó ella en un susurro
Amanda se esforzó por seguir mirando al frente; no era el momento adecuado para despistarse y provocar un accidente; pero el enfado que sentía la obligaba a controlar su respiración para no dar rienda suelta a su ira.
-Y eso supongo que te parece normal-la acusó con voz calmada pero no por ello menos enojada con esa actitud que ella calificaba de infantil e irresponsable. Tu hijo tiene derecho a tener un padre y ese hijo de puta también tiene el derecho y desde luego el deber de saber que vas a tener un hijo suyo. Porque lo vas a tener ¿no?
-Desde luego que si-le contestó Inma, cerrando los ojos y reposando la cabeza contra el respaldo. Mira, ahora mejor déjame que descanse y tú atiende a la carretera, que buena falta te hace. Conduces fatal; y no es momento de que nos matemos. Luego, cuando lleguemos a tu casa y hayamos dormido, es decir, mañana, frente a una buena taza de café, permitiré que me sermonees a tu gusto. Ahora haz el favor de dejarme en paz. Darte la noticia y soportar tu manera de conducir es más de lo que puedo aguantar en un solo día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario