27 de septiembre de 2013

HISTORIAS DE UN AUTOBUS 3



Pero me temo que esas heridas eran demasiado profundas y difíciles de curar. Cuando yo me encuentro mal me llevan al taller y en pocas horas me dejan como nueva, o casi, porque es verdad que los años no pasan en balde. Pero ya he aprendido a base de escuchar hablar a los humanos, que sus heridas son más complicadas de curar; sobre todo las que no se ven.
Me centré en el caso de esta muchacha de ojos hermosos pero tristes y entendí que la señora de más edad era su madre y que ambas volvían de una clínica donde la hija había terminado con un embarazo que nadie deseaba, salvo ella. Por eso su enorme tristeza y el enfado y reproche de la madre. Me cuesta a veces ponerme en la piel de estos pobres humanos. Yo no sé lo que es ser madre, y por eso no puedo entender del todo su dolor. Pero en mis años de trato con los de su especie si he aprendido a distinguir eso, el dolor y la pena profunda que lacera eso que ellos llaman alma, y que a mí se me antoja algo complicado de entender. No sé si llegará un día en que las máquinas lleguemos a sentir; yo ruego al dios que conduce nuestros destinos, sea quien sea, que nos lo evite. Yo no quiero sentir; eso debe de dejar el motor hecho un cisco.

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