14 de noviembre de 2013

MUSICOTERAPIA





Cuando me falta ya muy poco para alcanzar el medio siglo la única batalla que he ganado ha sido conocerme algo a mí misma y aceptarme. A veces cuando me levanto por las mañanas, después de la ducha, cuando me miro al espejo para ponerme las cremas, que me parece que es el equivalente femenino al afeitado de los esclavos de la testosterona…me pregunto si me gusto. Psss…hay días que algo, otros que directamente cierro los ojos y la mayoría vivo conmigo misma en una especie de armisticio.
Pero al menos he aprendido a reconocer cuales son mis puntos débiles; tantos que si fuesen brillantes tendría más que Mae West. Uno de esos puntos débiles, el que más problemas y dolores de cabeza me causa es mi tremendo apego a la tragedia. Cuando era pequeña mi madre, si me veía muy contenta, me decía: “ríe, ríe, que mañana vendrán los llantos”. Esa frase y el no salir nunca de casa sin dejar los platos fregados y las camas hechas se me grabó a fuego en el alma. Así que si tengo algo bueno en mi vida y soy feliz en la medida en que puede serlo alguien medianamente inteligente…ya me ocupo yo de flagelarme y buscar desdichas.
Si a esa tendencia masoquista añadimos una imaginación demasiado fértil para lo que no debe…tenemos un cóctel de lo más explosivo. Vamos, que ríase Molotov del asunto. Además, estamos entrando en la época del año adecuada: se acerca la Navidad, momento nefasto para mí, los días son grises, lluviosos, con poca luz…nada mejor que sentarse hecha un ovillito en una esquina del sofá, abrazada a un cojín que tiene pinta de pingo asqueroso, tapada con una manta y voilá…bienvenidas todas las desgracias imaginables. En menos de media hora ya he poblado mi vida de todo lo peor que podría pasarme y lo vivo con tanta intensidad que me convierto en una olla exprés que necesita sacar el vapor fuera antes de estallar.
¿Y cómo se abre la válvula de escape? Hay gente que corre durante horas o levanta pesas, que fuma como un carretero o se emborracha. Yo lo del ejercicio…regular. Se suda demasiado y además es que ya estoy mayor para según qué cosas. Fumar nunca ha sido lo mío, me encantan mis pulmones limpitos y relucientes, y beber…una copita de vino a la cena. Entonces, ¿qué hacer para no estallar como una bombona de gas? La primera solución es esta…escribir. La terapia de sofá rosa, que es un color muy apañado, y manta también va muy bien. Pero lo que realmente me abre las compuertas del alma para que no salte todo por los aires es la música. Ojo, no cualquiera. Me suele gustar todo tipo de música, pero para estos casos reservo tres canciones, a saber:
-Amazing Grace, que es la quiero que pongan en mi entierro, y con sonido de gaitas, por supuesto.
-Anachie Gordon, a ser posible cantada por Lorena McKennitt. Es una antigua balada escocesa que narra la desdicha de dos enamorados que no pueden estar juntos y acaban muriendo por amor. O sea, la leyenda de Gara y Jonay o el romance del Conde Olinos, pero en versión scottish, con gaitas, tartanes y algún sgian dubh dispuesto a clavarse en el pecho de los que sufren.
-La muerte no es el final. Esa sí que nunca falla, es escuchar las primeras notas y ya estoy llorando a lágrima viva, con lo que eso tiene de bueno para liberar toxinas.
La verdad, se quedan los ojos hinchados y la voz ronca de tanto hipido, pero cuando acabo la sesión de melodrama me siento más ligera y ya estoy dispuesta para seguir con mi vida en espera de que me llegue otro acceso de sed de desgracias.
Y yo que siempre pensé que mis raíces eran celtas puras…ahora tendré que investigar porque los genes de la tragedia griega me salen por todos los poros de mi piel.


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