3 de septiembre de 2013

EL ARTE DE LA MADUREZ



Cuando se llega a cierta edad es normal que todos echemos la vista atrás y comparemos la vida y experiencias que teníamos antes y las de ahora. No les voy a ocultar que era mucho más agradable ver en el espejo una cara limpia de arrugas y no tener que cerrar los ojos ante la inevitable fuerza de la gravedad que hace que las carnes se caigan más allá de lo que es decente contar. A los veinte años tampoco existía el dolor de huesos ni teníamos que usar gafas para leer el periódico.
Pero, ¿qué quieren que les diga? No me cambiaría yo por una buena moza de veinte años. Porque hay cosas que mejoran con la edad; una de ellas es el divino arte de la paciencia, que sólo se aprende a cultivar con los años. Otra es el respeto por los demás y sus ideas. A los veinte años estamos tan contentos de nuestras ocurrencias que no solo las contamos sin que nadie nos pregunte sino que pretendemos que los demás las compartan. A los cincuenta nos contentamos con seguir teniendo ideas.
Ahora bien, si me preguntasen, que sé que no lo harán porque su educación no se lo permite, qué es lo mejor de la mediana edad…les diría sin dudarlo que el Amor. No hay punto de comparación entre enamorarse a los veinte y a los cuarenta, cincuenta o sesenta. En la juventud nos enamoramos más del sentimiento que de la persona y tenemos tanta prisa por vivir que nos olvidamos de sentir, de tocar, palpar, recorrer…de hablar, de planear y disfrutar cada momento como si fuese el último. Normal si pensamos que tenemos toda la vida por delante. Sin embargo, en la mediana edad ya somos conscientes de que el tiempo que nos han regalado es limitado y tratamos de apurarlo al máximo, pero sin prisas. Precisamente lo bueno es la calidad y dejemos de preocuparnos por la cantidad. Aprendemos a que todo dure más, a disfrutar de esas pequeñas cosas que la vida nos regala y que son tan sencillas como caminar de la mano por la orilla del mar, tomar café juntos por la mañana, ver una película en el sofá mientras fuera llueve a mares, hacer una ensalada juntos o planear a qué residencia nos iremos cuando seamos viejos.
Ya no hay que salir de casa si no tenemos ganas de verdad de hacerlo y nos hemos hecho lo suficientemente valientes como para enfrentar la verdad cara a cara y decirle a la persona que tenemos enfrente lo que esperamos de ella. La locura juvenil se suple con cierto grado de inconsciencia de la madurez que nos hace reír sin mirar atrás y aprovechar la oportunidad que la vida nos da, porque el tren nunca pasa dos veces por el mismo sitio, y puede que sea el último.



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