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EL ARTE DE LA MADUREZ



Cuando se llega a cierta edad es normal que todos echemos la vista atrás y comparemos la vida y experiencias que teníamos antes y las de ahora. No les voy a ocultar que era mucho más agradable ver en el espejo una cara limpia de arrugas y no tener que cerrar los ojos ante la inevitable fuerza de la gravedad que hace que las carnes se caigan más allá de lo que es decente contar. A los veinte años tampoco existía el dolor de huesos ni teníamos que usar gafas para leer el periódico.
Pero, ¿qué quieren que les diga? No me cambiaría yo por una buena moza de veinte años. Porque hay cosas que mejoran con la edad; una de ellas es el divino arte de la paciencia, que sólo se aprende a cultivar con los años. Otra es el respeto por los demás y sus ideas. A los veinte años estamos tan contentos de nuestras ocurrencias que no solo las contamos sin que nadie nos pregunte sino que pretendemos que los demás las compartan. A los cincuenta nos contentamos con seguir teniendo ideas.
Ahora bien, si me preguntasen, que sé que no lo harán porque su educación no se lo permite, qué es lo mejor de la mediana edad…les diría sin dudarlo que el Amor. No hay punto de comparación entre enamorarse a los veinte y a los cuarenta, cincuenta o sesenta. En la juventud nos enamoramos más del sentimiento que de la persona y tenemos tanta prisa por vivir que nos olvidamos de sentir, de tocar, palpar, recorrer…de hablar, de planear y disfrutar cada momento como si fuese el último. Normal si pensamos que tenemos toda la vida por delante. Sin embargo, en la mediana edad ya somos conscientes de que el tiempo que nos han regalado es limitado y tratamos de apurarlo al máximo, pero sin prisas. Precisamente lo bueno es la calidad y dejemos de preocuparnos por la cantidad. Aprendemos a que todo dure más, a disfrutar de esas pequeñas cosas que la vida nos regala y que son tan sencillas como caminar de la mano por la orilla del mar, tomar café juntos por la mañana, ver una película en el sofá mientras fuera llueve a mares, hacer una ensalada juntos o planear a qué residencia nos iremos cuando seamos viejos.
Ya no hay que salir de casa si no tenemos ganas de verdad de hacerlo y nos hemos hecho lo suficientemente valientes como para enfrentar la verdad cara a cara y decirle a la persona que tenemos enfrente lo que esperamos de ella. La locura juvenil se suple con cierto grado de inconsciencia de la madurez que nos hace reír sin mirar atrás y aprovechar la oportunidad que la vida nos da, porque el tren nunca pasa dos veces por el mismo sitio, y puede que sea el último.



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PALABRA

Poco hace falta;
una luna desnuda
que en la noche se alza,
un silencio entre líneas
pintadas, la radio que suena
con asesinos en serie, con
extrañas amenazas...
Un rayo de luz que
me baña las manos
abandonadas, manos triste
que no tocan nada.

Tal vez, amor, todo
es triste y oscuro
ahora que hablas.

Pero a mi me basta
una sola palabra,
tan solo una,
dicha en voz baja.

Y entonces el sol
brilla como si
estuviera naciendo
la mañana.

Ha amanecido de pronto,
la noche ha hecho
la maleta al país
del Olvido, mis manos
se visten de esperanzas
aladas; me cubro de risa
de nuevo, y mi corazón,
amor, vuelve a ser, como
siempre, tu cama.

PERDEDORES

Canto al perdedor,
al que no tiene nada,
aquel a quien todos
dan la espalda,
al que en todo
se equivoca y aun así
sigue haciendo
lo que le da la gana.

Estoy con quien
ha sido engañado
y vencido,con el que
no se rinde a pesar
de lo mal vivido.

No quiero ganadores,
odio al triunfador
que mira la vida
envuelto en soberbia,
aquel que vende
humo y respira
dinero, al que
con fuego fatuo
alimenta su ego.

POESÍA

Miro la vena azul
de mi muñeca,
azul de cielo, de vida.
de sangre roja que
se hace azul mediante
no sé qué maravilla.

Me toco la garganta,
me late a rienda suelta
la vida.

El sol me acaricia
la cara, una nube de algodón
hace que sonría.

Me traspasa la piel
el aullido del lobo,
poco a poco se me
abre una herida
que no duele,
una herida que
te ata a mi nombre,
que me acaricia.

Y mis dedos se deslizan
en este papel, quizá
solo buscan
una salida.
o tal vez, por
breves horas,
ha regresado
la Poesía.

UN MAÑANA

Han huido en silencio
las palabras.

Se ha secado de repente
mi garganta,
todo me huye, como si
con mis manos hubiese
levantado un puente
de plata que me abre
otro camino, que de todo
lo viejo me separa.

Un camino que me aleja
poco a poco de un dolor
inútil del que ya
no va quedando
más que un rescoldo,
ese que nunca se apaga.

No sé qué decir,
mejor será no
decir nada.

Se ha congelado mi
voz, solo puedo
quemar antiguas esperanzas
y tejer un nuevo
manto que abrigue
mi Mañana.