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MUSICOTERAPIA





Cuando me falta ya muy poco para alcanzar el medio siglo la única batalla que he ganado ha sido conocerme algo a mí misma y aceptarme. A veces cuando me levanto por las mañanas, después de la ducha, cuando me miro al espejo para ponerme las cremas, que me parece que es el equivalente femenino al afeitado de los esclavos de la testosterona…me pregunto si me gusto. Psss…hay días que algo, otros que directamente cierro los ojos y la mayoría vivo conmigo misma en una especie de armisticio.
Pero al menos he aprendido a reconocer cuales son mis puntos débiles; tantos que si fuesen brillantes tendría más que Mae West. Uno de esos puntos débiles, el que más problemas y dolores de cabeza me causa es mi tremendo apego a la tragedia. Cuando era pequeña mi madre, si me veía muy contenta, me decía: “ríe, ríe, que mañana vendrán los llantos”. Esa frase y el no salir nunca de casa sin dejar los platos fregados y las camas hechas se me grabó a fuego en el alma. Así que si tengo algo bueno en mi vida y soy feliz en la medida en que puede serlo alguien medianamente inteligente…ya me ocupo yo de flagelarme y buscar desdichas.
Si a esa tendencia masoquista añadimos una imaginación demasiado fértil para lo que no debe…tenemos un cóctel de lo más explosivo. Vamos, que ríase Molotov del asunto. Además, estamos entrando en la época del año adecuada: se acerca la Navidad, momento nefasto para mí, los días son grises, lluviosos, con poca luz…nada mejor que sentarse hecha un ovillito en una esquina del sofá, abrazada a un cojín que tiene pinta de pingo asqueroso, tapada con una manta y voilá…bienvenidas todas las desgracias imaginables. En menos de media hora ya he poblado mi vida de todo lo peor que podría pasarme y lo vivo con tanta intensidad que me convierto en una olla exprés que necesita sacar el vapor fuera antes de estallar.
¿Y cómo se abre la válvula de escape? Hay gente que corre durante horas o levanta pesas, que fuma como un carretero o se emborracha. Yo lo del ejercicio…regular. Se suda demasiado y además es que ya estoy mayor para según qué cosas. Fumar nunca ha sido lo mío, me encantan mis pulmones limpitos y relucientes, y beber…una copita de vino a la cena. Entonces, ¿qué hacer para no estallar como una bombona de gas? La primera solución es esta…escribir. La terapia de sofá rosa, que es un color muy apañado, y manta también va muy bien. Pero lo que realmente me abre las compuertas del alma para que no salte todo por los aires es la música. Ojo, no cualquiera. Me suele gustar todo tipo de música, pero para estos casos reservo tres canciones, a saber:
-Amazing Grace, que es la quiero que pongan en mi entierro, y con sonido de gaitas, por supuesto.
-Anachie Gordon, a ser posible cantada por Lorena McKennitt. Es una antigua balada escocesa que narra la desdicha de dos enamorados que no pueden estar juntos y acaban muriendo por amor. O sea, la leyenda de Gara y Jonay o el romance del Conde Olinos, pero en versión scottish, con gaitas, tartanes y algún sgian dubh dispuesto a clavarse en el pecho de los que sufren.
-La muerte no es el final. Esa sí que nunca falla, es escuchar las primeras notas y ya estoy llorando a lágrima viva, con lo que eso tiene de bueno para liberar toxinas.
La verdad, se quedan los ojos hinchados y la voz ronca de tanto hipido, pero cuando acabo la sesión de melodrama me siento más ligera y ya estoy dispuesta para seguir con mi vida en espera de que me llegue otro acceso de sed de desgracias.
Y yo que siempre pensé que mis raíces eran celtas puras…ahora tendré que investigar porque los genes de la tragedia griega me salen por todos los poros de mi piel.


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PIEZAS ROTAS

Como las piezas rotas de
un juguete desechado,
como las alas arrancadas
de un pájaro enjaulado,
como trozos de hueso
que estaban desencajados,
así, amor,tú yo
nos hemos juntado.

Y de dos realidades
dolidas y amargas
poco a poco y
en silencio,
mezclando risas y lágrimas,
estamos creando un
muevo mundo,
un lugar en donde
ocupe el sitio
principal la Esperanza.

Y a veces daremos pasos
de ciego,
caminaremos en falso,
nos dolerá la espalda
de cargar con un
equipaje que no es
nuestro, que alguien
nos ha ido prestando,
casi de soslayo
y sin dar la cara.

Pero si tus manos me sujetan,
podré, amor, subir la montaña,
llegar sonriente a la meta
y vaciar mi mirada en la tuya,
mientras mis dedos recorren
tu cara.

Y tu risa será mi trofeo,
tus abrazos los que apaguen la
sed de mi garganta,
tu pecho mi refugio,
y tus ojos mi mar
por fin en calma.

ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.


EL SÍNDROME DE LAS GAFAS DE SOL

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