20 de enero de 2014

LOS HOMBRES DE MI VIDA



El personaje masculino de mi primera novela era un hombre extraño, por decirlo de alguna manera. Alto, muy rubio, ojos claros, profesor de Latín en el siglo XXI pero que había sido un laird escocés durante el levantamiento jacobita de 1745. Cuando empecé a escribir iba desgranando los capítulos en un foro de estudiantes de Historia y las chicas que lo leían (de los chicos, que también leían, estoy segura, solo uno muy valiente lo admitía y daba su opinión) pensaban que era un vampiro. Nada más lejos de la realidad. Era inmortal, pero no vampiro. Ni qué decir tiene que a medida que iba escribiendo me iba enamorando más perdidamente de él, de Alisdair, hasta el punto de que cuando no me quedó más remedio que terminar la novela porque no era cuestión de alargarla hasta el infinito y más allá, y sobre todo porque ya iba por las seiscientas páginas y no me quedaba nada más que relatar; casi me da un síncope. Todavía es un misterio para mí cómo no terminé ciega o deshidratada de tanto llorar. Iba por los pasillos de mi casa como alma en pena; todo lo hacía de manera automática y ni cocinar me consolaba. Pasar el duelo me costó al menos un par de meses. Cada palabra que escribía de mi segunda novela me traía a la memoria a mi amado escocés y me deshacía en lágrimas o en improperios, dependiendo de cómo me hubiese levantado.
En la segunda novela me pasé los primeros cuatro o cinco capítulos sin hablar para nada del personaje masculino; me parecía una traición a mi Alisdair. Hasta que ya no me quedó más remedio que decir algo de él. Y hete aquí que me volví a enamorar. Esta vez le tocó el turno a otro de mis mitos eróticos…le hice un hombre actual y en España, pero con pinta de fiero vikingo. Así era mi Daniel, además de buen chico, sacrificado por la mujer que amaba, inteligente, cariñoso, valiente…No le faltaba de nada. Por tener, tenía hasta una preciosa barba pelirroja que escondía unas horrendas cicatrices de guerra, amén de unos deslumbrantes ojos azules.
Con el pasar del tiempo analicé por qué le había hecho así y para darme una respuesta tuve que trasladarme a mis años de instituto, cuando tenía diecisiete años. Daniel era nada más y nada menos que un compañero de clase aunque cuando le di vida no me hubiese percatado de que mi subconsciente me traicionó. Eso debió de ser porque aunque estábamos medio enamoriscados el uno del otro, como los dos teníamos otras relaciones en ese momento y éramos fieles y leales, la cosa no pasó de ir todos los días un par de Kilómetros a pie hasta el instituto, aunque diluviase, sentarnos juntos y hacernos ojitos mutuos. De Daniel, lo confieso, sigo algo enamorada. Es el hombre que toda mujer quisiera tener a su lado. Le hice a mi medida, algo así como mi Frankenstein particular y pelirrojo.
El tercero era policía, otro de mis mitos. Y a éste también le puse ojos azules, una fijación mía, y pelo rubio; pero rapado al cero. Se llamaba Lucas de la Vega y era un tipo duro y algo gañán, aunque de buen corazón. Le tomé cariño, las cosas como son, pero no llegué a enamorarme como una loca. Cuando me deshice de él ya no sufrí como por Alisdair o Daniel.
El cuarto era un cura que poco tenía que ver con el del Pájaro Espino, aunque también se beneficiaba a quien no debía. Pero era de carácter algo mezquino y sobre todo algo que no soporto en un hombre: muy muy cobarde. No me enamoré de él y al final de la novela le dejé viejo, decrépito y a punto de entregar su alma al diablo, porque no creo que Dios la quisiera para nada.
El quinto era un escritorzuelo alemán, divorciado, padre de dos hijos y eterno resentido. Tampoco es que me dejase una huella imborrable y tengo que decir que no derramé ni una lágrima cuando acabé la novela. Le tomé más cariño a un personaje secundario, legionario para más señas y de nombre Manolo.
Mi actual personaje masculino todavía está abriéndose paso en mi mente, aunque mi corazón ya lo ha conquistado hace tiempo. De momento no puedo hablar mucho de él. Digamos que le estoy haciendo, descubriendo sus matices o más bien intentando trasladarlos al papel. Pero me temo que voy a caer en sus redes, como caí antes en las del escocés y del barbudo pelirrojo. También es rubio y de ojos azules, por cierto…
Anotaré en mi agenda hacérmelo mirar…debe de ser una especie de fijación enfermiza.

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