7 de diciembre de 2013

COSAS DE NIÑOS



Cuando se le regala un juguete a un niño a menudo se ignora lo más elemental: que le guste al niño. La verdad es que nunca tuve mucha fe en los Reyes Magos; siempre me traían cosas que ni había pedido ni deseado. A los cuatro años, supongo que como mi madre era y es una estupenda modista, me trajeron una máquina de coser de color naranja. Nunca supe qué demonios podía hacer con ella y terminó llena de telarañas en un rincón. Al año siguiente tampoco es que estuviesen más afortunados; me dejaron un equipo de enfermera, con botiquín y todo. Pero es que a mi el Señor, en su inmensa sabiduría, nunca me llamó por esos caminos. La sangre no me asusta, pero como soy muy torpe acabaría causando más daño que bien; y por eso…me inhibo.
A los seis años, sin embargo, dieron en el clavo, aunque no fuese su intención. Pero por eso dicen que Dios escribe recto con renglones torcidos…Me dieron como regalo un juego de peluquería. Craso error; nunca me gustó peinar a nadie, ni siquiera a mi misma, y no tengo el arte necesario. Pero…harta ya de no tener con qué jugar, decidí reciclar o jugar con las cartas que me habían repartido, como se quiera interpretar. El caso es que dejé a un lado toda la peluquería menos un precioso secador de mano de color rosa. Y decidí usarlo como pistola. Aprovechando que tenía un bolso muy bonito salía yo cada tarde con el secador reconvertido en pistola dentro del bolso, labios pintados, taconazos de mi madre, vestido de mi abuela arrastrando y mantilla a la cabeza ( eso ya que nadie me pregunte por qué, pero la llevaba) y acompañaba a un primo dos años mayor que yo a detener a supuestos ladrones y criminales. Nunca llegaba demasiado lejos; siempre tuve arte con los tacones pero para correr y más cuando son demasiado grandes…es complicado. Pero por suerte cuando me cansaba de patear las calles en busca de delincuentes me retiraba a la “oficina” en donde atendía llamadas en un precioso teléfono rojo y fumaba un lápiz, rojo también. Cuando tuve edad para hacerlo nunca fumé, pero a los seis años expulsar un humo imaginario me parecía el culmen de la sofisticación. La verdad, nunca me expliqué por qué de demonios no me ficharon en el MI5 o en el Mossad. Porque apuntaba maneras, las cosas como son.

No hay comentarios:

Publicar un comentario