12 de agosto de 2013

PONGA UNA HIJA EN SU VIDA




Hace ya muchos años que leí "El pájaro canta hasta morir" es decir, para los que hayan visto la serie, "El pájaro espino". Confieso que le volví a tomar el gusto a escuchar misa; es lo que tiene toparse con un cura tan aparente. Pero no quiero hablarles del cura, sino de una escena de la novela: madre e hija, que nunca se han llevado bien, toman el te juntas. La madre ya es una anciana y la hija una mujer de mediana edad. La madre le confiesa que aunque siempre prefirió a sus hijos varones, ahora se da cuenta que la sal de la vida es tener una hija.

Igual yo soy más espabilada que esa buena señora, porque me di cuenta desde que la parí, que la sal de la vida era tener una niña. Al principio porque me valí de ella para dar rienda suelta a mis deseos de vestirla de muñeca; ella, presumida donde las haya, se dejaba. Luego porque era una niña preciosa y encantadora, y encima buena y obediente. Bien es verdad que desde los quince a los diecinueve años tuve que hacer grandes esfuerzos para no envenenarla o atropellarla con el coche. Pero aguanté, siempre pensé que la adolescencia es un mal que se cura con el tiempo.

Y ahora que ella tiene 25 años y yo 49...somos compañeras de casa, a la par que mami e hija...y confieso que me lo paso de maravilla con ella. Además, al usar la misma talla es una lotería el darme cuenta de que de repente he doblado la cantidad de prendas en mi armario. Lástima que ella tenga el pie más grande que yo. No somos amigas, esa no es mi función, pero ya somos iguales, dos mujeres unidas por lo más sagrado, que son los lazos de sangre, y compartimos muchas cosas que nunca se pueden compartir con los hijos varones.

Además, es una experta en maquillaje y más de una vez ha evitado que salga a la calle hecha un adefesio. Me elige la ropa que he de ponerme, así evito pensar; me riñe para que me alimente bien, me da consejos sentimentales, ¿qué mas se pude pedir? Bueno, algo si se pude pedir...que no sea tan dura con su anciana madre, que a veces es muy cruel y se ríe mucho de mi. Pero en contrapartida, es un don del cielo llegar a casa y poder tomarnos un café juntas, salir de compras, ir a dar un paseo o a visitar a otra pareja madre-hija: mi madre y mi abuela, es decir, su abuela y su bisabuela. Tenemos la inmensa dicha de reunirnos cuatro generaciones de mujeres.

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